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En momentos difíciles hay que pensar soluciones diferentes

La semana pasada recibimos en el Grupo de Fundaciones y Empresas (GDFE) a un comité de ONG catalanas que nos dieron una muy valiosa lección. Nos contaban cómo llevan adelante sus iniciativas, algunas de ellas con presupuestos anuales de 40 millones y con más de 1.000 empleados. No salíamos del asombro, por todo lo que implica a nuestras fundaciones, incluso a las grandes, sortear las dificultades económicas para hacer frente a nuestra misión. Cómo lograron estas ONG crecer y no perder de vista sus objetivos de inclusión puede ser para nosotros un gran aprendizaje de madurez institucional, por un lado, y de innovación en inversión social, por otro.

Claro, cuando a uno le presentan un modelo tan exitoso, casi por instinto empieza a analizar los contextos políticos, económicos o culturales que han favorecido estos desarrollos, pues por más crisis financieras que hubieran sufrido, las diferencias entre Europa y Latinoamérica son abismales. Y a esto obviamente que le agregamos la presunción de que ninguno de estos logros hubiera sido posible sin un apoyo fenomenal del Estado. Sin embargo, lo curioso del intercambio que mantuvimos refleja una realidad completamente distinta.

Resulta que cuando estas ONG lograron consolidar su modelo fue precisamente después de que los subsidios y apoyos de Gobierno se redujeron casi a cero. Esa necesidad de supervivencia los llevó a buscar la forma de hacerse autosostenibles. Y sin perder de vista ni un ápice de sus enfoques, comenzaron a desarrollar emprendimientos productivos y una oferta de servicios que les ha permitido visitar la Argentina en pos de su internacionalización.

Una fábrica de galletas artesanales recuperada, producción y venta de quesos, servicios de jardinería, conserjería, limpieza, recolección de residuos, una fábrica de lámparas de diseño y hasta la implementación de un sistema de reciclado de aceite vegetal, vendiendo unos recipientes para que las familias no lo viertan al sumidero y lo entreguen -cuando el bote se completa- a un punto verde para convertirlo en biodiésel.

Con estas iniciativas se financia el cuidado, contención y acompañamiento de miles de personas con enfermedades mentales, en situación de desempleo, con problemas de adicciones, privadas de su libertad (y liberadas también), ofrecen cuidado para adultos mayores y otras acciones con infancia, familia y lucha contra la violencia de género.

Ni en España ni en Cataluña existe aún una legislación que ampare a empresas sociales o a aquellas que certifican su desempeño en el triple impacto. Si bien en la actualidad gozan de algunos subsidios -aunque todos en retracción-, no cuentan con los incentivos que supondríamos desde estas latitudes, para de algún modo justificar por qué ellos lo han logrado, mientras nosotros apenas contamos con casos testigos.

Más allá de la mirada en detalle sobre lo que se denomina el entorno habilitante o los marcos legales y fiscales, estas ONG han logrado sostenibilidad económica, ofreciendo productos y servicios en manos de sus beneficiarios, con quienes contribuyen a su vez en hacer más dignas sus vidas.

Y yo pensaba en "la sustentabilidad en tiempos de crisis". ¿Cuándo no hemos tenido crisis? Es la primera pregunta que me hago, y la segunda: ¿cuándo vamos a darle la oportunidad a este tipo de iniciativas para el bien público que apunten a ser autosostenibles en el mediano plazo? Sean empresas sociales, negocios inclusivos o inversiones de impacto, ¿si no aprovechamos los momentos de crisis para crear soluciones diferentes a los problemas de siempre, cuando lo haremos?

Director ejecutivo Grupo de Fundaciones

y Empresas (GDFE)

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