Los aztecas renacen por azar en el DF

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Una gracia muy común de los guías turísticos que trabajan en la Catedral de México DF es hacer rodar una pelota por el piso del edificio para demostrar cómo se está hundiendo, debido a que fue construida en un terreno cenagoso. Todos los años la ciudad se deprime algunos milímetros recordando que en esa zona se levantaba siglos atrás la imponente Tenochtitlán.

La capital del imperio azteca era en realidad una ciudad anfibia: construida sobre el que una vez fue el lago Texcoco, los mexicanos levantaron sus templos, casas y mercados en islas que se unían por tres grandes calzadas a tierra firme. Por una de ellas ingresó Hernán Cortés, responsable no sólo de la conquista del imperio, sino también de enterrarlo, rellenando el lago y reconvirtiendo Tenochtitlán en una ciudad terrestre. Además, como sucedió también con los asentamientos incas, reemplazaron sus edificios más importantes por los que tenían el mismo poder para el pueblo sojuzgado. Durante la construcción de la red de subterráneos inaugurada en 1969 se encontró un templo azteca casi intacto. Los ingenieros tuvieron que rodear ese terreno para evitar derribarlo y hoy es común ver a los turistas sorprenderse con semejante edificio en pleno subte.

Una de las zonas que concentra la mayor cantidad de historias es la del Zócalo, plaza central de la ciudad, custodiada por la catedral y el Palacio Nacional (sede del Poder Ejecutivo). Allí se encontró en 1790 la famosa Piedra del Sol, que actualmente protagoniza una de las principales salas del Museo Nacional de Antropología de México.

Enorme como es -un disco que mide 3,60 metros de diámetro y pesa 24 toneladas-, el monolito fue desenterrado por pura casualidad durante unos trabajos ordenados por el entonces virrey, conde de Revillagigedo. El primer trabajador que detectó el disco pensó que era una antigua moneda, hasta que siguió excavando con ayuda de sus compañeros y se reveló ante ellos el enorme círculo de piedra maciza. El hallazgo causó tanta conmoción que el disco pasó a ocupar un lugar central en la plaza, al costado de la catedral. Allí estuvo durante años, hasta que fue trasladado al Museo Arqueológico de la calle Moneda y, más tarde, al de Antropología.

Pero una ciudad misteriosa como la antigua Tenochtitlán no iba a revelar sus secretos todos de una vez. En 1978 volvió a suceder lo mismo que dos siglos antes: un grupo de trabajadores de la Compañía Luz y Fuerza que reparaba el cableado de las calles Guatemala y Argentina encontró en esa esquina una antigua escultura de la diosa Coyolxauhqui, que pasó a formar parte del patrimonio nacional. Lo mismo pasó durante las reformas de la librería Porrúa a mediados de los 60, cuando los editores desenterraron un pequeño adoratorio que estaba debajo de su local. Todavía hoy los investigadores siguen excavando la zona y encontrando tesoros aztecas. Por eso, el mejor consejo que se puede dar a los turistas que visiten México DF es que presten mucha atención a lo que pisan, porque, si notan algo que se parezca remotamente a un objeto antiguo, las chances indican que el misterio de los aztecas los puede convertir en famosos descubridores de la noche a la mañana.

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