Espectáculos

"El poder de la imagen sirvió a la política a través de los siglos"

Radicado en España, Gutiérrez Viñuales pasó por Buenos Aires y se refirió al uso político de la imagen.

Para el catedrático de la Universidad de Granada, Rodrigo Gutiérrez Viñuales (1967), no hay período del arte que haya quedado sin estudiar. Nacido en Resistencia, Chaco, y criado en una familia que supo valorar el arte, se radicó en España hace 27 años. De paso por Buenos Aires, conversó con este diario sobre el poder del arte y el uso político de la imagen.

Periodista: ¿Qué papel juega el arte durante el período de la construcción nacional argentina?

Rodrigo Gutiérrez Viñuales: En el último cuarto de siglo XIX, cuando arribó la inmigración europea, el arte fortaleció la identidad, el tema de lo nacional y de lo argentino. Por varias razones, una de ellas era el temor a la descaracterización. Cuando ingresó la inmigración, hubo una acción pedagógica con una doble dirección. Por un lado, la gente de aquí se afirmaban en el conocimiento de su historia, su nacionalidad y sus costumbres. Mientras, por otro lado, hubo una acción de cara a los inmigrantes para incorporarlos al país que los recibía. Por más que mantuvieran sus costumbres, italianas, francesas, alemanas, etcétera, los inmigrantes llegaban a un país que tenía su propia historia y, una recepción positiva era facilitarles el conocimiento.

P.: ¿La pintura contribuye a crear la imagen de la Nación?

R.G.V.: Absolutamente. El ejemplo que viene a mi mente es de mi infancia. Los manuales Kapeluz con los cuadros de Leónie Matthis o las pinturas de Cándido López. Era la manera rápida de meternos una historia en la cabeza. Luego, el texto acompañaba esas imágenes o a la inversa, las imágenes al texto. Al inicio del XIX, las imágenes solían suplir el texto que no se puede leer por el analfabetismo. Pero también para insertar un imaginario en la mente de la gente, es decir, algo que se volviera reconocible. En la época colonial circulaba por el virreinato el retrato de los reyes de España, que, eran absolutamente distantes.

P.: ¿Distantes?

R.G.V.: Sí. El primer rey español que pisa Latinoamérica es Juan Carlos, que sigue vivo. Los otros se conocían sólo a través de retratos. La iconografía es importante para trasmitir ideas muchísimo más potentes que un texto.

P.: ¿La imagen se utiliza a favor o en contra de determinadas políticas?

R.G.V.: La pintura de la segunda mitad del siglo XIX lo muestra con claridad, porque eran historias legitimadoras. Pero no legitimadoras del hecho histórico, sino de tales o cuales temas pintados por encargo. Y esto continúa en la actualidad. La potencia de la imagen es evidente en casos concretos: los discursos de Fidel Castro en la Plaza de la Revolución, siempre delante de la estatua de José Martí; las fotos oficiales de Chávez en Venezuela, por detrás siempre estaba el retrato de Simón Bolívar. Esto es utilizar la imagen para la auto-legitimación.

P.: Y ¿hay algún caso en la Argentina?

R.G.V.: Perón y Evita, y la circulación del imaginario en los años 40 y principios de los 50.

P.: ¿Y el rostro de Evita en la Avenida 9 de Julio?

R.G.V.: También. No sé si es verdad, pero se dice que, hacia el lado de Constitución, aparece sonriéndole a la gente de menores recursos, y que se la ve combativa hacia el lado del Río, en teoría hacia Barrio Norte.

P.: Y ¿cuál fue el papel de la escultura en la Argentina?

R.G.V.: La escultura es tardía porque no había autores argentinos y tampoco había talleres de fundición hasta fines del siglo XIX y principios del XX. Aquí no se podían hacer monumentos. En el siglo XIX se encargaban en Europa a escultores franceses, italianos, españoles, donde se realizaba todo el proceso. La escultura se traía en barco y se inauguraba en una ciudad que, como Buenos Aires o Rosario, intentaba construir su imagen a semejanza de las de Europa. Hasta hace poco pasaba lo mismo con la arquitectura. Todas las ciudades querían tener museos de Frank Gehry.

P.: Los monumentos conmemorativos todavía nos hablan. Pero ¿el arte ya no se ocupa de conmemorar?

R.G.V.: Sucede que han cambiado los patrones estéticos. La estatuaria tiene su edad de oro entre 1870 y 1930, hasta el 40. El gran momento aquí fue el Centenario, cuando se erigieron numerosos monumentos. En los cementerios, la gran escultura funeraria casi en la misma época, también un poco se pierde.

P.: ¿Un poco?

R.G.V.: Más que presentar un objeto estético, escultórico, se intenta transmitir una sensación y que el espectador viva una experiencia. El monumento conmemorativo para los caídos en la Guerra de Vietnam de Maya Linn en Washington marca un nuevo momento. En las grandes paredes se inscriben los nombres de todos los caídos, cosa que antes no ocurría. Es un monumento comparable al de los caídos en Malvinas de la Plaza San Martín.

P.: En Berlín hay tumbas que son cubos ligeramente diferentes.

R.G.V.: En el Museo Judío de Berlín hay un lugar oscuro. Entras ahí, te cierran las puertas junto a cinco o diez personas, te tienen unos minutos en silencio. La idea es experimentar qué se sentía en un campo de concentración. Aunque al saber que pronto se abren las puertas, ya no te inquietas tanto.

P.: La arquitectura un poco desequilibrada es inquietante.

R.G.V.: Se apunta a provocar una experiencia, como la que yo tuve en el Museo Magda Frank. Fue muy fuerte. En 35 años, el arte sólo me hizo llorar dos veces. Cuando estaba en Ischilin, en la casa de Fader de Loza Corral, trabajando en los archivos para mi tesis de licenciatura. Aquel cementerio en el medio de la nada, con una ventisca y yo compenetrado en Fader. Y ahí algo se me movió. La segunda vez fue el año pasado cuando llegué a la casa de la escultora Magda Frank. Es un templo.

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