Coronavirus: la creación en los tiempos del encierro forzoso

Espectáculos

Los testimonios de Guillermo Cacace, Eva Halac, Daniel Veronese y Alejandro Tantanián sobre sus respectivas cuarentenas.

Ante la reclusión por el coronavirus, autores y directores que habitualmente trabajan en varios proyectos a la vez, alternan viajes con ensayos de obras y se lamentan por la falta de tiempo para leer y escribir, cuentan a este diario cómo afrontan el aislamiento.

“Dicen por ahí que Shakespeare le debe gran parte de su producción a las cuarentenas”, evoca Guillermo Cacace, director de “Mi hijo sólo camina un poco mas lento”, que se presentaba en El Picadero hasta el cierre de salas y hasta hace poco tenía en cartel “La enamorada”, con Julieta Venegas escrita por Santiago Loza. “Sin pretender estar a la altura de Shakespeare, aconsejo desempolvar disparadores. Sobre algunas mesas y paredes de mi estudio desplegué textos, fotos, obras de artistas plásticos. Escucho músicas que me vinculan a esos archivos. Leo. Les doy algún orden, a veces arbitrario, a elementos caóticos y estimulantes. Les saco fotos y armo carpetas en el ordenador. Sumo nuevas notas. Leo en voz alta párrafos enteros. Materiales, algunos de ellos hasta casi olvidados. Recupero identidad cuidándome de cualquier clausura identitaria. Trato de escuchar qué invitación me hacen hoy y a aquel que invita más fuerte lo voy convirtiendo en proyecto. Hago collages con la aplicación Layout del celular uniendo fotos de actrices y actores que podrían ser su reparto… Así, parte del tiempo creativo va transcurriendo, dejándome también rozar por vacíos que el ritmo de la no cuarentena a veces impide”.

Eva Halak, autora y directora de “J. Timerman”, en Timbre 4 hasta el comienzo de la cuartentena, dijo a este diario: “Me tranquiliza leer así que pienso también cuán importantes son los grandes novelistas que te pueden sacar de las noticias y llevarte un rato al otro mundo. En este momento estoy con ‘Las ilusiones perdidas’ de Balzac y ‘Los cuadernos de guerra’ de Sartre. “Las ilusiones...” es un novelón genial, todo un tutorial sobre el comportamiento humano, lo interesante de Balzac; a diferencia de Tolstoi, de Stendhal, es que cuanto más bajos y ruines se vuelven sus pequeños héroes, más ganas te dan de abrazarlos. Es un siglo XIX donde se puede vivir y reírse un poco con ellos de cómo somos. De Sartre también me divierte cómo desmitifica los sueños heroicos y de pureza de los intelectuales, nos pone en su lugar. No juzga y se juzga a sí mismo. Creo que estos momentos son para eso, para pensar cómo somos, como fuimos, y abrazar (con el protocolo de la distancia) sin juzgar. Sabernos humanos, mal que nos pese”

Daniel Veronese estrenó en marzo en Timbre 4 un tríptico que presentó durante pocas funciones los lunes y sábados. Se trata de “Experiencia 1: La persona deprimida”, “Experiencia II: encuentros breves con hombres epulsivos” y “Experiencia III: los arrepentidos”, que parte de dos textos narrativos de David Foster Wallace y de una dramaturgia biodramática escrita por Marcus Lindeen. Además, dirigió hasta el cierre de salas en el Multiteatro “Para anormales”, que coescribió junto a Matías del Federico. Veronese contó a este diario cómo afronta el aislamiento: “Uso la cinta para caminar. Retomé la lectura de una novela interminable (más de 600 páginas) ‘Las correcciones’, de Jonathan Franzen. Encaré la búsqueda minuciosa en mi biblioteca de algún tesoro que haya pasado inadvertido en tiempos de paz. Estoy repensando proyectos futuros, retocando obras con las que ya me había dado por vencido. Duermo siestas, me frustro con Netflix donde casi nunca encuentro algo bueno, curioseo una lista de cuarenta y pico de películas. Mi hija más chica todavía no vino por casa, cuando llegue voy a cocinarle, veré ‘Friends’ con ella, o lo que quiera ver, tenemos también en carpeta decorar su cuarto otra vez. Y voy a releer a Chejov”. Veronese hizo varias adaptaciones de Chejov, entre ellas, las de “Las tres hermanas”, que el director rebautizó “Un hombre que se ahoga” y “Tío Vania”, bajo el nombre “Espía a una mujer que se mata”.

El hasta hace poco titular del Teatro Cervantes, Alejandro Tantanian, director de “Sagrado bosque de monstruos”, “Todas las canciones de amor” y “Los sensuales”, reflexionó: “Pienso que todo esto tiene que servir para algo, huyo hacia adentro, que es el lugar de donde nos fuimos hace tiempo. Trato de sostener la certeza de que habrá algo después de esto. A veces se consigue, otras no. Busco la forma en que no haya derrota. Tiemblo ante la prescindencia de todo esto que hacemos. Defiendo el arte como el lugar posible de salvación. Somos, otra vez, contemporáneos de Boccaccio, asolados por la peste: contándonos historias. No puedo dejar de leer ‘Diario de la guerra del cerdo’ sin sentir que algo de lo que Bioy imaginó se lleva adelante de manera secreta, conspirativa, final. Trato de dejar de lado esas teorías. Veo un video de las aguas de Venecia “más claras que nunca” en las que nada un delfín. Veo una foto de unos jabalíes por las calles de Roma. Veo un video de un ciervo en una iglesia. No dejo de pensar en que hay algo que pensar y no sé qué es. Es reciente y es, a la vez, tan intenso y desasosegante que parece un siglo que estamos acá, entre las paredes de casa. Intento pensar en los proyectos que vienen. De cualquier manera boceto cosas, claro. Y luego no. Pienso en la huida, sí, hacia ninguna parte: pero pienso en el gesto de la huida. Pienso en Leon Tolstoi huyendo de su casa, octogenario, para morir solo, lejos de todo y de todos, como los elefantes. Pienso en la sabiduría de ese gesto: en lo que entraña la huida, en lo que desnuda. Huir hacia uno mismo, hoy, pesadilla de miles. ¿Oportunidad? Cito a Marina Tsvietaieva, que algo entendía de todo esto: “Vivo únicamente en mis cuadernos, en mis deudas. Estoy completamente sola, en la vida y en el trabajo… Completamente sola, con mi voz”.

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