Economía

¿Está escuchando Mr. Powell? Seguro que sí, pero no atiende

El presidente Trump intensifica la presión sobre el banco central de EE.UU. Todo indica que la pulseada se profundirá tras movida china.

El presidente Trump quiso imponer el vértigo, y lo consiguió en el acto. Por su cuenta rompió la tregua de Osaka y le aplicó a China una ronda extra de aranceles en un intervalo muerto de las negociaciones. Touchée. ¿Qué podía esperar de su par Xi Jinping sino una represalia de peso? Y llegó de inmediato. El Banco del Pueblo dejó que el renmimbi se deslizara más allá de una crucial línea en la arena: los 7 yuanes por dólar. Los mercados mundiales (no sólo en los EE.UU.) se encabritaron. La convulsión – a caballo de caídas a granel - se hizo notar. Fue la devolución de gentilezas. Y así China lavó la ofensa. Como siempre ocurre cuando se atraviesa la emblemática marca (no es la primera vez) la pregunta obligada es si Beijing escogió el camino de la devaluación para zafar del brete. Los expertos dividen su opinión. El tiempo hasta ahora ofreció la negativa como respuesta invariable. Se trata de un aviso, concreto y conciso, y no del inicio de una gesta. China ya no es lo que era: quitarle el sostén oficial al yuan puede provocar una hemorragia de fuga de capitales (y un berenjenal con los servicios de deuda). Se vio en 2015: mejor quedarse con la enfermedad que con el presunto remedio. No es tan sencillo tampoco compensar los mayores aranceles con la devaluación de la moneda cuando buena parte de los insumos – y las materias primas – de la producción transable son importados.

Trump logró lo que quería: una réplica brusca. Y así pasó a la fase dos de su estrategia: hacer visible su indignación. En tiempo relámpago, el Tesoro declaró a China “manipulador de su moneda”. Con tales antecedentes, acudirá al Fondo Monetario a hacer oír su queja aunque la institución, en la revisión del Artículo IV, no encontró nada objetable. Washington lo sabe. Lo que le interesa es instalar una caja de resonancia. “¿Están escuchando, (señores de la) Reserva Federal?”, bramó un tuiter explicativo del presidente, “China empujó la cotización de su moneda a lo que es casi un mínimo histórico”. En principio, vale aclarar, es una llamada al número equivocado. En estos asuntos no es la Fed sino el Tesoro el que se ocupa. Y Steve Mnuchin ya resolvió que Beijing es culpable. Pero el presidente no persigue sólo una declaración formal. Él también querría manipular su divisa. La intervención directa se analizó a fines de julio, y su equipo la desechó. Así lo reconoció Larry Kudlow, el asesor económico principal de la Casa Blanca. Trump pudo gatillar una auténtica guerra de monedas - según la expresión que el ex ministro brasileño de Hacienda, Guido Mantega, popularizó en 2010 cuando la Fed se embarcaba en la segunda vuelta de la expansión cuantitativa (la QE2) – pero no se atrevió a tanto. Prefirió la vía lateral. De ahí la presión sobre el banco central. Que la Fed reduzca las tasas – es el camino pacíficamente aceptado por la comunidad internacional - y que el dólar tome de allí una inspiración bajista. Un punto de recorte de tasas – 100 puntos base – es lo que le gustaría.

¿Está escuchando Mr. Powell? Imposible no oír el griterío. Seguro que sí, pero un banco central independiente no puede atender una llamada tan grosera y no destrozar su reputación. Bajo la superficie la presión debe ser tremenda. Que los cuatro últimos titulares de la Fed – Paul Volcker, Alan Greenspan, Ben Bernanke y Janet Yellen – hayan volcado su apoyo público en un editorial publicado en el Wall Street Journal lo confirma. “Es crucial preservar la capacidad de la Fed de tomar decisiones basadas en los mejores intereses de la nación, y no en los intereses de un pequeño grupo de políticos”. Mientras tanto, la entidad guarda silencio de radio. Sólo Charles Evans, de la Fed de Chicago, y James Bullard, de Saint Louis, ambos “palomas”, emitieron opinión. Una rebaja no se descarta, pero “las tasas están en el vecindario correcto” (Bullard dixit). Desde ya, Trump puede estropear el barrio, y obligar a intervenir fuera de agenda. A esta altura, un tropiezo ni siquiera exige que el presidente haga más de lo que ya hizo. Con la mochila extra del brexit, Gran Bretaña contrajo 0,2% su actividad el segundo trimestre (por primera vez desde 2012). Wall Street resiste, la economía de EE.UU. también, pero Trump insiste. El futuro se nubló: el horno no está para bollos, y Trump iracundo, con el palo de amasar en la mano.

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