Espectáculos

El pasado, la distancia y 24 horas para salvar una vida

Escrita y dirigida por Franco Verdoia, la obra "Late el corazón de un perro" se representa en Espacio Callejón, con Mónica Antonópulos, Mónica Sabater y Diego Gentile.

El encuentro madre hija y tan sólo un día para convencerla de despojarse de una sobreacumulación de muebles, objetos y basura que la mantienen cautiva en su propia casa, es el disparador de la atractiva “Late el corazón de un perro”, escrita y dirigida por Franco Verdoia y protagonizada por Mónica Antonópulos, Mónica Sabater y Diego Gentile, que se presenta con localidades agotadas en Espacio Callejón, los sábados a las 18.

La obra, que fue distinguida con una mención honorífica del Fondo Nacional de las Artes en 2018, presenta diferentes capas: en primer lugar, el trastorno que padece la protagonista, el Síndrome de Diógenes, comportamiento por el que una persona se abandona a nivel personal y se aísla de lo social, con obsesión compulsiva a la acumulación de basura y desperdicios. Tal es el nudo de la de la recordada “Grey Gardens”, en la que Jessica Lange y Drew Barrymore encarnan a una tía y a una prima de Jackie Kennedy, quienes vivieron aisladas en una mansión en condiciones similares.

En diálogo con este diario, Verdoia se refirió a la génesis de la obra: “Di con un programa de TV sobre esa condición, que mostraba a la gente en una situación de acumulación exagerada y enfermiza. Sentía que ahí había un universo teatral o cinematográfico”. La pieza transcurre en un pueblo del interior cuando una azafata (Antonópulos, la hija) y un bombero (Diego Gentile, antiguo compañero de la hija y secretamente enamorado de ella) cuentan con tan sólo veinticuatro horas para convencer a la madre (Mónica Sabater) de desprenderse de sus cosas y abandonar la casa debido al inminente peligro de derrumbe.

La madre que quería volar pero quedó anclada en el mismo lugar de siempre aunque aferrada a recuerdos confusos que despistan al espectador sobre qué fue cierto y qué un mito. Y la hija se convirtió en azafata pero también parecía predestinada a no poder escapar de sus raíces.

Al respecto Mónica Antonópulos dijo a este diario: “Mi madre estuvo siempre presente mientras leía la obra, ahora que también soy madre, creo que la entiendo un poco más. Mi personaje descubre quién es esa mujer, además de su madre. No soy de pueblo, con lo que me cautivó cuánto peso hay en el que se va y en aquel que se queda y que pide que uno vuelva a ser ese del pasado, del recuerdo, y no el ser en el que se convirtió. La escenografía es una síntesis que expone ese vivir en los recuerdos”.

La escenografía, a cargo de Alejandro Goldstein, está estructurada en una suerte de montaña de objetos, cajones y cajoncitos en torno a los que se desplazan los tres personajes. “Allí opera el límite presupuestario”, continúa Verdoia “y cómo con poco podés convocar esa idea y tratar de hacer una traducción poética de eso. Cómo trabajar el recuerdo en términos de lo pequeño. Soy de pueblo y me inspiré en una mujer intrigante que siempre andaba dando vueltas por ahí. Pero no era una acumuladora, en cambio mi personaje está siempre atento a que alguien muera para llevarse algo de su casa. Hablo de lo que sé hablar, del pueblo de mi infancia, todos los nombres que se mencionan son conocidos y amigos”.

Silvina Sabater expresó: “Lo más atractivo aparece en los vínculos y las realidades que mi personaje agranda, adorna. Nunca viví en un pueblo pero es aferrarse a ese acontecimiento, algo que pasó y queda grabado. Son seres suspendidos en el tiempo y en los afectos, que tienen otros tiempos y otra vida”.

Diego Gentile concluyó: “Es interesante cómo algo muy simple, que en lo citadino no es registrado, se vuelve carne y base de mito. Elegimos seguir sosteniendo esa mentira porque a todos nos hace bien. Es un personaje que nunca hice, ese chico del interior, plano de ambiciones y sensible. Rescato el humor y la falta de solemnidad”.

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