Opiniones

El cepo calma la ansiedad, pero ahora deben resolverse los problemas

El cepo y las restricciones cambiarias, en un marco de gobierno saliente, aparecen como un remedio transitorio. Por ende, la solución será recuperar sostenibilidad para un más virtuoso ambiente de negocios

El comercio exterior argentino sigue débil. Crecen algo las exportaciones, caen fuerte las importaciones, y el ratio comercio exterior/PBI (coeficiente de apertura) volverá a ser en 2019 de los más bajos del planeta.

Hace ya mucho tiempo que las noticias en esta materia no son las mejores. En este ámbito, además, ahora (como en todos), hay que adaptarse al complejo período de transición política que vive nuestro país.

Los actores del comercio internacional requieren diversas condiciones para que su actividad sea fructuosa. Dice José María Peiró (en “Psicología de la Organización”) que las cuatro variables principales de un ambiente de negocios son su estabilidad (o la permanencia de los factores del ambiente en determina situación), su complejidad (que se refiere a la cantidad de factores relevantes en el ambiente, que -por ende- cuanto más complejo es, más factores exige considerar), su aleatoriedad (que se refiere al modo en el que los factores se relacionan entre sí, siendo menos aleatorio cuando esa relación es más predecible o encuadrable en determinada lógica) y el acceso a recursos (la capacidad de contar con todos los aportes necesarios para completar procesos de producción y comercialización).

Por ende, una de las condiciones que los actores económicos (dentro de ellos, los que se dedican al comercio internacional) reclaman es que las condiciones político-económicas del ambiente sean estables.

Así, un tipo de cambio más ventajoso que reduce nominalmente costos medidos en dólares después de una devaluación no es causa necesaria de mejora en resultados en las exportaciones si viene acompañado de inestabilidad, aleatoriedad y complejidad. Eso es lo que demuestra el hecho de que, desde el inicio del corriente siglo XXI, los dos países de Sudamérica que más devaluaron su moneda son Venezuela y Argentina, y los dos países cuyas exportaciones obtuvieron peor performance -evolución porcentual- en ese lapso son precisamente Venezuela y Argentina (en Venezuela han descendido desde 2000 hasta hoy en -22,5%; y Argentina es el único país que no logró crecimiento porcentual superior al 100% en el período -considerando cifras positivas-, dado que el alza porcentual en ese lapso fue de 88%; mientras que en Brasil fue 259%, en Chile 240%, en Perú 425%, en Uruguay 236%, en Colombia 148% y en Ecuador 228%,).

Desde este punto de vista, lo que se lleve adelante para reducir la inestabilidad ayuda. El control de cambios (con el nuevo súper cepo incluido), que forma parte de restrictivas medidas que se han sucedido en los últimos tiempos, ha calmado una ansiedad que se temió que recrudecería después del resultado electoral del pasado domingo 28 (recrudecimiento que, a la luz de los hechos, no ocurrió).

Sin embargo, es también cierto que las referidas restricciones cambiarias vigentes afectan -por lo extremadamente duras- las condiciones de inversión, planificación, previsión, contratación y aún producción. Y no se imaginan como muy proyectables en el tiempo.

Así, actuando sobre el corto plazo, debe considerarse que las condiciones de inestabilidad (alta tasa de inflación, alta y demasiado variable tasa de interés, complejidad cambiaria) deben ser reducidas siempre para mejorar los resultados, y -desde esa perspectiva- un “golpe” a las expectativas disfuncionales es de mucho valor. Espiralizar condiciones de ansiedad agrava el problema.

Pero, a la vez, las causas profundas de esa inestabilidad deben ser abordadas en adelante, porque las prohibiciones para libres contrataciones cambiarias (que, dicho sea de paso, no se llevan nada bien con los artículos 14 y 17 de la Constitución Nacional) desalientan decisiones de todo tipo: actuales y -sobre todo- en la ejecución de definiciones dirigidas al futuro por parte de las empresas (¿es acaso pensable que una empresa convenga con clientes en el exterior más exportaciones, más operaciones conjuntas, más producción enfocada en mercados diversos, en el marco de estas limitativas condiciones de corto plazo, aun siendo éstas enfocadas en reducir pronto la inestabilidad?).

La estabilidad cambiaria es una relevante causa de competitividad, pero la sostenibilidad de ella es un requisito. La Argentina deberá algún día corregir su propia historia. Argentina exhibe en materia cambiaria una sucesión de hitos históricos negativos como las devaluaciones ocurridas en abril de 1962 (devaluación del 64,5%), marzo de 1967 (40%), junio de 1975 (99,3%), marzo de 1981 (226%), febrero de 1989 (61%), todo el 1989 (2.038% de devaluación), febrero-marzo de 1991 (66%), enero de 2001-marzo de 2002 (200%), enero de 2014 (19%) y 2018 (100%). La persistencia en el error es aún peor que un estrepitoso fracaso aislado.

En esa persistencia, además, está -también para el comercio exterior- el obstáculo (que agrega inestabilidad) de la alta tasa de inflación, que reduce la posibilidad de cálculo económico en moneda dura, el cual es indispensable para el nuevo modelo de negocios internacionales que se efectúa a través de relaciones estables, sistémicas, constantes y a mediano plazo entre empresas que en diversos mercados actúan más como socias que en base a la vieja relación proveedor-cliente (a eso John Kay lo llama arquitecturas de vínculos). Por eso es que se requiere urgente solución a la tasa de inflación.

Solo por considerar las cifras de la presente década puede recordarse que la inflación anual en Argentina ha alcanzado 23,97% en 2011, 25,98% en 2012, 23,28% en 2013, 38,53% en 2014, 27,50% en 2015, 40,30% en 2016, 24,80% en 2017, 47,65% en 2018 y se prevé para 2019 una cifra de casi de 60%. Pero ocurre que la tasa de inflación mundial fue en 2018 de 2,46% (según el Banco Mundial) y ha descendido sistemáticamente en el planeta desde el 12,4% en 1980, pasando por 8,2% en 1990, el 3,4% en el año 2000 y 3,3% en el año 2010 hasta la tasa anual de 2018 referida.

El requisito para mejorar exportaciones, por ende, es conseguir condiciones sostenibles de estabilidad. Competir contra empresas extranjeras -en mercados internacionales- que operan en un ambiente de mucho mayor calidad es extremadamente difícil para empresas de Argentina. Además la inestabilidad tiene otros varios efectos nocivos, como que el crédito doméstico al sector privado en 2018 en Argentina fue de solo 16% del PBI (y en 2019 será menor aun), y ha caído desde 40% en 1990 (según el Banco Mundial) mientras que en el mundo el crédito al sector privado equivale al 129% del producto bruto total.

El cepo y las restricciones cambiarias pues, en un marco de gobierno saliente, necesidad urgente y expectativas negativas aparecen como un remedio transitorio. Pero la solución será recuperar sostenibilidad para un más virtuoso ambiente de negocios que califique mejor aquellas 4 variables, y permita, en el comercio exterior, que Argentina, en algún tiempo al menos, equipare una relación exportaciones/PBI con el ratio total latinoamericano, que es hoy 30% mayor que el logrado en nuestro país.

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