Política

El sistema norteamericano para elegir candidatos es muy distinto

La reacción de los políticos argentinos ante el desprecio manifiesto de la sociedad por ellos los ha precipitado a una serie de reformas en los sistemas electorales cuyo signo más distintivo es la torpeza en las leyes -nacionales y provinciales- que se van sancionando. Pese a todo, entre los que votan incongruencias están los más sanos en intenciones. Del otro lado está la conjunción duhaldismo-radicalismo populista (ambos con base en la provincia de Buenos Aires), que quiere entregar formalmente la Casa de Gobierno y el sillón presidencial, pero no el poder. Por eso deja sancionar leyes que luego adultera con el veto y los decretos reglamentarios, como los déspotas ilustrados del siglo XVIII. Entre unos y otros quieren imponer civilización con maniobras de barbarie y, obvio, terminarán imponiendo barbarie con métodos sólo en apariencia de civilización. Un engaño. La convulsión actual -donde lo más probable es que no se vote en ninguna interna y vayan todos los candidatos fuertes del PJ "por afuera" en la elección del 24 de noviembre- muestra que estamos ante otra oportunidad perdida de mejorar la política. Para esta dramática derivación se han usado debates, sanción de leyes, vetos, decretos reglamentarios con un tiempo perdido casi irrecuperable porque evitar el desmadre requiere precisamente tiempo, padrones, nuevas sanciones, nuevos decretos. Y frente a todo eso hay una crisis socioeconómica tremenda: recesión, desocupación, desactualización en tecnología productiva, falta de financiamiento para exportar más, ahorristas frustrados, población desvalorizada en sus bienes propios, cuidados de salud y educación que se deterioran. Esta crisis no da espacio para que los políticos ganen el tiempo perdido con tan malos resultados brindados. Sobre todo, por lo dicho, que es más importante que el tiempo, no hay mentes pensantes en el sector público y sólo pícaros que piensan únicamente en mantener sus privilegios.

El más citado y admirado, pero nunca copiado como modelo electoral es el de los Estados Unidos, un país donde las críticas a su sistema de elección de autoridades en realidad, le piden lujos y perfeccionismos sobre un mecanismo que nadie impugna como el que permite una mejor relación entre el poder, los dirigentes y quienes les pagan por administrar, los contribuyentes. Lejos de acercarse a esos sistemas-modelo, las reformas de la última década han alejado a la Argentina de la civilización electoral. No hay que extrañarse entonces que los dirigentes argentinos sean repudiados, no puedan caminar por la calle y vivan encerrados en esa pecera con focos que son los estudios de TV. Desde allí discuten, pelean y prometen sin animarse a bajar a la vereda, donde sólo se les permite repetir la promesa siempre incumplida de irse a su casa. ¿Por qué el sistema de los Estados Unidos puede ser mirado como modelo? Primero porque funciona y tiene mucho que enseñarle al de otro país que no funciona. Veamos las diferencias:

QUIENES VOTAN


• En la Argentina rige desde la ley Sáenz Peña de 1912 el voto obligatorio. En esa época -más sabia- se usó como una herramienta contra el fraude porque ampliaba la base de la consulta y quebraba el poder de los punteros que manejaban bolsones de voto. El barniz ideológico era que además comprometía a los inmigrantes con los intereses de su nuevo país y contribuía a su integración. El voto obligatorio sin embargo le regala a los dirigentes ese combustible de la política que es voto en la urna, lo exime del pedir que el ciudadano participe. Su rol en campaña se limita a intentar que ese flujo de votos con que el sistema ya cuenta por la obligación se derive a unos o a otros candidatos. Lo exime también de cumplir la promesa electoral de campaña; «después de todo», le podría decir un político a quien le reclame esa defraudación, «vos estabas obligado a votar».

• Agravó esa rigidez del sistema criollo que en la reforma de 1994 se introdujese la obligación del voto en el texto de la Constitución. Eso atornilló la perversidad del sistema argentino, que tiene como contrapartida desde los ciudadanos en el voto negativo o voto basura: «Me obligás a votar a alguien, yo voto a Clemente». En la última elección legislativa ese voto de rechazo fue casi mayoría. Otra respuesta del votante es ejercer el voto-rechazo en las elecciones y eso ha convertido a la política argentina en una trituradora de dirigentes; véase si no, la lista de dirigentes que el electorado argentino descartó en los últimos 25 años.

• En los Estados Unidos el voto es considerado un derecho, no una obligación. El dirigente tiene como primera misión convocar a los ciudadanos a participar, después a que lo elija a él. Por eso la promesa incumplida, algo que en la Argentina se festeja como una avivada de pícaros, es sancionada gravemente por los votantes en la próxima elección. Cada legislador, por ejemplo, tiene disponible en su página de Internet una lista de todas las votaciones que hizo durante su mandato, aunque pocos la consultan a la hora de tomarle examen, revela el interés que tienen esos políticos en mostrarle a los votantes que cumplieron lo que habían prometido.

• El voto voluntario hace que en promedio las elecciones presidenciales hayan convocado en los Estados Unidos a 65% de los votantes. Algo que no está muy por debajo de 80% que participa con obligación como promedio en las presidenciales de la Argentina. El sistema americano obliga a un esfuerzo adicional al votante, que es registrarse como votante. No basta con tener un documento de identidad -que en los Estados Unidos no es único y se puede votar hasta con el carné de conducir-; antes hay que ir una ventanilla que suele haber en el correo, los hospitales o las escuelas y universidad, y sacar un carné de votante. O sea que el sistema americano descansa en tres instancias de decisión: 1) registrarse como votante; 2) ir a votar; 3) votar por Fulano. Por fuerza la selección de los candidatos tiene que ser mucho más eficaz si se piensa en cómo el voto cautivo que promueve la obligación en la Argentina se resuelve en masas de gente llevada en colectivos como ganado a votar por el partido del puntero que se interesó ese día por ellos.

DE QUIEN SON LOS PARTIDOS: ¿DEL ESTADO O DE LOS MILITANTES?


• La reforma de 1994 en la Argentina, también entre gallos y medianoche, incluyó a los partidos políticos en la Constitución como «instituciones fundamentales del sistema democrático» y los fuerza a garantizar lo que no garantizan (transparencia de fondos, respeto a las minorías, equidad en la competencia por los cargos). Además incluyó la obligación de que reciban subsidio para su mantenimiento. Es solidario del voto obligatorio pero a años luz de los Estados Unidos donde los partidos son entes privados, muy observados por leyes que administra un ente independiente, la Federal Election Commission, una especie de COMFER para las elecciones, pero privado al fin.

LA SELECCION DE CANDIDATOS


• A diferencia de lo que ocurre en la Argentina con la reciente ley de internas abiertas o la más vieja del cupo femenino, en los Estados Unidos el Estado no se mete en cómo los partidos eligen a sus candidatos. Estos pueden hacerlo según sus propias tradiciones y estilos hasta regionales. En cada Estado, además los partidos tienen modalidades propias de elegir sus candidatos. La mayoría de los estados, por caso, tiene lo que se llaman «primarias», elecciones donde pueden votar afiliados y votantes registrados, en la elección de candidatos legislativos y delegados para las presidenciales que son indirectas, como lo fueron en la Argentina hasta 1994.

• Esas elecciones no se hacen un mismo día en todo el país, aunque sí los dos principales partidos, Demócrata y Republicano, las hacen el mismo día para cada Estado. ¿Lo ordena alguien? No: lo dictan tradiciones que se van perfeccionando en una puja entre quienes, como en todo el mundo, quieren más transparencia contra quienes quieren preservar posiciones ganadas en el pasado. En el año de elección, los estados de Iowa y New Hampshire tiene en febrero, con una semana de diferencia, las primeras primarias presidenciales; el primer martes de marzo hacen sus primarias cerca de quince estados en el llamado «supermartes». fecha que se convierte en decisiva para el destino de cualquier candidato. Tampoco es fijo el número de estados y territorios que hacen primarias.

• Una minoría de estados tiene elecciones cerradas, donde votan los afiliados de los partidos, en los llamados «caucuses» (comités), una tradición de agrupación local que se conserva desde el nacimiento de los Estados Unidos y que funciona con varios niveles (pueblo, condado, estado) en elecciones de circuito que van eligiendo hacia arriba. Tampoco hay una fecha nacional, aunque los «caucuses» de cada Estado los hacen coincidir los dos grandes partidos el mismo día.

LOS COLEGIOS ELECTORALES


• Los Estados Unidos conserva la elección indirecta de presidente; las primarias y los «caucuses» eligen en realidad compromisarios o delegados que van a la convención nacional de los partidos donde defienden y votan por la nominación del candidato que ganó la primaria o el «caucus» en el nivel del estado. Pero esa votación no es tampoco por el candidato en forma directa; se eligen electores que se reúnen en un colegio electoral que decide, en un voto aquí sí directo, quién será presidente.

• En la Argentina la reforma de 1994 que atornilló el voto obligatorio y abrió la puerta para que el Estado se meta más en la vida de los partidos también se eliminó el colegio electoral. El argumento del llamado pacto de Olivos era que el voto indirecto ayudaba a la creación de cacicazgos provinciales con partidos locales que explotaban esa realidad de que en un colegio electoral un elector de una provincia chica vale lo mismo que el de una provincia grande. Los estudiosos dicen que el voto indirecto en el sistema original de la Constitución de 1853-60 obedecía no sólo a la voluntad de compensar desigualdad de tamaño sino también a desenganchar de la pasión de multitudes la decisión sobre quién sería presidente, reconociéndole a un grupo pequeño de delegados, elegidos de manera indirecta, la capacidad de elegir con más entendimiento, serenidad y distancia respecto del fragor de la lucha política.

• El argumento para la reforma del '94 era terminar con esos cacicazgos locales... De hecho, desde entonces los partidos provinciales en la Argentina tienen más dificultades para subsistir ante el eje de los partidos nacionales. En realidad ha acentuado el peso de las zonas más pobladas de la Argentina que siempre gravitaron más, por los intereses que representaban, en un colegio electoral. Ahora ese peso se ha vuelto más brutal y difícil de compensar. En un país sin regulación de monopolios de prensa y con políticos sin discreción a la hora de votarse prebendas como los fondos especiales del conurbano que rigieron en la década de los años '90 para el Gran Buenos Aires, la eliminación del colegio electoral ha sido un paso atrás en la calidad de la política.

LIBERTAD PARA EL METODO DE ELEGIR CANDIDATOS

• Esa descentralización y casi privatización de la vida de los partidos en los Estados Unidos hace que las diferencias entre, por caso, Republicanos y Demócratas, sea muy grande a la hora de elegir candidatos. Y en la forma de hacerlo. A los Demócratas se les reconoce que desde la década de los años '60 se impusieron ellos a sí mismos y a sus adversarios la necesidad de transparentar las primarias para mitigar el peso del punterismo, un mal universal de la política. Los Demócratas, además, han impuesto a los estados que respeten a las minorías, que favorezcan a las mujeres y al voto étnico de hispanos y negros donde suelen cosechar mejores resultados. Los Republicanos son más indiferentes. Pero el sistema es tan libre que sólo 80% de los delegados a las convenciones partidarias salen de esas primarias o «caucuses». El otro 20% lo pone la burocracia de los partidos (funcionarios, punteros, legisladores con cargo) y nadie se molesta porque ese porcentaje opine sobre un candidato, pero sí en una convención que se trasmite por TV y donde hay que opinar en voz alta.

• Esa libertad hace que por ejemplo, los Demócratas elijan para las convenciones cerca de 1.300 delegados que decidirán la candidatura presidencial del partido. Los Republicanos se conforman con unos 600. Ninguna ley los obliga un número preciso de compromisarios.

JUGAR CON LA FECHA DE ELECCION

• Ese estatuto de amplia libertad hacia la base de la sociedad tiene como complemento un muy rígido control por parte de la FEC de cuánto dinero puede aportar cada ciudadano o empresa a los partidos y candidatos. Como cada elección es motivo de replanteo del sistema las leyes se modifican permanentemente con la idea de quebrar la posibilidad -ilusoria en 100%- de que un candidato se comporte en el cargo como mandatario no tanto de sus votantes como de quienes le dieron dinero para llegar a ese cargo. La página de Internet de la FEC le permite a cualquier ciudadano mirar cuánto dinero le entra a la cuenta de cada candidato y controlar en tiempo real la contabilidad de los partidos.

• El Estado, además, se inhibe de jugar con las fechas de elección, una práctica malsana de la política criolla donde gobierno nacional y provinciales preparan para cada elección una especie de quiniela de fechas buscando medrar con la voluntad y el ánimo de los votantes, para huir de las olas negativas o beneficiarse de las olas positivas. Esa elección de fechas llega a veces al ridículo: que sea comienzo de mes para que la gente haya cobrado el sueldo; que coincida con algún campeonato de fútbol donde la selección tenga buena chance, etc. En los Estados Unidos es tradición y nadie juguetea con ella, que las elecciones presidenciales sean cada cuatro años el martes siguiente al primer lunes de noviembre. Esa tradición se remonta al siglo XVIII y se explica en la intención de favorecer a los agricultores: 1) noviembre porque en esa fecha ya estaban recogidas las cosechas, todavía no llegada el invierno que impedía usar algunos caminos para llegar a los lugares de votación; 2) martes porque los viajes a votar podían ser largos y no se podía arrancar en domingo porque la gente iba a la Iglesia y podía partir el lunes; 3) el primer martes después del primer lunes de ese mes porque el 1 de noviembre es el día de Todos los Santos que celebran los católicos. También porque esa era la fecha de cierre de los balances en aquella época y el humor de los votantes podía verse volcado a un candidato u otro según le hubiera ido en el año económico.

Difícil que los sistemas políticos, por más intentos internacionalistas que promueven las ideologías desde hace siglos, se adapten a todas las países con eficacia. Peor es cuando cada comunidad se esfuerza -como la Argentina- por inventar desde la nada y sin mirar qué ocurre en el resto del mundo leyes y reglamentos en beneficio de un sector que insiste en dominar la representación y las palancas de poder.

Los gobiernos argentinos viven prometiendo reformas para mejorar la calidad de esa representación de los funcionarios elegidos. En 25 años de vida democrática (1983-2002) el resultado es desconsolador: la calidad de la política es baja, los políticos son repudiados, el público no se siente representado por ellos. Como gobiernan mal y en provecho propio querría que mejor los gobierne una máquina o una computadora.

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