Opiniones

Ernest Hemingway, el genio de las palabras

“Gran escritor es el que sabe permutar sus emociones, en palabras”.

Creo que la magia del hombre que escribe, consiste en extraer vida de la vida. Y el mejor ejemplo de un escritor que protagonizó sus ideales, fue el de un norteamericano Ernest Hemingway.

Fueron tantos los libros que escribió y los hechos que protagonizó, que me va a costar resumir en pocas líneas su ciclo vital de 62 años.

El escritor italiano Emilio Salgari, ese hombre que nos deleitó de niños con sus libros sobre aventuras en los cinco continentes, jamás salió de su ciudad. Pues, Hemingway fue lo opuesto. Precisamente, ya a los 19 años en 1918 –había nacido en 1899- se veía al joven conduciendo –como voluntario- una ambulancia de la Cruz Roja, en el frente Italiano durante la Primer Guerra Mundial.

Luego, solicitó ir como combatiente al frente de batalla.

Herido, dos meses después, se repuso lentamente en un hospital italiano.

Once años más tarde publicó su novela “Adiós a las Armas”, un alegato pacifista.

Relataba que lo escribió no sólo por el horror de lo que presenció, sino por las pesadillas diarias que lo acosaban y que no había podido superar.

Noche a noche, en sueños, volvía a revivir la vida en las trincheras y las muertes de jóvenes soldados llenos de vida, pocos minutos antes.

El cine llevó a las pantallas su libro “Adios a las Armas” con Gary Cooper de protagonista. Hemingway tenía 34 años. Iba por su tercer matrimonio (fueron 4 en total)

Llegó 1937. La Guerra Civil Española estaba en su apogeo.

Solicitó –era ya un periodista cotizado- ir a España como corresponsal de guerra y allí fue.

Pocos años después, estaba viviendo en las afueras de La Habana, Cuba.

Allí escribió refiriéndose al drama que había visto en España, la famosa “Por Quien Doblan las Campanas”.

El cine se encargó de multiplicar la difusión de su nombre. Pero la notoriedad le molestaba. Entonces decidió ir a China, también como corresponsal de guerra.

Sus notas eran… apasionantes y de gran verismo.

Luego, con idéntica misión, estuvo en la liberación de París y más tarde siguió al ejército aliado en la conquista de Alemania, ya en la Segunda Guerra Mundial, en su finalización.

Tenía 47 años en 1946 cuando se casó por cuarta y última vez. Estaba muy cerca del momento de su consagración definitiva.

Hemingway fue un hombre que “nunca quiso observar el paso de la vida. Siempre quiso viajar en ella”.

Sabía que “el porque de la vida está en lo que amamos”, y el amaba especialmente la amistad. Pero también la aventura, las mujeres.

Hemingway sabía también que la vida es un muy pequeño sonido, entre dos grandes silencios.

Publicó a los 53 años su obra cumbre “El Viejo y el Mar” que el cine, con Spencer Tracy en el rol protagónico, llevó a todos los rincones del planeta.

Recordarán muchos de Uds. la lucha de ese solitario y ya anciano pescador con un gigantesco pez espada hasta vencerlo, para morir posteriormente.

Ese año ganó el Premio Pulitzer, la máxima distinción literaria en EE.UU.. Al año siguiente, 1954 le adjudicaron nada menos que el Premio Nobel de Literatura, que Churchill había ganado el año anterior y que el español Juan Ramón Jiménez lograría el año siguiente con “Platero y Yo”.

Hemingway se sentía cansado. Había sufrido en África pocos meses antes, algunas lesiones en un accidente de aviación.

También la bebida, sus noches interminables y su carácter pendenciero, lo había deteriorado.

A los 62 años se internó por una hipertensión arterial. Fue dado de alta a fines de junio de 1961. Un día de julio de ese año, se suicidó de un tiro en la garganta en su finca americana.

Quizá ¡Quién pudiera saberlo!, temió no a la muerte, sino a los achaques, que aún no los tenía tan serios.

Fue, un maestro que enseñó sin tomar examen. Una especie de mago que hizo volar sus sueños.

Y un aforismo final para Ernest Hemingway y su excepcional labor literaria

“El gran libro, es siempre superior a su autor”.

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