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Eduardo Hoffmann rinde tributo a diferentes grandes artistas

Reconocido por su trayectoria internacional, Eduardo Hoffmann (1957) expone en Mendoza, su tierra natal. En el Museo Killka de Tunuyán presenta «Enviados especiales», con sus obras recientes. La muestra, con curadoría de Sara García Uriburu y coordinación artística de Anabel Simionato, incluye treinta obras de diversos formatos y técnicas.

«Una parte de ellos es una serie de investigación, de prueba y error, de búsqueda, con intervenciones digitales, cosas modernas. Esto es una parte importante de mi obra. La otra parte es más ancestral, tal vez más clásica», expresó el artista. El sentido del título de la muestra «los enviados especiales», no sólo adquiere el periodístico sino también, a modo de homenaje, a los grandes artistas, desde Velázquez y Magritte pasando por Astor Piazzolla, que vinieron a iluminarnos. Hoffmann cita y corrige imágenes paradigmáticas. Las obras no son fósiles para el artista que las pone en movimiento y las abre a mil posibilidades.

«Toda obra emblemática es una fuente inagotable y no hubo nadie más pragmático que Picasso para revelar las infinitas lecturas que tienen las obras que tomaba como fuente», señaló. Así, por ejemplo, Broadway Boogie Woogie, de Mondrian, es una obra a la que Hoffmann con el tiempo le tomó gran cariño, una obra sobre «la que no está todo dicho» porque se reinventa y recrea en sí misma. Ya en sus primeras telas surreales, como Bodas de Papel, Naturaleza Hipomuerta y Detrás de la Escena; en sus esculturas simbólicas como Bella Angela y sus ascéticos y, a la vez, representativos dibujos como Un alto en el camino y Renocenota; en sus obras con ramas de madera como Sin título; y en fin, en sus caligrafías rupestres, labradas con una inagotable creatividad, como Jirafa de Pisa, Adán Buenosayres y Maho 2, Hoffmann utilizaba distintos materiales y formas, que lo movilizan y lo incitan a cumplir con la meta de todo artista: dar testimonio.

Aunque se reconoce la evidente la continuidad de sus propuestas, hemos distinguido momentos. Desde fines de la década del 70 a comienzos del 80, sus óleos sobre tela surreales, a la manera burlona y enigmática del primer Magritte. Realizó trabajos caracterizados por el dominio del oficio, el humor, la tentación poética y la audacia. Luego, en obras como Abrazo de centauros, se asomó al neoexpresionismo - en el sentido de actitud más que de tendencia estética-. Aquella propuesta invadió su obra posterior y lo llevó hasta la abstracción.

A la par de esta etapa, Hoffmann realizó dibujos con tinta u óleo, sobre papel, cartón y cáñamo, en los que se identificó con antiguas tradiciones que hicieron de la pintura un espacio contemplativo. Su identificación con esta retórica contemplativa vinculada al zen o el taoismo, son característicos de su inclinación intelectual y filosófica. Sus propuestas han fluctuado entre la figuración y la casi abstracción, pero esa dualidad ha sido sòlo la primera, que luego condujo a otras: todo-parte, vacío-lleno, verdadero-ilusorio.

El artista ha señalado que frente al soporte -tela, papel, madera, cuero, cerámica, cartón, cáñamo-, mira, no el fondo de la materia sino el mundo del hombre. La vivencia de la soledad ante el mundo y el dolor desde su nacimiento. Buda muestra el camino, pero para recorrerlo el hombre sólo cuenta consigo mismo: para superar su dolor debe acentuar su soledad congénita.

El poeta T. S. Eliot lo expresó así: «Tenemos por delante el día que pasó/ y dejamos atrás el día que ha de venir./ La memoria es una forma del olvido,/ la realidad, un olvido de la memoria./ Sólo es verdadero el hombre / que huye hacia el pasado con las imágenes del futuro,/ y se detiene en el presente, / para saber dónde termina el mundo/ de los sueños».

Hoffmann descubre la imperfecta naturaleza de la creación humana, de un ser que ya no es pensado como fundamento y estabilidad de estructuras eternas. «Quiero pintar como si fuera siempre el último día», señaló al referirse al peligro que corren los artistas de «aburguesarnos y aburguesar nuestra obra», la cual «puede entonces convertirse en un producto perfecto o muy bien acabado, pero que ya no dice nada. Trato de no caer en esas cosas...».

Sus imágenes sobre la condición humana -el amor, la ironía, la quimera, el desánimo, la esperanza, los nuevos mitos, la vida cotidiana- son también imágenes sobre la condición del arte. Su actual exposición en Killka confirma que su trabajo se distingue por la permanente búsqueda. Hoffmann sabe que no existen los límites; que sólo existen en la medida en que el artista los acepte. En consecuencia, no pinta como si fuera siempre el último día: pinta como si fuera siempre el primer día, el primer día de su creación individual y el primero también de la creación entera, colectiva, general.

El museo Killka -término que significa entrada o portal en lengua aborigen andina-, es una extensión cultural de la Bodega Salentein. Además de muestras temporarias, el museo alberga una colección de pintura holandesa de los siglos XIX y XX, y de arte argentino contemporáneo, con obras de reconocidos artistas como Silvina Benguria, Jorge Demirjián y Carlos Gorriarena, entre otros.

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