Espectáculos

Enfrentarse al arte concreto: no apto para visitantes apurados

Al comienzo del recorrido el espectador queda algo desconcertado ante un cierto congelamiento que lo atraviesa, una suerte de vacío de la imagen.

En 2010 se realizó en el Centro Cultural Recoleta “Monocromos I”, exposición bajo la curaduría de María José Herrera que reunió obras de Eduardo Costa, Marcelo Boullosa, y Horacio Zabala. A modo de continuación la misma curadora ha convocado, además de los artistas mencionados, a Adriana Cimino Torres y César Paternosto en “Monocromos II”, en la que propone “reconocer, diez años después, cuáles otros relatos son posibles en el espectro monocromo, un tipo de objeto artístico que se define más por el carácter reductivo que por el uso de un solo color”.

Todos estos artistas han dado sobradas muestras de sus investigaciones; son conocidos en el ámbito nacional e internacional, responden en líneas generales a un concepto que, en un manifiesto de la década del 30, señalaba: una mujer, un árbol, una vaca son concretos en su estado natural, pero en su estado de pintura son abstractos, ilusorios, vagos, especulativos, mientras que un plano es un plano, una línea es una línea, nada más ni nada menos”.

No es este el espacio para desarrollar la historia del arte concreto, sus protagonistas en el mundo y en la Argentina, movimiento fundacional que aquí se desencadenó en 1944 con la publicación de la revista Arturo y en el que comenzó a irrumpir la no figuración de base geométrica. Por razones generacionales no todos los artistas expuestos tienen su raíz en este movimiento, pero sí hay algo que los une cuando el espectador, que no debe estar apurado, recorre la sala y es invadido por el silencio. Silencio que proviene de blancos, negros, de algún azul casi Klein con cierta textura, apenas algunos colores en el bastidor que rodea la tela en blanco, algún gesto mínimo del lápiz que cubre el papel obsesivamente.

Hay una actitud zen que se transmite al visitante, un ascetismo de las formas, la elección cromática reducida, una autorrestricción.

Todo está pensado y analizado, nada parece librado al azar. Al comienzo del recorrido el espectador o visitante -no hay un sustantivo que le venga bien actualmente- queda algo desconcertado ante un cierto congelamiento que lo atraviesa, una suerte de vacío de la imagen; se piensa que no hay nada para ver y lo que se ve, por aquello de lo que es menos es más, ofrece dificultades.

El exceso de imágenes, el ruido de la música en cientos de pistas, el parloteo incesante a altos decibeles de los informativos o programas televisivos, la alta definición; como dice Jean Baudrillard: “La perfección inútil de la imagen, que nos evita tener siquiera una ilusión”, la banalización de la fotografía, la bienvenida tecnología, pero también harto invasiva hasta el vértigo, conspira contra la reflexión necesaria que requiere cierto tipo de exhibiciones. Afortunadamente, esta muestra no ensalza la banalidad, la instantaneidad, la destrucción; no está contra el sistema del arte, muy aprovechado por muchos que sí están en el sistema del arte pero despotrican contra él, como se ha podido ver últimamente en muy publicitadas manifestaciones pseudo artísticas. (MCMC Galería, Av. Figueroa Alcorta 3032).

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