La selva que apasionó a Horacio Quiroga

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«En el río Yabebirí, que está en Misiones, hay muchas rayas, porque Yabebirí quiere decir precisamente río-de-las-rayas. Hay tantas que a veces es peligroso meter un solo pie en el agua». Así inicia Horacio Quiroga su relato «El paso del Yabebirí», en sus «Cuentos de la selva», un libro que homenajea a la exuberante naturaleza que rodea a San Ignacio, el pequeño pueblo de la provincia de Misiones que el escritor uruguayo eligió para vivir a principios del siglo XX, en una suerte de exilio que terminó rindiendo ricos frutos creativos.

Junto al caudaloso río Paraná y el arroyo Yabebirí se encuentra San Ignacio, a 60 kilómetros de la ciudad de Posadas, con sus calles anchas y tierra colorada por donde se mire. Ya no hay rayas en las aguas del arroyo, donde hoy puede encontrarse un bello balneario, y tampoco suelen verse tigres como los que describe más adelante el citado cuento, pero la selva sigue presente en este sitio que Quiroga eternizó con historias donde son protagonistas tortugas, flamencos, loros, yacarés, gamas, coatíes, abejas, rayas y tigres, que conviven y compiten entre sí y con el hombre.

No es exagerado decir que este mundo mágico revive cuando uno viaja hasta la orilla del Paraná y se interna en la selva donde se ubica la Casa Museo Horacio Quiroga, muy próxima también a las famosas ruinas de San Ignacio Miní (ver aparte). En medio de la espesa vegetación se ubica la que fue morada del escritor entre 1909 y 1916.

En el museo pueden visitarse dos construcciones, una de piedra y otra de madera. Allí se conservan objetos que pertenecieron a Quiroga, como su máquina de escribir, algunos escritos y borradores, muebles y artículos personales. Se puede respirar el húmedo aire que sedujo al artista, que sufría de asma y dispepsia. En la zona también se encuentra otra casa, construida para el rodaje de la miniserie sobre el escritor, que fue dirigida por Eduardo Mignogna y protagonizada por Víctor Laplace.

En 1903, a los 25 años, Quiroga descubrió el lugar al viajar como fotógrafo en una expedición dirigida por Leopoldo Lugones a las ruinas jesuíticas. Compró un terreno de 180 hectáreas junto al Paraná y construyó su propia casa. Seis años después se radicó junto a su primera esposa, Ana María Cires, en medio de la selva, en el exacto sitio que hoy se puede visitar. Estaba seguro de habitar en el paraíso y así fue para él, especialmente luego del nacimiento de sus dos hijos. El suicidio de su esposa puso fin al idilio con la selva, inspiradora de numerosos cuentos que en su mayoría eran publicados en revistas como «Caras y Caretas» o «Fray Mocho». «El almohadón de plumas» y «La gallina degollada» son algunos de los más recordados. Denunció también la tragedia de los mensú, la esclavitud de los pobladores originarios bajo el sistema de plantaciones.

Los años que Quiroga vivió en San Ignacio fueron muy intensos. Fue nombrado juez de Paz y también se dedicó a la producción de yerba mate, maní y cítricos. Hizo experimentos químicos, embalsamó aves, tuvo una víbora como mascota y se habla también de un Quiroga algo molesto como vecino, fanático de los autos y las motos. En esos tiempos nació su segundo hijo, Darío. Tras el suicidio de Ana María se fue de San Ignacio -en Vicente López llegó a criar animales como el coatí o el flamenco en su jardín- y recién en 1931 volvió al nordeste. Seis años después se suicidó en Buenos Aires. Tomó cianuro tras enterarse de que padecía cáncer de próstata.

Pablo Domini

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