Economía

Es mejor prevenir que curar (sobre todo si no hay cura eficaz)

Si urge actuar con las tasas, ¿será una quita de un cuarto de punto? ¿O de medio?... Off the record, la Fed se ocupó de pinchar el globo. Verterá su cuarto. Las expectativas benignas harán el resto.

Escasea la munición convencional, ya que las tasas de interés son bajas, y la economía puede atascarse aunque se las haya arreglado hasta el momento para zafar con elegancia. La Fed no quiere dolores de parto. Sabe que será la culpable si el ciclo (el más largo de la historia de EE.UU.) descarrila. La Casa Blanca ya le endosó el eventual fracaso. Trump se escudará en su coartada: cataratas de tuits a favor de guillotinar las tasas de interés (le pedía lo contrario a Janet Yellen cuando él era oposición). Las Trumponomics son un peligro -un pique corto irresponsable en camino de cornisa-, pero nadie le pedirá explicaciones a un presidente temerario, incapaz de proveer una solución, sino a Powell & Cía., y se les exigirá aportarla. ¿Qué hará la Fed? Recortar las tasas (como no lo hizo en junio cuando privilegió subrayar su independencia). Lo anticipó Jerome Powell, el número uno. Y esta semana Richard Clarida, el vicechairman, y de manera muy gráfica, John Williams, el titular de la Fed de Nueva York, a cargo de la mesa de operaciones del banco central y el único jefe de distrito que siempre lleva voz y voto (un virtual número tres). Aquellos que cortan el bacalao avisan que la semana próxima comenzarán a filetear el abadejo (bacalao no hay). En otras palabras, la normalización de la política monetaria -la reversión de las estrategias heterodoxas seguidas tras el colapso de Lehman en 2008- se dará por terminada. Mejor temprano que tarde, mejor darle fin a la normalización que al ciclo económico.

Y es también mejor prevenir que curar. Tal la sentencia didáctica de John Williams. Y si bien la Fed izó nueve veces las tasas cortas desde que retomó la senda cuesta arriba en diciembre 2015 –y así pasó del rango 0%-0,25% al actual 2,25%-2,50%-, no pudo nunca alejarse de la zona de tasas virtualmente a ras del suelo. Cuando hubo que podar los tipos de interés para evitar las dos últimas recesiones -la de 2001 y la Gran Recesión de 2007-2009- el punto de partida era un acantilado. Desde allí -niveles de 6,25% y 5,25%, respectivamente- la política monetaria se zambulló de cabeza. En ambos casos la Fed mochó las tasas en 5 puntos. Y, con el diario del lunes, sabemos que no alcanzó. No siempre se fracasa, por supuesto. A mediados de los años noventa, luego del Tequila, en 1996, Alan Greenspan piloteó una operación de contención exitosa. Lo que nunca ocurrió es que se torciera la historia con un arsenal módico como el convencional actual. Ello justifica la prisa. Como se apuntó, la Fed no se hizo rogar. Williams lo explica así: “Cuando no hay mucho estímulo a disposición, lo que paga es actuar rápido ni bien aparece el primer signo de estrés”. Con tasas elevadas, la autoridad monetaria se tomaría su tiempo. Ese lujo no existe: debe apurar la vacunación entonces. Pero ¿por qué no se aplicó el criterio en junio? En el intervalo, Trump firmó una tregua comercial (precaria) con Xi Jinping, el informe de empleo de junio reveló que la pujanza laboral no decae, y, lo más auspicioso, el consumidor impulsó un notable repunte de las ventas minoristas (ya son cuatro lecturas positivas al hilo). Aun así, la Fed alega una incertidumbre en ascenso. Como sea, los mercados no van a discutir lo oportuno de la vacunación preventiva. Nadie se opone a una inyección de liquidez (casi nunca). Si urge actuar, ¿será una quita de un cuarto de punto? ¿O de medio? Después de escucharlo a Williams, las chances de la ración doble treparon de golpe a 70%. Off the record, la propia Fed se ocupó de pinchar el globo. El banco central verterá su cuarto de punto, las expectativas benignas harán el resto. Los mercados descuentan otras dos bajas antes que termine el año. Y la Fed calla, y otorga. Otros bancos centrales -empezando por el BCE esta semana- sumarán su óbolo de rélax. Manda la preocupación global porque el juguete de la expansión no se rompa. No sólo es mejor prevenir la recesión que curarla. Es, de lejos, la praxis que mejor se domina.

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