MAR DEL PLATA X 24 HORAS

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Balneario exclusivo con tintes monegascos; bastión irreductible de italianos, vascos, gallegos y toda la parentela; meca del turismo sindical; costa ineludible de las tardes televisivas; puerto de zarpada de años electorales. En 24 horas, Mar del Plata funciona como el muestrario de un país.

Mar del Plata - La avenida Colón traza una especie de frontera imaginaria que divide una Mar del Plata de otra. Por un lado, el balneario popular, ése que llena decenas de minutos diarios en los móviles de los canales de noticias: la Bristol y su profusión de sombrillas multicolores, los teatros de revistas, la peatonal San Martín y los comercios de artículos playeros y de los nunca bien ponderados caracoles que pronostican el clima. Del otro, un pequeño centro comercial con epicentro en la calle Güemes, la coqueta zona de chalets de Los Troncos, dos hoteles cinco estrellas y las arenas más exclusivas, empezando en Playa Grande y hasta unos kilómetros más allá del faro de Punta Mogotes. También con rumbo sur, camino a Miramar, se yergue Rumencó, el único barrio privado de la ciudad: aunque su nombre significa aguas que corren en mapuche, nunca faltará el marplatense que asegure en voz baja que el término no es más que una incomprobable contracción de los apellidos de tres figuras políticas de los noventa, supuestos desarrolladores del emprendimiento.

Allende Colón, entonces, se extiende la porción de la ciudad que busca competir en igualdad de condiciones por un mismo mercado con Pinamar o Punta del Este. La apuesta por circuitos más exclusivos en la Feliz llama la atención de quien recuerde a Mar del Plata como el destino familiar de su infancia; un perfil que, a pesar de todo, la ciudad se niega a perder. Una recorrida de 24 horas por el principal destino estival del país ayuda a dimensionar el cambio que se fue gestando lentamente a ambos lados de la avenida.



09:00



A 500 metros de la vieja Terminal de Ómnibus (último bastión popular que sobrevivía de este lado de la frontera), un pequeño pero imponente hotel boutique de estilo francés, diseñado por la arquitecta top local Laura Napp, hace las veces de primer paso para el viajero ABC1. Una habitación en el Sainte Jeanne no se consigue por debajo de los 1.600 pesos; un café espresso y una porción de torta mousse de chocolate blanco y lima en la patisserie, 45. Una pareja de mediana edad, huéspedes de otro hotel a pocas cuadras, toma el té y lee el diario en la mesa de al lado. No será Le Monde, pero hacemos lo que podemos, sonríe el hombre. La señora, sumida en el ritual del desayuno, hace caso omiso de la humorada de su marido al cronista.

Aunque mantiene su elegancia, la postal que se observa desde las mesitas externas de la cafetería del hotel no se parece demasiado a la de un paseo parisino. Mar del Plata muestra los efectos de la implementación de un nuevo código de publicidad en vía pública que, aunque otorgó un plazo de dieciocho meses para la adecuación de marquesinas, parece haber tomado por sorpresa a la gran mayoría de los comerciantes. En la calle Güemes, nuestro punto de partida, la gran mayoría de los frentistas ya hizo los deberes; en tanto, en el trayecto entre la nueva estación ferroautomotora y la costa, más de una fachada despintada y con huecos sedientos de enduido revela al ojo no tan desprevenido que allí alguna vez existió un cartel de grandes dimensiones.

El fin del recorrido por la avenida Luro, límite norte del centro marplatense, deja al observador envuelto en la magia del balneario popular, allí donde el término descamisado no es una apología del turismo social, sino una realidad evidente: caminar por el bulevar marítimo con excesiva vestimenta es una canallada, una negación del deber ser del hombre de la Bristol. El paseo costero es un ir y venir continuo e incesante de familias con chicos, sombrillas, reposeras y conservadoras de plástico; señoras con envidiables tostados, denotando un esfuerzo que debe haber llevado meses; perros y skaters que se disputan el espacio público por igual; vendedores de compilados de MP3 radiograbador en mano. Los márgenes de la Rambla suman toda una gama de puestos ya tradicionales, desde el infaltable show de canto y baile hasta los stands de bronceadores y afines, atiborradísimos: No tocar - Se cae, grita un cartel en un puesto tapiado con Rayitos de Sol junto al acceso público a la playa. La gama cromática de la Bristol comprende no sólo el marrón de la arena húmeda, el azul del cielo y el agua, y el color ladrillo del imponente Hotel Provincial, sino también el azul Randazzo y el naranja Scioli de los camiones desplegados a lo largo de la plaza Colón, frente al Casino. El amarillo PRO, en cambio, no parece encontrar su lugar en el arco iris de la Mar del Plata proletaria.





12:00



Hay un camino fácil y otro para conocedores que aspiran a evitar un tránsito que, a determinadas horas, remite inexorablemente a un denso atardecer del centro de Buenos Aires. Síganme y los guío, voy para allá, ofrece un muchacho de veintilargos y aspecto de rugbier desde su Peugeot 207. El destino final dista mucho de ser turismo aventura: vamos a las playas del sur, una de las dos áreas balnearias de Mar del Plata -la otra es Playa Grande, espacio elegido este verano como vidriera por los políticos vernáculos-, donde alquilar una carpa puede alcanzar los $ 12.000 por toda la temporada.

Plantados en un semáforo en rojo a metros de donde fue recibida la Fragata Libertad con honores comienza el desvío hacia una avenida, luego otra -el giro es justo antes de que se convierta en una calle de tierra, pequeño recordatorio de la existencia de una tercera Mar del Plata más real y menos agraciada-, una diagonal oculta y tenemos el Faro frente a nuestros ojos. El parque automotor que nos recibe sorprende por un detalle: muchos coches llevan sus lunetas tapizadas con las calcomanías típicas de las promociones de verano del Este uruguayo. F8, anunciamos nuestra carpa de destino en la entrada del balneario. Hundido, sonríe el muchachito que hace las veces de guardia de seguridad y abre la tranquera.

El sol radiante y los 28 grados de temperatura que reciben al futuro bañista obligan a definir un almuerzo pacífico y sin pisar arena caliente. En la carpa de al lado, una mujer lucha por retener a sus hijos en su zona de confort hasta que los rayos solares sean un poco más indulgentes con la piel humana. ¡Lucas, vení!, le grita al más díscolo. Pero a Marcos la mamá lo deja..., refunfuña el crío. Madre gana y logra repetir con su familia el mismo ritual que se mantiene de este lado de la lona, ritual que no varía tampoco en los paradores más populares: sanguchitos de pan lactal como almuerzo y pantallas táctiles de celulares operadas a toda velocidad como forma de entretenimiento. Ya habrá tiempo para otra cosa. 



15:00 



Este año será, tal vez, el primero que se recuerde en mucho tiempo sin un hit del verano. Romina, Roxana y Alejandra, tres cordobesas en plan de vacaciones, discuten el tema con fervor mientras toman un mate que vale oro: cinco pesos cuesta recargar un termo por estos lares. Casi diez minutos de debate llevan a proclamar dos finalistas: el Gangnam Style, suceso nacido en YouTube del comediante coreano Psy, y El pollito Pío, una especie de canción infantil que repite hasta el hartazgo los sonidos onomatopéyicos de los animales de granja. La discusión termina (y las chicas huyen del alcance del observador) apenas se escuchan los primeros acordes de Tan Biónica, la banda de pop-rock que abre la temporada de recitales gratuitos en la zona. Me quedo con vos, yo sigo de largo, voy a buscarte / qué noche mágica, ciudad de Buenos Aires vocifera el cantante. La letra no se aplica al contexto, pero qué más da.

Alfar y Arenabeach, los dos paradores que alojan escenarios con vista al mar, son prácticamente los únicos que permiten en los hechos el acceso público a sus playas. Es un toma y daca, un acto de responsabilidad social empresaria por la mitad: todos pueden pasar, pero deberán aceptar rodearse de parlantes. Si quieren más tranquilidad, serán bienvenidos previo pago en el balneario siguiente. Los cientos de Rominas, Roxanas y Alejandras que saltan al ritmo de la música no parecen preocuparse por la cuestión, claro. La tarea está casi completa: último turno de bronceado, ducha, su ruta. 



19:00



Un grupo de parroquianos debate sobre las opciones para comprar un departamento en pesos. La mesa que ocupan parece haber sido elegida con cautela, casi remedando las manías del doctor Sheldon Cooper, personaje principal de la serie The Big Bang Theory: cerca de la barra, contacto visual directo con las camareras, acceso veloz a los excusados, huida sin grandes complicaciones. Ésta es la mesa de los galanes, sonríe Marcelo, 38 años, que se reúne todos los jueves con su grupo de amigos en Antares, un bar de cerveza artesanal convertido ya en la segunda mayor franquicia nacida en Mar del Plata detrás de los alfajores Havanna. El plan es llegar sobre las siete de la tarde y aprovechar las dos horas de happy hour; el bar se llena a poco de abrir, aunque es difícil determinar cuál es el porcentaje de turistas sobre el total. Olvidate, a la mitad los conozco, refuerza Marcelo, sacando chapa de local.

A medida que se vacían los vasos, los tópicos de charla mutan desde las posibilidades de inversión en ladrillos hacia el recambio de autos y luego, claro está, hacia el análisis exhaustivo del público femenino. ¡Ésa tiene novio!, ataja un personaje de la mesa a su amigo. Los galanes no pueden tener deslices.



21:30



No hay más localidades
. Nuestra desilusión se comparte con la de una pareja de rosarinos que llegaron hasta San Luis y peatonal con idéntico fin: conseguir entradas para Rialidad en el City, el music-hall -según el cartel de promoción- de Jorge Rial, acompañado por la ex Bailando por un sueño Valeria Archimó. En una cartelera hipercompetitiva, con obras del tenor de Escandalosas, con Moria Casán y Carmen Barbieri, y Toc Toc -y pasando por gemas como Prende el optimismo, con el conductor de TN Sergio Lapegüe-, la puesta del periodista de espectáculos atrae por la misma razón por la que Los expedientes V, el libro de su coequiper Luis Ventura, es un éxito: qué mejor época que el verano para distenderse con los chimentos de la farándula como combustible. 

Estamos en números similares e incluso mayores que los del año pasado, lo cual es algo muy positivo teniendo en cuenta que el año anterior teníamos un acontecimiento tan importante como el Dakar que trajo mucha gente a Mar del Plata, explicó a los medios Pablo Fernández, titular del ente de Turismo local, en referencia a la afluencia turística de las primeras semanas de 2013. La corroboración empírica está a la vista: conseguir una mesa en un restorán céntrico es una misión imposible. Realmente no entiendo a la gente haciendo cola para comer, ¡ni que fuese gratis! escribe Lisandro Rasio, basquetbolista del club Peñarol, en su cuenta de Twitter. Las largas filas de turistas aguardando su turno son una postal en sí misma, tanto en los restoranes tradicionales como Montecatini y Manolo como en los bodegones más pequeños y sin tanto renombre. Una reverberancia que se oye bien a lo lejos, señal de que uno de los eventos gratuitos organizados por el Gobierno provincial está en su clímax, les recuerda a las familias de la cola que la demora para acceder a una mesa podría ser todavía peor.

En Estación Central, un moderno restobar relativamente alejado de las zonas comerciales, elegido para el pit stop, la velada se justifica mucho antes que lleguen las bondiolitas de cerdo a la mesa: una pareja discute acaloradamente sobre política dos mesas más hacia la derecha. Guillermo Moreno parece ser la razón de las diferencias entre ambos. A los diez minutos ella se levanta y se va. Él termina su plato, paga la cuenta y recién allí saca su celular del bolsillo intentando la reconciliación.



02:00



Los dos íconos de la noche marplatense en los últimos treinta años ya no brillan de la misma forma. La avenida Constitución, esa que albergó en la década del 70 a la mítica discoteca Enterprise, apenas si mantiene más que a un puñado de boliches dispuestos a lo largo de su extensión. La zona de bares de la calle Alem, enclavada en el corazón de Los Troncos, ya no presenta la profusión de locales nocturnos que la caracterizó durante los últimos tiempos (hasta que los desmanes, la falta de control y las clausuras municipales desactivaron el polo de entretenimiento, define el matutino local La Capital), reconvirtiéndose lentamente en un paseo de restoranes y cafés de profunda inspiración palermitana. La movida renace ahora frente al mar, en la franja comprendida entre el Cabo Corrientes y la escollera Norte, donde comienza la Base Naval.

Con la guía Filcar atrasada, tres jovencitos de no más de veinte años y look San Isidro van directo a Mr. Jones, uno de los pocos bares que se mantiene firme en Alem vaya uno a saber por cuántas temporadas más. Tras unos minutos en el sector lounge, con sillones, una pequeña barra y música electrónica para la ocasión, cruzan la puerta y encuentran su destino final: la pista principal, repleta de gente y regada musicalmente hasta el hartazgo con Agapornis, esa banda que encontró el éxito en 2012 reversionando temas de Shakira, Adele y Soda Stereo con ritmos de cumbia. Los de San Isidro rompen prejuicios y bailan felices. Tal vez la división entre lo popular y lo chic a uno y otro lado de la avenida Colón no sea tan precisa. En tiempos de extrema polarización en todos los ámbitos, es bueno que así sea.

@mardelplatense

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