Política

El arrepentimiento eterno por no llevar a Meijide en la fórmula

La Alianza como acuerdo político nunca debió haber sido, al menos en los términos en los que fue creada. La necesidad de un ajuste en la economía era evidente ya antes de la elección. No todos los socios estaban de acuerdo.

Sus colaboradores más cercanos lo recuerdan tremendamente tímido. Ese rasgo de su personalidad fue parte esencial de la distancia que Fernando de la Rúa solía mantener con la gente en general. Incluso cuando sacaba uñas de negociador en la interna partidaria, con semblante serio y enojado, era imposible no percibir que le costaba relacionarse con los demás. Algunos de sus secretarios incluso llegaron a reconocer que el expresidente (al revés que en los postulados de Macchiavello sobre el poder) siempre prefirió que no le temieran. Como sea, le resultaba difícil acercarse a los demás, situación que, aseguran, era absolutamente distinta cuando se movía en familia.

No era esa una característica elogiable en un presidente, pero la sobrellevó con bastante habilidad no sólo durante su paso por la Jefatura porteña, sino también en los dos estratégicos años previos a ganar la presidencial y los tumultuosos que le tocaron hasta su salida del poder.

La frase anterior y la descripción de la personalidad de De la Rúa no es un capricho romántico, sino un elemento esencial para entender lo que sucedió durante su presidencia. De la Rúa siempre prefirió a Graciela Fernández Meijide como socia principal en la Alianza. Carlos “Chacho” Álvarez era considerado superficial y frívolo, proveniente de una rama del peronismo demasiado marquetinera. Quienes temieron eso en el inicio de los acuerdos de la alianza lo recordaron siempre cuando llegó la traición de Álvarez al Gobierno con su renuncia a la presidencia.

La interna presidencial dentro de la Alianza UCR-Frepaso que debía enfrentar a un menemismo que prefería que ganara cualquier partido menos el propio peronismo que encarnaba Eduardo Duhalde, había sido entre De la Rúa y Fernández Meijide.

El acuerdo original, sin la ley de PASO que rige actualmente, era que quien ganara encabezaba como presidente y quien perdía acompañaba como vice. Y así debió ser, salvo que a último momento el alfonsinismo presionó para que Chacho fuera a la fórmula presidencial. Meijide pasó a pelear la provincia de Buenos Aires como candidata a gobernadora, batalla que finalmente perdió en manos de Carlos Ruckauf, y terminó como ministra de Desarrollo Social del nuevo Gobierno.

Primer punto entonces para hacer una pausa: De la Rúa siempre quiso a Fernández Meijide como vicepresidenta. Le parecía que producto del dolor que había sufrido por su hijo desaparecido, tenia un aplomo y una seriedad de carácter que claramente no tenia Chacho Alvarez. Puede decirse que De la Rúa se murió sabiendo que Meijide nunca lo hubiera traicionado.

Hubo otra debilidad innata en la Alianza que fue el origen de los problemas que terminaron con la tragedia del 19 y 20 de diciembre de 2001: el reconocimiento de todos los integrantes del problema que significaba el déficit.

El tema central de transición entre el Gobierno de Carlos Menem y el de De la Rúa fue ponerle un número exacto al déficit heredado del menemismo, que venía con la convertibilidad ya herida producto del endeudamiento que había tomado Menem y la caída de los precios de las exportaciones argentinas. El fallecido expresidente sabía de antemano que la convertibilidad estaba en terapia intensiva. El votante medio argentino, endeudado en dólares sobre todo por la abundancia de crédito hipotecario a largo plazo que se había generado durante el menemismo, no quería que le hablaran de salir de la convertibilidad. Eso les proponía Eduardo Duhalde y por eso perdió la elección. La Alianza hizo campaña garantizando lo contrario, pero todos sabían que en algún momento un ajuste sería imprescindible.

Tan conscientes estaban de esa situación todos los integrantes de la entonces oposición que entre 1997 y 1999 hubo reuniones semanales (los días martes) entre Adalberto Rodríguez Giavarini (amigo y luego canciller de De la Rúa), Ricardo López Murphy, José Luis Machinea, Eduardo Delle Ville (ministro de Hacienda porteño de De la Rúa) y Daniel Marx, para analizar la situación.

El diagnóstico que salió de allí hablaba de la crisis de la convertibilidad y el desborde que se venía, el que fue más evidente en el último año del Gobierno de Menem.

El encargado de hacer el ajuste inicial fue Machinea, que el 19 de diciembre de 1999 anunció un plan de recortes que comenzó a matar las expectativas con las que había llegado De la Rúa al Gobierno. Y justo en ese momento comenzó a hacerse evidente, aunque con timidez y disimulo, que la Alianza iba a tener problemas y bien cercanos. Otro indicador que nunca debió haber sido en las condiciones en las que se armó: el Frepaso enseguida comenzó a renegar del ajuste; muchos radicales de la provincia de Buenos Aires también. La falta de compromiso político con un ajuste que estaba diagnosticado como necesario desde dos años antes comenzó a marcar la soledad de De la Rúa en el poder. Es cierto que esa situación se hizo evidente mucho más adelante y estalló cuando el propio radicalismo con Franja Morada se negaron a aceptar los recortes que proponía López Murphy ya como efímero ministro de De la Rúa y luego con la llegada de Domingo Cavallo en el final del Gobierno. La negación a apoyar el equilibrio fiscal como necesidad inevitable tras una convertibilidad en ruinas terminó minando de a poco el poder político de la Alianza desde adentro mismo. El broche de ese proceso quedó ejemplificado en el pedido final de renuncia a De la Rúa: se lo hicieron los propios presidentes de los bloques radicales del Senado y Diputados, mientras buena parte de la UCR negociaba su subsistencia con el peronismo de la provincia de Buenos Aires que finalmente se hizo con el poder.

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