10 de junio 2011 - 00:00

Jujuy: histórica lavandería es nuevo atractivo turístico

Jujuy: histórica lavandería es nuevo atractivo turístico
Desde hacía décadas, en las afueras de la ciudad de Jujuy, las lavanderas acostumbraban a realizar su trabajo en las orillas del río Chico o Sibi Sibi. Se ubicaban en rueda y lavaban canastos y canastos de ropa que ponían a secar sobre las piedras donde cada una tenía un sitio adjudicado por la costumbre; desafiar el hábito jurisdiccional podía provocar grandes trifulcas entre las trabajadoras. Cuchi Leguizamón recordó a aquellas laboriosas mujeres en la zamba «Lavanderas del río Chico»: «Con la carga en la cabeza / vienen cantando y se van...», escribió en una zamba que a mediados de los cincuenta popularizaron Los Fronterizos.

Hace casi un siglo (en 1912) las autoridades levantaron un edificio con grandes piletones para evitarles que debieran trabajar a la intemperie los días de lluvia. La modernidad del sitio no conformó a las lavanderas tradicionalistas: extrañaban el aire libre, las charlas al sol y los lugares para tender la ropa y cebar el mate. Con el tiempo, el edificio tuvo diferentes destinos, pero para la gente continuó siendo «La casona de las lavanderas».

Un siglo más tarde, el intendente de Jujuy, arquitecto Raúl «Chuli» Jorge, ha reciclado el viejo edificio, sin destruir su aspecto exterior, convirtiéndolo en un espacioso centro cultural apto para recitales, presentaciones de ballet, obras de teatro, muestras de artes plásticas, y hasta cobija un café que desde el primer día se llenó de gente joven cargada de libros de autores jujeños.

Homenaje a Tizón

El centro inaugurado hace pocos días llevará el nombre del multipremiado y multitraducido novelista Héctor Tizón, quien desde su mítica casa de Yala, a pocos kilómetros de la capital jujeña, ha logrado que el nombre y los personajes anónimos de la Puna se difundieran entre lectores de todo el mundo. No lo hizo mediante la acumulación de color local, precisiones históricas ni lenguaje sofisticado falsamente académico. Las montañas de la Quebrada decoran el paisaje como una necesidad del texto. Están ahí porque Tizón vive, piensa, escribe y describe en la montaña, «en este lugar donde sin duda dejaré mi osamenta». Su lugar bajo el sol.

Hace muchos años, en 1961, Tizón inició su trayectoria literaria en México, donde cumplía tareas diplomáticas, con un volumen de cuentos de tapas grises con el título de «A un costado de los rieles».

Tizón escribía en México, pero sus recuerdos y el clima de los textos evocaban a esos silenciosos e innominados personajes que se cruzaban con él desde la niñez. Una manera de no abandonar la geografía de su infancia. En su segundo libro «Fuego en Casabindo», explicó: «Aquí la tierra es dura y estéril; el cielo está más cerca que en ninguna otra parte y es azul y vacío. No llueve, pero cuando el cielo ruge, su voz es aterradora, implacable, colérica. Sobre esta tierra, en donde es penoso respirar, la gente depende de muchos dioses. Ya no hay aquí hombres extraordinarios y seguramente no los habrá jamás. Ahora uno se parece a otro como dos hojas del mismo árbol y el paisaje es igual al hombre. Todo se confunde y va muriendo». En esa escenografía se mueven los habitantes de su literatura. Cuando los vientos de la dictadura arrasaron el país, Tizón se trasladó con su familia a España. Por tres años no pudo volver a escribir ficción: en una gran ciudad le faltaba la escenografía, encontrar «al fondo de la calle un cerro» y el canto de un gallo mañanero, hasta que decidió alquilar una casa en la sierra de Cercedilla, a setenta kilómetros de Madrid. Aunque las piedras fueran otras, necesitaba cerca el sonido de las hojas, el ladrido de algún perro, el tren madrugador, respirar el aire desprovisto de contaminación que desde niño le había golpeado el rostro. En ese clima provinciano, aunque las cadencias verbales fueran otras, pudo retomar su obra, escribir «La casa y el viento» y definir la Puna que tanto extrañaba como «el gran desierto lunar cálido y frío, más que un lugar geográfico es una experiencia. Quien no conoce la vastedad de su silencio y su soledad nunca podrá conmoverse», dijo.

Ya de vuelta en el país el gran escritor jujeño dio a conocer algunos de sus grandes libros: «El hombre que llegó a un pueblo»; «La mujer de Strasser»; «Luz de las crueles provincias» o «La belleza del mundo», textos que le valieron el Premio Nacional Consagración y el Gran Premio Fondo de las Artes, entre otros galardones.

A partir de ahora, el turismo además de los viajes a Purmamarca, con su cerro Siete Colores, su mercado de artesanías, Tilcara y las ruinas del Pucará; Humahuaca, famosa por sus comidas típicas (tamales, empanadas, choclo con queso, las deliciosas humitas) o el pueblo de Uquía, donde en una antigua y diminuta iglesia se conservan los mejores ángeles arcabuceros del mundo, convendrá hacer un alto para conocer el nuevo centro de la ciudad de Jujuy, que ya tiene proyectada una nutrida agenda de actividades para el resto del año.

El acto de imposición del nombre de Héctor Tizón al nuevo centro cultural tuvo el mérito agregado -y ejemplar- de homenajear a un nombre que no sólo honra a la literatura jujeña, sino también a uno de los creadores insoslayables de la literatura latinoamericana. Un dato destacable: el homenaje de la Municipalidad de Jujuy a Tizón le llega en vida y en plena actividad. Y para que fuera más completo, se invitó a un pequeño grupo de amigos porteños íntimos del novelista a que lo acompañaran al acto de imposición de su nombre al nuevo centro cultural. Los argentinos nos hemos acostumbrado en demasía a que se impongan nombres de política partidaria a los nuevos emprendimientos, torneos o instituciones. Que se haya elegido el nombre de un escritor, de un artista, señala un camino digno de imitar. No sólo de política vive el hombre.



(*) El poeta, historiador y ensayista Horacio Salas, que ha sido secretario de Cultura y director de la Biblioteca Nacional, nos ofreció este testimonio de su participación en la inauguración del Centro Cultural Héctor Tizón.

Dejá tu comentario