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Faye: "Quise contar mi infancia en un paraíso que se rompió por una guerra inexplicable"

El autor es además rapero, licenciado en economía, finanzas, seguros y actuario. Vivió el genocidio en Ruanda y lo cuenta en su novela.

Cuando le llovían propuestas de trabajo en el mundo empresario, decidió dejar su master en finanzas, abandonar el mundo de la economía, tomarse un año sabático y dedicarse a dar conciertos de rap y publicar la novela de su juventud en África. Así Gaël Faye, francés nacido en Burundi, publicó “Pequeño país” (Salamandra), que fue la sensación literaria en Francia en 2016, lleva vendidos más de un millón de ejemplares, treinta traducciones y conquistó el prestigioso Goncourt des Lycéens. Vino con su familia a conocer Cataratas, Bariloche, El Calafate, Tierra del Fuego, y aprovechamos para dialogar con él.

Periodista: ¿Es cierto que es un rapero y novelista que escapó del mundo financiero?

Gaël Faye: Soy licenciado en economía, finanzas, seguros y actuario. Mis ganas de escribir comenzaron a los trece años, y permanecieron. Empecé escribiendo poesía y música. Después de que me gradué trabaje dos años en un fondo de inversión en Londres. Pero no podía abandonar las ganas de hacer un álbum de música. Empecé a aceptar que mi pasión fue siempre la escritura. Si trabajaba en lo que sabía manejar profesionalmente y no en mi deseo artístico era porque mis creaciones no me iban a dar dinero para vivir. Y no quería estar desocupado. Si hubiera sido más lanzado, más corajudo o más ingenuo me hubiera anotado en la facultad en Literatura o Filosofía. Mi familia tiene la idea de que un trabajo artístico no es un verdadero trabajo, hay que ser médico, abogado, economista, pero un economista que trabaja en un banco. Me di cuenta de que si bien en el banco ganaba muy buen dinero esa vida no tenía para mí ningún sentido. Me dije: inténtalo, y me di un año sabático para dedicarme a sacar un álbum, hacer una gira de conciertos y luego volver al mundo de las finanzas. Tenía dinero para pagar el alquiler y llenar la heladera. Eso ya era un éxito. Después, otro me puso en la senda de lo que realmente quiero hacer.

P.: Circuló por mundos diferentes: nació en Burundi, África, estudió en Inglaterra y hoy vive en Francia...

G. F.: Fui un chico de la burguesía de Buyumbara. La de mi madre era una familia de refugiados que vivía en un barrio popular que yo visitaba todas las semanas. Mi papá era un apasionado de los animales y exportaba serpientes, eso me hizo pasar mucho tiempo en la selva con los pigmeos. Y en la escuela con hijos de diplomáticos y empresarios. Cuando comenzó la guerra nos repatriaron y fuimos con mi hermana a vivir con mi madre en Versalles, en un universo aristocrático. Cuando me enamoré del pop comencé a frecuentar a artistas de barrios difíciles, de los márgenes de París. Siempre viví en mundos diferentes y distintas clases sociales. La escritura me ha dado plasticidad para estar en todos lados.

P.: ¿Cómo fue la grieta entre las tribus, los Hutu y los Tutsi, que desencadenó uno de los mayores genocidios del siglo XX?

G. F.: Ruanda y Burundi fueron terreno de experimentación del pensamiento racista de siglo XIX. En la Ruanda precolonial Hutus y Tutsis eran categorías sociales. Los Hutus cultivaban la tierra y los Tutsis tenían el ganado, que era la riqueza. Un hutu que conseguía ganado se convertía en tutsi, y un tutsi que perdía sus bienes se convertía en hutu. No eran entidades fijas. Las colonizaciones alemana y belga fijaron esas categorías como categorías raciales. Usaron los criterios racistas del Conde de Gobineau. Decretaron que los tutsi eran negros blancos, una raza superior, que había invadido Ruanda, y eso se notaba por la diferencia física con los ruandeses. Marcaron tutsi o hutu en los documentos. Con esa carga ideológica se llegó al conflicto de 1994 que concluyó en el genocidio de cerca de dos millones de personas.

P.: En “Pequeño país” el padre le explica a su hijo: las etnias son iguales en todo, salvo que los tutsi son altos de nariz finita y los hutu bajos y de nariz ancha.

G. F.: No hay diferencias. Tienen la misma lengua, el mismo territorio, la misma religión. Las diferencias físicas resultan absurdas. Los casamientos mixtos fundieron las etnias. En el genocidio se mataron hutus porque tenían apariencia tutsi. Hoy está prohibido definirse hutu o tutsi, todo el mundo es ruandés. En Burundi todavía hay restricciones y segregación. Hay una dictadura con riesgo de un nuevo genocidio.

P.: ¿Cómo se lanza a escribir “Pequeño país”?

G. F.: Por la frustración de mi canción “La siesta sin fin”. Donde sentí que no podía decir toda mi experiencia de chico en un paraíso que se rompe en mil pedazos por una guerra que sentía inexplicable. Me acecha la idea de lo efímero de las cosas. Trato de guardar la imagen del instante. Traté de recuperar aquel mundo, y no caer en la autobiografía para poder ser libre. Acaso para escapar del enojo de toda mi familia.

P.: ¿Ganó mucho dinero con “Pequeño país”?

G. F.: Y eso me permite, por ejemplo, pasear con mi mujer y mis hijos por la Argentina. Cuando le envié el manuscrito a mi editor, me dijo: Vos sabés que el África no vende. Ya sé, pero llevo vendidos algunos cuantos discos. Mi novela la leerán mis amigos, mi familia. Me sigue sorprendiendo que se hayan vendido más de un millón de ejemplares y estén en curso una treintena de traducciones. Creo que el éxito es una conjunción de acontecimientos. El momento en que un chico pasa a adulto, las travesuras y los cambios, un mundo que asombra, el modo de contar… no, no, nada de eso, o todo eso junto y algo más. De eso se trata la literatura.

P.: ¿En qué anda ahora?

G. F.: En otra novela. En unos álbumes. Vengo de estar en Ruanda en la filmación de “Pequeño país”, que se estrenará en París en octubre. Mi nueva novela transcurre en Tanzania, Kenia y Europa. Me interesan las preguntas que pueden hacerse personas que vienen de distintos mundos. Vivimos hoy en un mundo que no tiene más continentes sino archipiélagos. Creo que vivimos en un mundo en el que dos clanes se enfrentan, uno que quiere construir muros, barreras, y otro que trata de encontrar un discurso inclusivo que sirva para debatir cómo encarar los problemas.

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