26 de junio 2009 - 00:00

Recorridos por minas, otra forma de vivir el turismo

Recorridos por minas, otra forma de vivir el turismo
Transitar la ascendente, vieja y polvorienta calle de La Carolina, custodiada en ambos lados por antiguas casas de piedra, es sin duda una experiencia maravillosa. No en vano el pueblo es objeto de deseo de directores de cine que lo eligieron para protagonizar escenas de filmes en escenarios naturales que se mantienen intactos, como petrificados en el siglo XIX.

La Carolina (ubicada a unos 80 kilómetros de la ciudad de San Luis) vivió la más grande fiebre del oro en la Argentina. Aquí se esconden historias de vida de cientos de trabajadores que llegaron a este valle con el sueño de hacerse ricos. Algunos se fusionaron con el lugar y viven allí rememorando aquella época de oro.

Actualmente la villa cuenta con unos 250 habitantes. De ser sólo un camino trazado hacia una de las minas de oro con pocas casas de piedra a su alrededor, con el paso de los años fue creciendo hasta convertirse hoy en uno de los lugares turísticos más visitados de San Luis.

Bocaminas o socavones

En el cerro Tomolasta se encuentran las bocaminas o socavones, que en la antigüedad extraían el mineral aurífero, y hoy se mantienen, algunas abandonadas y frías, como añorando un pasado color oro y vislumbrando un futuro incierto. Pero estas minas aún perciben los pasos de cientos de personas que allí se internan para ver los vestigios de aquella época. Son visitantes de la Argentina y del mundo, que llegan para formar parte de las distintas expediciones guiadas que incluyen visitas a las viejas minas, caminatas por el cerro en el que se abrían los respiraderos o bien en el río donde se puede hacer el tradicional lavado que desgastó las manos de tantos trabajadores, la mayoría mujeres, ya que esta tarea era la menos pesada.

En los túneles se ingresa con personal especializado.

Una vez adentro se puede observar la corteza terrestre que fue perforada para encontrar las vetas del amarillento mineral.

En las minas, principalmente en la denominada Buena Esperanza, se pueden ver viejos instrumentos de trabajo que utilizaban los obreros, los respiraderos y las formaciones que con el paso de los años y las vertientes internas fueron formando estalactitas, estalagmitas de colores varios así como también fallas geológicas de la montaña.

Para disfrutar al máximo de la excursión en el interior de la mina, el visitante recibe cascos con linternas y botas de goma, entre otros elementos necesarios para llevar a cabo la actividad. El río de La Carolina ofrece un espectáculo aparte por el color amarillento, producto del arrastre de minerales.


Un poco de historia

La Carolina fue llamada así en homenaje al rey Carlos III de España, ya que éste pertenecía a una familia muy distinguida llamada Los Carolinos. El lugar fue noticia dos siglos atrás, cuando un casual descubrimiento generó la más descabellada fiebre del oro que se vivió en este país.

Ante la enorme afluencia de aventureros y para evitar los desórdenes socioeconómicos, en el año 1792, el marqués de Sobremonte, entonces gobernador de Córdoba y del Tucumán, intendencia a la que pertenecía San Luis en el Virreinato del Río de la Plata, intervino las minas y decidió el trazado de una villa real que en homenaje a Carlos III de España, la llamó La Carolina.

La actividad extractiva, eclipsó la tradición pastoril y ganadera. El oro de La Carolina se resguardó en Chile y luego en Potosí, pero los resultados más brillantes los obtuvo una empresa extranjera que inició en 1882 la explotación industrial de los socavones.

Fue entonces cuando máquinas y picos atacaron sin piedad los cerros, revolviendo incansablemente sus entrañas. Después, todo quedó abandonado, por culpa -se dice- de un hundimiento que sepultó las galerías o más bien porque el reluciente material ya no se reflejaba en los ojos de los cansados mineros.

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