Talampaya y una ciudad perdida en el arco iris

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Los imponentes murallones fueron testigos del transitar de los gigantescos dinosaurios y también fueron aliados del pequeño hombre primitivo que luchaba por sobrevivir. Han pasado 250 millones de años y todo sigue igual en la rojiza superficie del sudoeste de la provincia de La Rioja que hoy conocemos como el Parque Nacional Talampaya. Todo un emblema de la región, fue designado Patrimonio Nacional de la Humanidad por la Unesco, integra una vasta región desértica con antiguos sedimentos y muchos aseguran que allí puede escucharse el sonido del silencio.

Talampaya integra la Cuenca Triásica de Ischigualasto, junto con el sanjuanino Valle de la Luna. Con su eterno sol, el parque riojano ofrece múltiples formas de ser explorado y el circuito Arco Iris es una de ellas. Deben transitarse 10 kilómetros al sur desde la entrada principal al parque hasta llegar al área de servicios de la Cooperativa Talampaya, en el km 133 de la Ruta Nacional 76. Conocer el arco iris riojano demora unas tres horas, comenzando con un recorrido de 30 kilómetros en camioneta por el lecho seco del río Ontiveros. La ruta lleva finalmente hasta ondulaciones perfectamente divididas en seis niveles que revelan los distintos minerales que componen la Tierra. De abajo hacia arriba el arco iris muestra el rojo del hierro, el amarillo del azufre, el dorado del magnesio, el gris de las cenizas volcánicas, el blanco del salitre y el negro del carbón vegetal.

Luego de cientos de curvas tapizadas por escamas de barro, se llega al punto de partida de un circuito de trekking de dos kilómetros. La caminata sucede entre paredones multicolores que alcanzan los 90 metros de altura, decorados por la acción del viento y el agua que hace millones de años lo cubría todo. La ruta lleva por cuevas, pasadizos y peñascos que penden de un hilo y parecen a punto de derrumbarse. Cada tanto hay rocas que ofician de mesa y están cubiertas por piedras de diversos tamaños y colores, depositadas en ese sitio por la creciente del agua. Se destacan paredes cinceladas como si fueran velas derretidas. Paso a paso, el caminante deja su huella en un piso frágil como el hojaldre y cubierto por una arena roja, fina como la harina.

La Ciudad Perdida es otra forma de conocer Talampaya. Es un circuito más extenso, que demanda unas cuatro horas y comienza en camioneta a lo largo del lecho seco del río Gualo y luego lleva por dunas y pampas pobladas por guanacos. Luego, la ruta lleva a pie hasta un mirador natural ubicado sobre una depresión de 70 metros de profundidad y 3 kilómetros de extensión, con fantásticas formaciones en su interior que dan al paisaje la fisonomía de una ciudad fantasma.

Allí se entra en una telaraña de laberintos diseñados por el paso del agua que llevan hasta una pirámide casi perfecta llamada Mogote Negro, angostos pasadizos, ventanas de cuadratura geométrica y, finalmente, un gran anfiteatro natural de 80 metros de hondo, excavado por la erosión. La Ciudad Perdida sigue con vida, ya que durante la época de lluvia los poderosos cursos de agua aparecen y desaparecen en cuestión de segundos tallando nuevas y extrañas formas.

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