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El desafío de ser padre, sin caer en el autoritarismo o volverse un "amigo"

No es lo mismo ser progenitor que ser padre, porque mientras la primera remite a lo biológico, la segunda refiere a una función social que se elige y se mantiene. "Crecer" con el hijo es un reto constante.

En los consultorios de psicólogos, psicoanalistas y psiquiatras, es habitual observar comportamientos y actitudes que derivan de un tipo de rol paterno con el que se podría identificar al padre “teórico”. Estos se caracterizan porque inhiben la función en lo tocante al ejercicio de la autoridad. Esa inhibición tiene como principal causa, el temor a caer en el autoritarismo o que se lo tilde de tal.

Ese miedo los condiciona de tal manera que muchas veces dejan de ejercer la necesaria autoridad dejando a sus hijos desorientados, y con sensaciones de indefensión. Sentimientos que se constituyen en condición para que éstos lleven vidas desordenadas: dependientes, carentes de valores e ideales, con accidentes reiterados, adicciones, delitos. Indicios todos ellos, de que los hijos están en la búsqueda de límites que los contenga.

De allí, ser padres es una función que se debe cumplir, en el seno de la familia mediante roles adecuados en tanto tiene efectos en lo individual, lo familiar y lo sociocultural. Se caracteriza por su complementariedad con los otros roles familiares.

La familia, como estructura, se basa en el pasaje de la pareja, al cumplimiento interdependiente de roles parentales, a partir del nacimiento de un hijo. El nacimiento de un hijo por sí solo no constituye familia. Estos roles cumplen funciones de gran importancia para el hijo, la familia y la sociedad.

Ser progenitores es diferente a ser padres. El primero de los términos alude a la procreación del hijo desde un punto de vista biológico; a esa posición se puede llegar voluntariamente, por “accidente” y muchas veces se lo rechaza.

Por el contrario ser padre es una función que se elige, se adopta y se mantiene durante toda la vida. Posee importancia en lo individual, en lo familiar y en lo sociocultural. Como función, tiene como ejes el cuidado, la provisión, la educación, formación y preparación del hijo para que éste se desempeñe autónomamente en la vida, adecuando sus comportamientos y realizaciones al entorno sociocultural en los que se desempeñan.

Tradicionalmente el rol paterno se concebía como aquél que cumplía con las actividades de engendramiento, reconocimiento, provisión y control de los hijos. Alrededor de esa función se organizaba el grupo familiar; lo que le otorgaba el carácter de orientador y organizador y los cumplía mediante premios y castigos, permisos y prohibiciones. Era el que encarnaba a la ley sociocultural de la época que estaban transitando.

Actualmente –en líneas generales- esa modalidad de funcionamiento fue cambiando; distintos factores contribuyeron con ello, como cambios de valores e ideologías, variables económicas, y familiares, entre otras. Pero no fueron todas influencias externas las que colaboraron en el cambio de la función padre.

Existen factores provenientes de sensaciones y sentimientos, que posicionan al sujeto que debe adoptar la función de ser padre, en actitudes que devalúan a la misma. En este sentido queda sumido en la impotencia de actuar como orientador, y organizador dentro del seno de la familia y desde este sentimiento se promueven reacciones que paradójicamente lo llevan a caer en conductas autoritarias o a funcionar como padre, “amigo” del hijo o padre ausente. Esta última muchas veces se la justifica por la presión de lo laboral, de los conflictos de la pareja parental o con la falacia de que quiere que sus hijos crezcan felices, que no sientan límites ni imposiciones, que no se aburran.

Las reacciones mencionadas, productos de conflictos internos, tergiversan la función paterna. Se llega así a la disfunción, particularmente gravosa, cuando los hijos están transitando la pubertad y la adolescencia, etapa de la vida que se caracteriza por cambios psicofísicos, que para el sujeto son turbulentos y dolorosos ya que está en juego la configuración de la identidad definitiva como pasaje para la vida adulta.

Es importante tomar en cuenta que cuanto más orientado transita el individuo por esta etapa, mayores posibilidades de ingresar a una adultez sana y acceder a una vida autónoma y pasar de la endogamia a la exogamia, creando su propia familia.

Esto lleva a considerar a la función padre como el trayecto que implicar un doble crecimiento: el del hijo y el del padre. “Crecer” con el hijo, esto es, adecuar su función orientadora ajustándola a las distintas etapas por la que transita el hijo y saber cuándo soltarle la mano para que pueda recorrer –eligiendo- sus propios caminos.

El modo de ganar autoridad sin caer en el autoritarismo, ni en la declinación por ausencia de la función padre, y formar al hijo como individuo autónomo y libre, con potencial para desempeñarse por sí en la vida, es la de establecer una relación interpersonal con el hijo que esté mediada por la comprensión, el cariño y la firmeza en los límites; dicho de otro modo, sólo se puede aprender e incorporar lo transmitido en un clima de amor. Comprensión y empatía mutua, lo cual cambia la perspectiva del refrán popular “la letra con sangre entra”.

Un aspecto importante a tener en cuenta: la función padre es interdependiente con otra de la estructura familiar, la función materna. En este sentido, las funciones parentales complementadas entre sí generan la estructura familiar adecuada.

Solamente desde esa complementariedad la función padre se sostiene en el seno de la familia y promueve la formación de hijos aptos para generar avances en los distintos entornos en los que ellos, como individuos sociales, culturales, científicos, laborales, puedan desempeñarse.

Pues el sujeto humano en su desarrollo psicoevolutivo recorre un largo trayecto. Debe pasar de la dependencia de las fuentes de provisión, protección y saber, encarnadas en los padres, maestros o modelos identificatorios hacia la internalización de los interrogantes del cómo, cuándo y dónde satisfacer sus necesidades y deseos, es decir adquirir la capacidad de vivir autónomamente.

*El doctor Enrique Novelli Ph.D. es miembro del IFT-UNESCO; director de la Unidad Académica de Ecobioética-UM-UNESCO; miembro titular de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA) y docente investigador-UM.

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