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El error del enojo y el nuevo Belcebú

Durante un tiempo, en los albores del inicio de Twitter, uno de los primeros éxitos virales de la red social era la ingeniosa reedición de una maravillosa pieza del film alemán “Der Untergang” (La Caída) dirigido por Oliver Hirschbiegel y donde Bruno Ganz protagonizaba al último Adolf Hitler. En la escena en cuestión, el dictador, ya demacrado y con un párkinson acelerado, gritaba a sus últimos generales por ejércitos que ya no existían y la segura derrota del Tercer Reich. Algún creativo criollo reinventó esos minutos, con subtítulos en español, donde el personaje de Ganz era un enojado Néstor Kirchner que protestaba por la derrota electoral legislativa de 2009, el año en que el kirchnerismo optó por unas fallidas candidaturas testimoniales. Las quejas incluían la creación de enemigos políticos que lo habían vencido en esas elecciones y que lo dejaban en una posición política más que débil. Era una humorada perfecta, parodiando la visión que en ese momento se tenía del expresidente: un hombre de mal humor con extremos radicalizados, situación que era aprovechada por unos enemigos políticos que terminaron venciéndolo. Lo que dejaba claro ese video era que el malhumor y la elección errada de sus contrincantes le terminaron jugando a Néstor Kirchner en contra.

Es evidente que el oficialismo está ya en campaña. Y que hay una aparentemente muy pensada estrategia desplegada para defenderse del costado más vulnerable del macrismo: la marcha de la economía. Y que esa defensa, como dice la máxima militar, se basa en un ataque. Lejos de reconocer errores o de recomponer políticas erradas, el oficialismo decidió hacer frente a la crisis con un doble mecanismo. Por un lado, mostrar al Presidente enojado y con enjundia contra el mundo exterior que ataca, en teoría, sin argumentos. Por el otro, instalar a Roberto Lavagna como un Belcebú impostor, que llega desde las sombras a embaucar a la población con una propuesta política diseñada por alguien que, además, ya fracasó en su gestión. Como todos los funcionarios argentinos en los últimos 70 años.

“Estoy caliente, por si no lo notaron. Siempre me calentó la mentira, siempre. Es inaguantable, no lo puedo aguantar más, son muchos años de haber frustrado generaciones y haber tirado oportunidades por la ventana. Estamos cansados de los que vienen a proponer ese maravilloso atajo y esa solución mágica que nos desliga, nos releva de seguir este camino de trepar la montaña con orgullo, esfuerzo, pero convencidos”, dijo ayer un Mauricio Macri lo más irritado que le permite su personalidad. Fue en el Centro Cultural Kirchner, ante el gabinete ampliado, que por primera vez delibera en vivo y directo para todo el país. Es el segundo evento donde el público descubre esta personalidad ofuscada del jefe de Estado. El domingo pasado se lo vio en una actitud similar en un reportaje que le dio al periodista Luis Majul. La idea, aparentemente, es mostarlo “caliente” ante lo que serían las críticas a su propuesta económica. Y con eso mostrarlo ante el público como efusivamente dominante de la situación. Quizá la estrategia traiga resultados electorales. Se sabrá en el futuro. Lo cierto es que es una pésima señal económica, en tiempos en los que los operadores económicos (chicos, medianos, pero, sobre todo, grandes) necesitan ver oradores responsables que transmitan paz, seguridad y, fundamentalmente, dominio tranquilo de la situación. Nada más cobarde que el capital. Y nada espanta más a un cobarde que un grito. Y si este es emitido por el máximo responsable de la economía, peor será el efecto. La historia reciente de la Argentina tiene muchos ejemplos de este tipo. El más claro fue el de Domingo Cavallo, un hombre que en muchos momentos de su carrera terminó despilfarrando activos personales (que los tenía, y muchos) al mostrarse ante el mundo como una persona irascible y alterado en medio de la peor crisis que vivió la argentina: lo que provocó aún más zozobra en el país y en el mundo.

La segunda estrategia oficial es la de subir al ring a Roberto Lavagna como principal contrincante político, incluso por encima de Cristina de Kirchner. No se sabe si la idea de los estrategas es hacer crecer en las encuestas al exministro de Economía para así eclipsar a la expresidenta, o si hay un verdadero temor a que Lavagna se convierta en el contrincante que desplace a Macri en una eventual segunda vuelta electoral. Lo que queda claro es que el objetivo del macrismo es apuntar los cañonazos a la gestión de Lavagna durante las presidencias de Eduardo Duhalde y Néstor Kirchner, a la que se la califica directamente como un fracaso. Y que un eventual regreso del exministro volvería a retrasar la salida del país, y retrotraer a la Argentina a la negativa situación generada en “los últimos 70 años de fiesta”. Los acusadores son el propio Macri y su ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, el autor de una frase que probablemente quede en la historia: “Una cosa es crecer al 9% haciendo todo mal y otra cosa es crecer haciendo las cosas bien”. Lo dice un funcionario que probablemente deje la función pública colocando el PBI en un nivel inferior al que recibió en diciembre de 2015 el Gobierno de Mauricio Macri. Como opinó vía Twitter la economista Victoria Giarizzo: “Y otra categoría peor es ‘no crecer’ y hacer todo mal para ‘seguir no creciendo’”.

Aquella gestión de Roberto Lavagna obviamente tuvo errores y capítulos polémicos. El haber negociado la salida del default más grande de la historia argentina dejando una parte importante fuera de la oferta, sin dejarla abierta para que los renegados pudieran reincorporarse con el tiempo, puede ser uno. Los bonos indexados por el PBI pueden ser otros. Pero Lavagna es de los pocos exministros de Economía que pueden mostrar en su currículum resultados concretos: crecimiento del PBI (8,7% en 2003; 8,3% en 2004 y 9,2% en 2005); inflación controlada, superávits fiscal y comercial, aumento sostenido de las exportaciones (sin contracción de las importaciones vinculadas a la producción), apertura de mercados como el de Estados Unidos, reapertura del sistema financiero (incluyendo el regreso del crédito al público y empresas), negociación urgente con el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) para el otorgamiento de un crédito de 650 millones de dólares para la atención de los planes Jefas y Jefes de Hogar, sostenimiento del mercado interno en niveles de demanda agregada aceptables, reapertura del diálogo con el FMI luego del default y firma de un acuerdo que le permitió al país sostenerse en el mercado financiero internacional hasta 2009 y el cierre de las primeras discusiones con las empresas de servicios públicos (sería luego, ya con Cristina de Kirchner y la explosión inflacionaria, donde las tarifas comenzarían a retrasarse). Esto sin contar la primera oferta para los bonistas en default, que pese a errores ya marcados, resultó la gestión económica más importante de un ministro de Economía desde la democracia moderna. Puede resultar Lavagna una figura ahora molesta por su inminente candidatura, y ser hoy un contrincante político. Lo que no se entiende en realidad es cómo Macri no lo citó a Olivos en el pasado para escuchar si alguna de sus propuestas podría haber ayudado al Presidente a sacar al país adelante. Al menos para oír una voz diferente. Tiene que saber el Gobierno que Lavagna, además de ser hoy un opositor que le puede disputar votos concretos, es uno de los consultores privados más solicitados por las empresas del exterior al momento de decidir si invertir o no en el país. Debe saber también que el exministro fue consultado a comienzos de 2018 por el propio FMI antes de comenzar las negociaciones con el país por un nuevo stand by.

La política tiene reglas propias y, siempre, la economía debe subordinarse a ellas. Sabrán entonces los expertos en campañas y logro de votos si esta nueva estrategia de enojos y belcebúes da los resultados esperados. Mientras tanto, para los operadores económicos y los hombres importantes de empresas que toman decisiones, gritar máximas deportivas sobre escalar montañas o practicar rafting y desprestigiar adversarios serios espanta inversiones y ahuyenta dólares.

Más importante sería que el Presidente aclarara la seria denuncia que hizo el miércoles por la noche ante Alejandro Fantino su exministro de Hacienda Alfonso Prat Gay. Este aseguró que en 2016 Marcos Peña lo desautorizó a negociar un acuerdo social y político con la oposición para temas económicos básicos porque el Presidente “no podía compartir el poder”.

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