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El cine inglés despidió a un grande: Albert Finney

“Sólo somos malabaristas a un costado de la calle. ¿Por qué debería tomarme demasiado en serio?”. Así le respondió una vez Albert Finney a “The Observer”, explicando por qué había rechazado los títulos de “Sir” y de Comandante de la Orden del Imperio Británico. “Los títulos sólo perpetúan una de las mayores enfermedades inglesas, el esnobismo”, dijo en otra ocasión. Tampoco se molestó siquiera en asistir a la entrega de los Oscar las cinco veces que fue nominado por “Tom Jones”, “Crimen en el Expreso Oriente” (versión 1974), “El vestidor”, “La sombra del volcán” y “Erin Brockovich”. En cambio, lo hacía muy feliz el modo en que lo definió Alec Guinness: “Finney es una saludable y brillante manzana inglesa”.

Nacido en Salford en 1936, hijo de un levantador de apuestas clandestinas (“comisionista”, decía discretamente la madre), su camino empezó en la Real Academia de Artes Dramáticas junto a otros muchachos de clase media baja, como Peter O’Toole, Alan Bates o su mayor amigo, Tom Courtenay. A los 24 ya era padre de familia, buen actor shakespereano, figura estable del “BBC Sunday Night Theatre”, de la televisión, y debutaba en cine acompañando a Sir Laurence Olivier en “The entertainer”, que aquí se llamó “Imprevisto pasional”.

Casi enseguida protagonizó la comedia “Todo comienza el sábado” (“Saturday night, sunday morning”), de Karel Reisz, obra clave del Free Cinema que iba a renovar el cine británico. Y luego, la picaresca “Tom Jones”, de Tony Richardson, que fue un éxito mundial. A ese le seguirían unos 60 títulos, entre ellos “Los vencedores”, “Al caer la noche”, “Un camino para dos”, verdadera delicia con Audrey Hepburn, “Los duelistas” (personaje del comisario Fouché), “Donde hay cenizas”, con Diane Keaton, “Annie”, “De paseo a la muerte”, “Una lección de vida” (“The Browning Version”), “La heredera” y “Big Fish”. Ese padre fabulador fue uno de sus personajes más queribles y maravillosos. Fue también Winston Churchill, Juan Pablo II y Ernest Heminghway para la TV, tuvo peso en dos de la saga Bourne y una de James Bond; no se privó de nada, inclusive se probó un par de veces como director y se casó tres veces, una de ellas con Anouk Aimée, y hasta se dio el gusto de rechazar “Lawrence de Arabia” por excesivo calor y “Muerte en el Nilo” para no repetir el personaje de Hercule Poirot que ya había hecho en “Crimen en el Expreso Oriente”. Eso que la propia Agatha Christie, autora de la novela original, lo había colmado de elogios. Murió el sábado, a los 82 años.

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