Una tarde entre los castillos de Sintra

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Portugal no suele estar en la ruta principal de los viajeros argentinos que recorren Europa y tal vez sea por eso que aquellos que tienen la fortuna de recorrerlo aseguran haber hecho un hermoso descubrimiento. Tal fue el caso de Eleonora Koren, nuestra lectora que, de vacaciones con su novio Federico por el país del fado y el oporto, conoció los encantos de la medieval ciudad de Sintra.

Nuestro viaje en Portugal comenzó en Lisboa, subiendo y bajando sus calles laberínticas, perdiéndonos por Alfama y disfrutando de una Ginjinha (licor de guindas superdulce) mientras escuchábamos una sesión de fado interpretada por músicos locales en un barcito del barrio alto.

Desde ahí partimos a uno de los destinos turísticos más recomendados: Sintra. Esta ciudad, declarada Patrimonio Mundial de la Humanidad por la Unesco, parece sacada de un libro de cuentos, con bosques, castillos y hasta una viejita que hace castañas asadas en la plaza principal. Apenas bajamos del tren caminamos por la calle que bordea el bosque hasta el centro de la ciudad. Recorrimos unas pocas cuadras con negocios de artesanías y productos regionales, nos sentamos frente al Palacio Nacional y sacamos los mapas de las mochilas para planificar nuestra propia ruta de los castillos.

Decidimos empezar por la Quinta da Regaleira, que está apenas a unas pocas cuadras de la plaza central. Este "castillo" fue en realidad la residencia de verano de la familia Carvalho Monteiro. Lejos de la realeza, su dueño fue un empresario que hizo su fortuna en Brasil y de regreso a Portugal, en 1892, compró la quinta a los barones de Regaleira. El arquitecto Luigi Manini fue el responsable de dar forma a las ideas del propietario para transformar este espacio ligado a la masonería y la alquimia. Apenas se traspasa la amplia reja y se pone un pie en el parque comienza un recorrido misterioso, repleto de signos esotéricos y enigmáticos que, según cuentan, representan la coexistencia del paraíso y el mundo inferior.

Después de perdernos entre grutas y pasadizos secretos, llegamos a la mayor atracción del jardín: un pozo iniciático que se sumerge a 27 metros de la superficie. Este lugar, donde se unen el cielo y la tierra, era el elegido por el antiguo dueño para realizar sus actividades alquímicas sobre una Cruz de los Templarios grabada en el piso del pozo. Después de recorrer el jardín vale la pena tomarse un rato para visitar la residencia de estilo neomanuelino y subir hasta la torre para tener las mejores vistas del castillo de los Moros y el Palacio da Pena.

Al salir de la Quinta da Ragaleira, nos sumamos a la fila de personas que esperaban el colectivo 434 para comenzar a trepar hacia los castillos que vigilan desde las alturas. La ruta es sinuosa y el chofer, que acelera con la confianza de quien hace y deshace el camino varias veces por día, nos hace perder el equilibrio en cada curva. Bajamos en el Castillo de los Moros, un mirador único desde el que se puede observar a lo lejos el océano Atlántico y, a los pies -como si fuera una maqueta-, el centro de Sintra. Estas murallas de piedra maciza funcionaron como fuerte militar para los árabes que se instalaron desde el siglo IX hasta 1147 cuando fue tomado finalmente por Afonso Henriques, el primer rey de Portugal. Hoy los paredones pueden recorrerse a pie para disfrutar la vista panorámica, mientras el viento fuerte pega en la cara y desarma peinados.

Luego del fuerte, caminamos otros 200 metros en subida hasta la entrada del Palacio da Pena. Para llegar hasta el castillo, todavía faltaba atravesar el parque. Se puede ir en micro, pero nosotros elegimos hacer un último esfuerzo y subir el empinado camino entre la exuberante vegetación del Parque da Pena. Al llegar al punto más alto aparece, por fin, el Palacio como una pintura de acuarelas en tonos pastel, con sus torres en forma de cebolla y pequeñas ventanas que hacen presente la herencia árabe, parte innegable del ADN portugués. Allí, el príncipe Fernando II y la reina María II de Portugal también se enamoraron de Sintra y ordenaron, en 1836, construir la que luego fue la residencia de verano de la familia real.

Cuando el sol comienza a bajar, es hora de regresar a la villa, buscar un abrigo aunque todavía sea verano, y agolparse para llegar a probar los míticos travesseiros (una masa hojaldrada rellena con un tipo de crema pastelera) que desde 1952 hornean en la Casa Piriquita. Después de la merienda, la mayoría de los viajeros regresa a la estación para tomar el tren a Lisboa, las calles se vacían y el silencio se vuelve a adueñar de la villa. Nosotros nos preparamos para nuestro próximo destino, la ciudad de Porto con su ribera de angostos edificios de colores, las bodegas y la bruma nostálgica que cada tarde se apodera del puerto.

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