JOHN F. KENNEDY: “No se pregunten qué hará su país por ustedes”

Edición Impresa

"Hoy no celebramos la victoria de un partido, sino un canto a la libertad que es a un tiempo símbolo de final y de principio, que supone renovación a la par que cambio, pues he prestado ante ustedes y ante Dios Todopoderoso el mismo juramento solemne que nuestros antepasados prescribieron hace casi dos siglos.

Hoy, el mundo es muy diferente, ya que el hombre tiene en sus manos el poder de abolir toda forma de pobreza y toda forma de vida humana. Sin embargo, las mismas creencias revolucionarias por las cuales lucharon nuestros antepasados siguen estando a la orden del día en nuestro planeta; la creencia de que los derechos del hombre no provienen de la generosidad del Estado, sino de la mano de Dios.

En el día de hoy, no debemos olvidar que somos los herederos de esa primera revolución. Proclamemos desde este momento y en este lugar, a amigos y enemigos, que la antorcha ha pasado a una nueva generación de estadounidenses nacidos en este siglo, templados por la guerra, disciplinados por una dura y amarga paz, orgullosos de nuestra antigua herencia y que se niegan a presenciar o permitir la lenta desaparición de esos derechos humanos con los que su país siempre estuvo comprometido y con los que estamos comprometidos en la actualidad.

Hagamos saber a todos los demás países, nos deseen el bien o el mal, que pagaremos cualquier precio, soportaremos cualquier carga, superaremos cualquier penuria, ofreceremos nuestro respaldo a cualquier amigo y nos opondremos a cualquier enemigo con tal de garantizar el triunfo de la libertad. Prometemos todo esto y más. A esos viejos aliados cuyos orígenes culturales y espirituales compartimos, les prometemos la lealtad de los amigos fieles. Unidos, hay pocas cosas que no podamos hacer en una serie de nuevas tareas cooperativas. Divididos, hay pocas cosas que podamos hacer, puesto que no estamos dispuestos a encarar un desafío importante peleados y distanciados.

A esos nuevos Estados a los que damos la bienvenida entre las filas de los libres, les prometemos que una forma de control colonial no se ha limitado a desaparecer para acabar sustituida por una tiranía mucho más férrea. No siempre debemos esperar que compartan nuestro punto de vista, aunque sí albergaremos siempre la esperanza de que defiendan hasta las últimas consecuencias su libertad, y recordaremos que en el pasado, los insensatos que persiguieron el poder montados a lomo de tigre acabaron en las fauces de su cabalgadura.

A esos habitantes de las chozas y los pueblos de la mitad del planeta que luchan por derribar las barreras de la pobreza colectiva les prometemos nuestros más sinceros esfuerzos para ayudarlos a ayudarse, durante todo el tiempo que haga falta, no porque los comunistas lo estén haciendo, no porque busquemos sus votos, sino porque es justo. Si una sociedad libre no es capaz de ayudar a los muchos que son pobres, será incapaz de salvar a los pocos que son ricos.

A nuestras repúblicas hermanas allende la frontera meridional les ofrecemos una promesa especial: convertir nuestras buenas palabras en buenos hechos, ayudar a los hombres libres y a los Gobiernos libres a romper las cadenas de la pobreza. No obstante, esta revolución pacífica de esperanza no puede llegar a ser presa de potencias hostiles. Hagamos saber a todos nuestros vecinos que nos uniremos a ellos en la lucha contra la agresión y la subversión en cualquier territorio del continente americano. Y hagámosles saber a todas las demás potencias que este hemisferio pretende seguir siendo el amo de su casa. A esa asamblea mundial de Estados soberanos, la ONU, nuestra última y gran esperanza en una época en que los instrumentos de la guerra han adelantado con mucho a los instrumentos de la paz, renovamos nuestra promesa de respaldo para evitar que se convierta en un simple foro de improperios, para fortalecer el escudo protector que proporciona a los nuevos y a los débiles, y para ampliar el alcance de su mandato.

Por último, a aquellos países que se conviertan en adversarios, no les dedicamos una promesa, sino una petición: que emprendamos ambas partes desde cero la búsqueda de la paz, antes de que las oscuras fuerzas de la destrucción desatadas por la ciencia aniquilen a la humanidad mediante una autodestrucción planificada o accidental. No obstante, tampoco pueden dos grandes grupos de países poderosos sentirse cómodos con la situación presente, un momento en el que ambas partes nos vemos acuciadas por el costo de las armas modernas y nos sentimos lógicamente alarmadas por la constante propagación del átomo mortal. Pese a todo, ambas partes competimos por alterar ese equilibrio incierto de terror que retiene el puño de la guerra final de la humanidad.

Por todo ello, vamos a partir desde cero, recordando ambas partes que el civismo no es una señal de debilidad y que la sinceridad siempre está sujeta a prueba. No negociemos jamás movidos por el miedo, pero no tengamos jamás miedo a negociar. Estudiemos ambas partes qué problemas nos unen en lugar de azuzar esos problemas que nos dividen. Formulemos ambas partes, por primera vez, propuestas serias y precisas para la inspección y el control de las armas, y para conseguir que el poder absoluto de destruir otros países esté supeditado al control absoluto de todos los demás países. Intentemos dar con la forma de invocar las maravillas de la ciencia en lugar de los terrores que provoca. Exploremos juntos las estrellas, erradiquemos las enfermedades, lleguemos a las profundidades de los océanos y alentemos el arte y el comercio. Y si con la avanzada de la cooperación se puede abrir un claro en la selva de la suspicacia, unámonos ambas partes en la creación de una nueva empresa, no en un nuevo equilibrio de poder, sino en un nuevo mundo donde impere la ley, donde los fuertes sean justos, los débiles estén seguros y la paz sea duradera.

Ésta no será una labor que finalice durante los primeros cien días. Tampoco terminará en los primeros mil días, ni durante la vida de este Gobierno, ni siquiera en el tiempo que vivamos en este planeta. Pero empecemos. En vuestras manos, ciudadanos, más que en las mías, está el éxito o el fracaso de nuestro recorrido. Desde la fundación de este país, todas las generaciones de estadounidenses han sido llamadas a dar testimonio de su lealtad nacional. Las tumbas de jóvenes estadounidenses que respondieron a la llamada patriótica circundan el globo.

Hoy, el toque del clarín vuelve a reunirnos. No es una llamada para que tomemos las armas, aunque las necesitemos; no es una llamada de guerra, aunque en guerra estemos, sino que es una llamada que nos invita a soportar la carga de una larga batalla crepuscular año tras año, "jubilosos en la esperanza, pacientes en la tribulación", una batalla contra los eternos enemigos del hombre: la tiranía, la pobreza, la enfermedad y la guerra. ¿Podemos forjar contra estos enemigos una alianza poderosa y global, de norte y sur, de Oriente y Occidente, capaz de garantizar una existencia más fructífera para la humanidad? ¿Se unirán a este esfuerzo histórico?

En la historia del mundo, sólo unas pocas generaciones han asumido el papel de defensoras de la libertad en momentos de máximo peligro. No retrocedo ante esta responsabilidad, le doy la bienvenida. No creo que ninguno de nosotros cambie su lugar por ningún otro pueblo o generación. La energía, la fe, la devoción que aportamos a este esfuerzo iluminarán a nuestro país y a todos los que están a su servicio, y la llama de ese fuego podrá iluminar el mundo. Por ello, compatriotas, no se pregunten qué puede hacer su país por ustedes, sino qué pueden hacer ustedes por su país. Por ello, conciudadanos del mundo, no se pregunten qué hará Estados Unidos por ustedes, sino qué podemos hacer juntos por la libertad del hombre.

Por último, ya sean estadounidenses o ciudadanos del mundo, exíjanse hoy el mismo alto grado de fuerza y sacrificio que os exigimos a vosotros. Con una buena conciencia como única recompensa segura, con la historia como juez último de nuestros actos, avancemos para asumir el liderazgo de la tierra que amamos, rogando por su bendición y su ayuda, pero conscientes de que aquí en la Tierra, el trabajo de Dios debe reflejarse en nuestras obras". n



JOHN F. KENNEDY (Brookline, Massachusetts, 29 de mayo de 1917 Dallas, Texas, 22 de noviembre de 1963)

El arribo de una nueva generación de estadounidenses al poder marca el discurso de aceptación del presidente demócrata, pronunciado el 20 de enero de 1961. Kennedy, que había derrotado al entonces vicepresidente Richard Nixon, asumiría en un momento de máxima tensión con el bloque soviético y con Cuba en particular. Los atisbos de diálogo, la esperanza de bajar las armas, quedaron truncos en Dallas, una mañana de noviembre.

Dejá tu comentario