20 de noviembre 2016 - 00:12

Las Tapas, su obsesión permanente

Las Tapas, su obsesión permanente
La edición de la Tapa de Ámbito Financiero no sólo fue una debilidad diaria para Julio Ramos, sino también una suerte de odisea para el periodista que estuviera a cargo de esa tarea, supervisada personalmente por él. En cierta época, unos años antes de su fallecimiento, el cargo de "tapero" pasó a ser de ejercicio temporal. Es decir, el nominado por Ramos para hacerse cargo de esa tarea duraba lo que su éxito en la epopeya diaria de hacer la Tapa le permitiera. Era una lucha en soledad, con Ramos como único juez, por la que pasó buena parte de los jefes de la redacción, y que implicaba costos. Lograr una Tapa que agradara a Ramos era tarea casi imposible. El tapero podía durar en su cargo un año, dos, meses o en algún experimento complicado, sólo días. No era para menos: se trataba de la página más importante del diario.

Entre las consignas que debían seguirse había una que indicaba claramente la dureza del cometido: "La Tapa es creación, no resumen". Traducido: la Tapa de Ámbito Financiero era un diario en sí misma y no necesariamente debía incluir los mismos contenidos que el cuerpo del diario. Ese juego, que en ocasiones desorientaba al lector, fue un éxito editorial que marcó la historia de Ámbito Financiero.

El momento de "hacer la Tapa" transformaba el ambiente. Aun hoy, 10 años después de su muerte, el ruido de la puerta del ascensor que lleva de la redacción del diario al cuarto piso, donde se ubican las oficinas de la presidencia, abriéndose cerca de las 8 de la noche, hace que todos los periodistas demos vuelta la cabeza. Era ese momento en el que Ramos bajaba, casi siempre con su abrigo, y provisto de una cantidad de bolsas de las que pocas veces se sabía su contenido. Nunca un portafolio. Lo esperaba, como siempre, Claudio Panza, diagramador de la Tapa y único en el diario en atreverse a tutearlo.

"¿Está lista la Tapa?", era la pregunta de todos los días. El encargado de turno mostraba el trabajo preparado. Ramos se sentaba en medio de los editores, comenzaba un segundo interrogatorio a cada sección, y se ponía a reescribir. Al día siguiente, otra sesión reiteraba los nervios del día anterior en una autopsia de la Tapa, sobre todo porque hacía temblar a toda la redacción y mucho más al "tapero" de turno.

Una noche de jueves Ramos bajó de su oficina con un notable buen humor. Se le mostró la Tapa que ya estaba lista, bromeó con Guillermo Laborda, Roberto García, Ignacio Zuleta, Carlos Pagni, Ricardo D'Aloia, Marcelo Zapata y Rubén Rabanal sobre los temas del día, y se encaminó de nuevo al ascensor para retirarse. El tapero de turno -por piedad mantendremos el anonimato-, se le acercó y ofreció mostrarle el trabajo: "Mándela, no me la muestre". Viendo el buen humor del momento, el periodista insistió: "¿Ramos, está seguro. No la quiere ver?"

"¿Para qué quiere que le mire la Tapa?", retrucó. "Mire, le digo la verdad, hoy es jueves. Si usted la aprueba yo paso el fin de semana tranquilo", le respondió el periodista anticipando la revisión de la Tapa que se haría el domingo. Ramos rió a carcajadas y contestó antes de irse de la redacción: "¿Y usted cree que aunque le diga que me gusta el domingo no lo voy a cagar a pedos?".

Ramos solía afirmar que a un Gobierno nuevo no se lo podía criticar con dureza durante los primeros seis meses, que había que darle tiempo y aire hasta ver sus resultados. Durante los primeros meses del Gobierno de Fernando de la Rúa era habitual, entonces, que pregonara en la redacción esa orden. Sermoneaba a los periodistas, e incluso en algún caso pidió detener el trabajo para emitir un duro reto: "Basta de pegarle al Gobierno, hay que darle tiempo". Sólo Patricia García se libró de esa orden: "En Capital Federal usted sí puede", le concedió.

A pesar de eso, no habían pasado 6 meses del Gobierno de la Alianza y ya aparecían indicios de que De la Rúa tenía problemas políticos y se anticipaban los económicos. Un día de abril de 2000, por la noche, Ramos se sentó a escribir la Tapa, como lo hacía casi todos los días. Hizo un largo análisis político de la situación y llamó a Carlos Pagni a su escritorio: "¿Pagni, qué le parece este título?". En la Tapa se leía: "País se cae". Hubo que hacer un esfuerzo titánico para que recordara sus propias órdenes a los periodistas y que bajara el tono a ese título que sólo meses después comenzaba a verificarse en la realidad.

Su pasión por la Tapa incluyó, en algún momento, armar equipos de trabajo que se dedicaran exclusivamente a la ella. En uno de esos -incluyó, sin darse cuenta, a dos mujeres: una editora, Patricia Biurci, y una diagramadora, Mariana Zárate-. En la primera Tapa que no fue de su agrado concluyó: "Dos mujeres juntas no pueden hacer la Tapa del diario".

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