Opiniones

El desempleo, la población y el malthusianismo de Cambiemos

"Hay más desempleo porque hay más población", dijo la gobernadora bonaerense y encendió la polémica.

*Coautor: Alejandro Romero

En una declaración que hizo ruido en las redes, María Eugenia Vidal estableció sin ruborizarse, que “hay más desempleo porque hay más población”.

Como si el crecimiento vegetativo de la población no fuera una constante en cualquier sociedad. Como si en los países o las épocas (los gobiernos K, para poner un caso) donde la tasa de desempleo disminuye, o es puramente friccional (como al final del segundo gobierno de Perón), la población no creciera.

El que escucha semejante despropósito se pregunta con razón ¿cómo es posible que una dirigente que administra la provincia más grande del país diga esto seriamente? En algún sitio web se tituló y argumentó, incluso, que la explicación era “incoherente”. Los autores de esta nota pensamos lo contrario: dice algo cuyas implicaciones hay que tomar en serio, porque es muy coherente. Pero ¿con qué?

Para empezar, la explicación de Vidal se encuadra en un cierto modo de concebir la sociedad y la economía. Hace 50 años, los autores de “Los límites del crecimiento”, el modelo del mundo elaborado por el Instituto Tecnológico de Massachussetspara el Club de Roma, razonaron del mismo modo. Muy sintéticamente: la economía mundial es esto que conocemos y no puede ser algo “mejor” o más virtuoso, es apropiación privada y explotación del capital a través del trabajo asalariado, dirigida al crecimiento constante de la tasa de ganancia; ¿por qué nos enfrentamos a problemas que parecen insolubles a la hora de generar un bienestar general? porque somos demasiados; el planeta no alcanza para satisfacer las necesidades de todos y todas.

El ministro de economía de la última dictadura, José Alfredo Martínez de Hoz, expresión del Consejo Empresario Argentino, compartía esa mirada. Llegó a declarar que al país le sobraba la mitad de la población (en aquel momento, unos 12 millones de personas). De modo que se trata de un modelo conceptual consistente, neomalthusiano, cuya primera formulación hizo el clérigo inglés Thomas Malthus en el Ensayo sobre el principio de la población, publicado de forma anónima en 1798, en las vísperas de la expansión colonial británica, que coronaría el proceso de mundialización iniciado en 1492.

Expansión colonial y proceso de mundialización que comenzaron en la península ibérica y que inyectaron en los mercados capitalistas en formación la plata y el oro necesarios, y una decisiva dosis de trabajo esclavo, producto del tráfico negrero y de las plantaciones esclavistas norte, centro y sudamericanas. Es esencial este recordatorio: los dichos de Vidal son coherentes, precisamente, con esa concepción de la sociedad y de la economía: oligárquica y (neo)colonial.

Porque sólo se puede decir seriamente lo que dijo si se piensa que la economía no es el modo en que el conjunto de una comunidad (en este caso, nacional) busca satisfacer las necesidades vitales de todos sus miembros, sino el mecanismo por el cual una élite, la que ha conseguido apropiarse de la tierra y del capital, la única que tiene, por eso, valor real, reproduce su condición dominante, se enriquece y concentra en sus manos los beneficios de todo el ejercicio económico bajo forma de ganancia privada. A esto, precisamente, se le llama una oligarquía.

En una comunidad semejante, los únicos que tendrían derecho a la apropiación de la riqueza son los miembros de esa élite. El resto de la población es una excrecencia, un problema. O funciona como instrumento que la élite utiliza para generar su ganancia, y se somete a esa función en silencio, o, de lo contrario, es desecho. Es descartable. No son considerados personas con necesidades, intereses y fines propios, legítimos y que deben ser satisfechos por el conjunto de la sociedad y, por lo tanto, por el ejercicio económico.

Hay, por eso, un tercer implícito que da coherencia y seriedad a la declaración de Vidal: la economía no es pensada como un proceso de creación de riqueza a través del conocimiento, el trabajo y la producción colectivos, sino como el mecanismo por el cual un cierto grupo humano extrae bajo forma de renta una riqueza “ya ahí”, generada por la naturaleza o por otros seres humanos, y se la apropia en su exclusivo beneficio. El grupo capaz de hacer esto muestra con ello su superioridad. Esto constituye el “mérito” que lo transforma en el único sector “con derecho a reivindicar derechos”. A los demás, les corresponde la obediencia.

Una vez que estos tres aspectos quedan claros, una serie de otras declaraciones producidas por voceros y partidarios del gobierno de Cambiemos, se tornan transparentes. Desde aquellas de hace unos años, en las que Gabriela Michetti afirmaba que el problema de la droga residía en que “mata a los pobres y también a la gente normal” (o, al decir presidencial, “daña a los pobres y también a la gente realmente valiosa”), hasta los recientes llamados empresariales a dejar que perezcan ciertos sectores, o a poder despedir trabajadores a voluntad, sin razón y sin indemnizaciones; pasando por los dichos de González Fraga, que se escandalizaba de que “un simple empleadito” pretendiera tener un celular, una casa o un auto, junto con los intentos de reforma previsional, la derogación de la jubilación para las amas de casa, los tarifazos o los dichos del ex-ministro Aranguren: “si no pueden pagar, que no consuman”, etcétera, etcétera.

Por el contrario, en una concepción de la economía que considera que la misma es el modo en que el conjunto de una comunidad produce los recursos necesarios para el bienestar general, el crecimiento de la población es como mínimo un dato a tener en cuenta a la hora de calcular cuánto es necesario producir, y cómo. Y puede ser una virtud. De hecho, dado el crecimiento vegetativo de la población argentina, la economía debería crecer entre 2 y 2,5% anual para absorber en empleos formales a los jóvenes que cada año se incorporan a la población económicamente activa. Y ello, siempre que el crecimiento se produzca en sectores que demandan mano de obra: la industria, en especial, PYME. Porque si el crecimiento resulta de otras actividades, como las finanzas, el efecto se achica.

Ahora bien, para el que fabrica y/o vende zapatos, cepillos de diente, libros, muebles, ropa, vajilla, herramientas, ladrillos, canillas, heladeras, lápices, o produce lechugas, pan, queso, pollos…, el crecimiento de una población con empleos bien pagos no es un problema sino una virtud: una fuente de riqueza y prosperidad. Y, por eso, un creador de empleos. Es esto el “mercado interno”.

De manera que una economía “para la comunidad” es una cuyo fin último y principal no es el aumento de la ganancia, aunque este sea un medio legítimo a tener en cuenta, sino la satisfacción de las necesidades vitales de todos los miembros de la comunidad. En la medida en que esas necesidades son satisfechas, generan ganancia para aquellos que trabajan para satisfacerlas.

Orientar la economía de este modo no sólo es posible, sino también virtuoso: a comienzos de la década del 70, la Fundación Bariloche produjo un segundo modelo del mundo, también encargado por el Club de Roma, que funcionó como respuesta al modelo del MIT. En este nuevo estudio, que se publicó muchos años después con el título “Catástrofe o nueva sociedad”, se modeló una economía cuyo criterio de eficiencia consistía en satisfacer las necesidades vitales de todos los habitantes del planeta (no en aumentar constantemente la tasa de ganancia). Quedó claro en ese modelo que, así reorientada la economía, era posible alimentar, vestir, albergar, curar y dar educación, cultura y esparcimiento de modo sostenible a una población de hasta 9 mil millones de personas, con los medios técnicos de aquel entonces.

De modo que el desempleo no es producto del crecimiento de la población, sino de la concepción social y las políticas económicas implementadas por el gobierno de Macri y Cambiemos y reproducidas en la provincia por la Gobernadora Vidal. Todas ellas orientadas a seguir concentrado la riqueza en manos de los más ricos; a apropiarse de todo tipo de rentas sin preocuparse por generar riqueza a través del trabajo; y a recoger los frutos de la complicidad en la extranjerización de las riquezas argentinas. Todo ello, sin que importen en lo más mínimo las consecuencias que esto tiene para el conjunto de la población.

Siendo así, es coherente que la responsabilidad del desempleo se le atribuya a quienes tienen el mal gusto de vivir, de querer seguir viviendo, y de ser argentinos. El problema de la gobernadora es que esos argentinos no sólo votan sino que, además, saben que tienen derecho a una vida mejor y que existen otras políticas posibles que les pueden garantizar el futuro que todos y todas merecemos.

*Los autores son:

Fernanda Vallejos, economista, diputada nacional Frente de Todos.

Alejandro Romero, filósofo, asesor de la Comisión de DDHH de la Corriente Federal de los Trabajadores.

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