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El método israelí: cómo superó la crisis del agua y construye plantas que le quitan la sal al mar

Moshe Garazi, miembro de la poderosa Autoridad del Agua, afirmó en diálogo con ambito.com que el ente "maneja el agua potable, servida o del mar, podemos decidir qué hacer con cada gota".

Israel siempre estuvo preocupado por el agua. A decir verdad, por su escasez. Enclavado en una región mayormente desértica, sus políticas consideran a este elemento vital entre sus prioridades. Para Moshe Garazi fue la Ley del Agua de 1959 la que marcó un antes y un después. “La norma dijo que los recursos hídricos son públicos, no son del dueño de la tierra o de una propiedad”. Eso creó la Comisión del Agua, el germen de la poderosa Autoridad del Agua de la que Garazi es miembro y que, según sus palabras, “maneja el agua potable, servida o del mar, podemos decidir qué hacer con cada gota”.

De visita en Argentina, donde expuso en un congreso realizado en Mendoza, el especialista, nacido en nuestro país pero emigrado a Israel con apenas dos años de edad, compartió con ambito.com su visión acerca de los desafíos que presenta la gestión para un uso eficiente del agua.

“Hasta 2001 el que manejaba el agua en las ciudades israelíes era la municipalidad, pero entonces el Parlamento obligó a pasar las atribuciones a compañías profesionales, con directorios autónomos para decidir los proyectos que hay que hacer”, recordó Garazi.

Así, con la gestión del agua en manos de profesionales, los ciudadanos empezaron a pagar por metro cúbico consumido y los ingresos comenzaron a fluir hacia las compañías. “De esa manera no se desvían los ingresos a otras actividades. La plata del agua queda para el agua, aunque la municipalidad considere que con ese dinero deberían hacerse un jardín o una calle”, explicó. Si se administran en forma correcta y obtienen ganancias pueden repartirlas como dividendos a la municipalidad, que entonces sí puede disponer de esos fondos a su conveniencia.

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<p>Israel se convirtió en un referente del uso eficiente del agua.</p>

Israel se convirtió en un referente del uso eficiente del agua.

La Autoridad, independiente del gobierno, posee un consejo en el que también participan representantes de los ministerios y del pueblo. Allí se deciden en un plan anual todos los temas vinculados con el agua, incluso los estándares del servicio y las tarifas de la agricultura, la industria y el uso doméstico.

Otro punto fuerte en la historia fue la reforma tarifaria de 2010, que estableció que el sector ya no dependería del Presupuesto oficial. Desde entontes, si es necesario hacer obras o construir una planta de tratamiento la inversión se cubre con las tarifas. Eso derivó en un alza inicial de los precios, aunque “en los últimos tres años la tarifa bajó un 25 por ciento”. Para llegar a ese objetivo, las compañías se centraron en disminuir las pérdidas en el servicio.

La tarifa tiene dos niveles: una básica de u$s 1.9 el m3 y otra en la que el precio salta a casi u$s 3.5. “La tarifa alta subsidia a la más baja, para que todo el pueblo pueda disponer de agua”, detalló el experto.

Otro aspecto decisivo es el reciclado del agua. “El 95% se trata y el 90% de ella se reutiliza para agricultura. El agua para los agricultores es más barata y el suministro no se corta como se hacía antes”, señaló. Los agricultores pueden decidir construir una planta, con la bomba y los caños, para llevar el agua hasta donde la necesiten, y en ese caso se les facilita el 70% de la inversión. Los antecedentes en ese sentido vienen desde lejos: ya en 1969 Israel inauguró una planta de tratamiento de aguas residuales y en 1989 instaló las tuberías para trasladar el líquido tratado hasta las colonias agrícolas.

  • Plantas desalinizadoras

Fue en 2005 cuando se decidió implementar un sistema de Participación Público Privada (PPP) para concretar la primera planta de desalinización. Hoy en día, las cinco centrales en las costas del Mediterráneo suministran la mayor parte del agua potable. La de Sorek, a 16 kilómetros de Tel Aviv, es la más grande y moderna del mundo: produce 624 millones de litros por día.

Las primeras partían de un procedimiento con calor inventado a fines de 1900, que se utilizaban en procesos industriales para, por ejemplo, evaporar el jugo de fruta con el fin de obtener azúcar natural. Un equipo de ingenieros israelíes lo adaptó para extraer el agua dulce a partir de agua de mar.

Ahora participan compañías mundiales que desarrollan distintos insumos, como fibras o membranas, en plantas con sistemas mucho más mordernos y bastante onerosos. “Hubo una gran inversión, construir cada planta cuesta unos u$s 500 millones. Lo importante es que un emprendedor o compañía que desarrolle un proyecto sepan que las reglas se cumplen y el negocio está asegurado, porque nosotros le compraremos el agua”, afirmó Garazi.

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<p>Cada planta cuesta unos u$s 500 millones.</p>

Cada planta cuesta unos u$s 500 millones.

La pregunta obvia es por qué el sistema no descansa en las abundantes reservas del mar, pero la respuesta es muy sencilla: “El proceso es caro, unos 60 centavos de dólar el m3 cuando extraer el agua del suelo cuesta 10 o 15 centavos. Por otro lado, tiene su impacto ambiental. Y, además, tampoco queremos ver todo el paisaje de la costa lleno de plantas desalinizadoras”.

  • Diferencias con Argentina

Garazi evita hacer un paralelo con el modelo argentino. Por empezar, porque “en Israel la evolución fue por necesidad, había una crisis de agua. En la Argentina es diferente porque no falta el recurso, es más un tema de gestión”.

Una de sus sugerencias es que “toda la información tiene que estar centralizada en un lugar, es necesario para tomar decisiones”.

Advierte además que “la regulación debe ser pública”. “En Israel, cuando se hizo la ley de compañías profesionales se pensó en privatizarlas, pero afortunadamente no se concretó. La gestión privada no suele tener como meta la inversión o la renovación de los caños. Lo que quiere es ganar dinero”. Por el contrario, la Autoridad del Agua analiza los proyectos de cada compañía y si verifica incumplimientos tiene la capacidad de imponer multas o cambiar al director.

Además allí, a diferencia de nuestro país, cada gota de agua queda registrada. “Si hay un edificio de 10 departamentos hay 11 medidores, uno para cada vivienda y otro para consumos comunitarios como la limpieza, el riego del jardín, etc. Está prohibido proveer agua sin medir”.

Garazi entiende que una reforma como la israelí es compleja, porque “es difícil sacar poder a los políticos”, por lo que el consenso podría ser una buena solución.

“Antes había una parte de las decisiones en cada ministerio. Uno decidía sobre las obras, otro las tarifas, otro la cuota de agua; la reforma de 2010 fue un compromiso de todos los partidos, que entendieron que para manejar la gestión de modo profesional había que ponerla bajo una autoridad profesional”, detalló.

Así, “una vez que se toman decisiones, se publican y cada sector presenta sus argumentos en una audiencia pública, luego un equipo analiza si hay que hacer cambios o no y se aplican. Es un poder muy fuerte”.

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