Espectáculos

Fracasos argentinos, pero en clave de humor

La obra, representada por primera vez en 1981 en el Teatro Payró, se ocupa de los muchos impedimentos que no le permiten crecer y desarrollarse a una sociedad. Según la directora, recurrió a una puesta con estética de comic para hacer más soportable un argumento que data de varias décadas.

“Quedarse en la calle Corrientes es muy difícil, más que hacer experimentos en el off”, dice Lía Jelín, que dirige “Buena presencia”, de Víctor Winer. El elenco está integrado por Nacho Gadano, Esteban Prol, Néstor Caniglia y Manu Fanego. Dialogamos con ella.

Periodista: ¿Cómo llegó a la obra?

Lía Jelín: Cuando leí el libro pensé que era muy realista y que la única manera que tenía para llegar al espectador con este texto era haciéndolo como un comic. Es que es tan doloroso, porque muestra nuestros fracasos permanentes como país, que para hacer reír se me ocurrió convocar al dibujante Rep. Yo me inspiré en el cómic ‘Maus’, de Art Spiegelman, que refleja a través de los ojos de su padre la historia de un sobreviviente a los campos de concentración nazis. En este caso hicimos una puesta con estética de comic para adultos.

P.: ¿Cuáles son esos fracasos como país a los que alude?

L.J.: Desde el primer golpe militar hasta acá, pasamos por la híper, por la plata financiera y esta condición que se repite y se repite, un gobierno ajusta, el otro afloja, interminablemente, en un sinfín que no nos deja crecer. Los cuatro personajes de la obra de Winer representan sectores de la sociedad: el conserje es el pueblo, Jordan es la clase financista, que tiene una cueva, el viejo es el hombre de clase media que cae siempre y el cuarto personaje es el joven, que viene a buscar trabajo a esta oficina.

P.: ¿Qué clima de época hay en esta obra de Winer?

L.J.: Fue escrita en pleno golpe, y estrenada en 1981, un año antes de aquella recordada manifestación en Plaza de Mayo en apoyo a recuperar las Malvinas, en 1982. Me impresionó. El pueblo un día quería que se fueran los militares y al día siguiente vivaba a Galtieri, yo no podía creer ese sentimiento.

P.: ¿Cómo fue el trabajo con los actores?

L.J.: Es un trabajo corporal enorme porque tienen que poder ser un dibujito y sin moverse, expresar a través del cuerpo lo que está pasando, y también hacer reír.

P.: ¿En qué lugar pone a la risa? ¿Es una condición del teatro comercial?

L.J.: No está en primer lugar pero es necesaria. Cuando dirigí a Tato Bores ya hablaba de racismo e inflación en pleno golpe militar, y la gente se reía a carcajadas pero hablábamos de cosas tremendas, y se pudo pasar. Pienso que repetimos hasta las náuseas un comportamiento circular del cual no podemos salir, ya pasé cuatro golpes y cuatro inflaciones.

P.: ¿A qué atribuye que haya tantos autores extranjeros en la cartelera comercial?

L.J.: Un ejemplo es “Toc Toc”, que dirigí. Hay que pensar que en Francia empiezan a estudiar literatura a los 6 años y tienen Moliere como asignatura. Nosotros no estudiamos a Discépolo, que es nuestro Shakespeare, ¿quién lo estudia, está en los colegios? No se estudia el teatro en verso y así con todo, vamos a lo inmediato.

P.: ¿En qué instancia de su carrera se ubicaría?

L.J.: Sinceramente estoy de salida y por desgracia no soy maestra, me encantaría poder transmitir todo lo que sé, porque fui bailarina junto con Oscar Araiz y lo que yo aprendí ahí de espacio escénico pocos lo saben.

P.: ¿Qué otros proyectos tiene?

L.J.: En el San Martín presenté uno pero me dijeron que no porque era directora del comercial. Ese es un gran prejuicio porque quedarse en calle Corrientes es muy difícil, más que hacer experimentos en el off. Pocas veces ensayé un año para una obra, algo que sólo puede hacerse en el off, porque en el comercial son dos meses de ensayo y empieza a correr el contrato y la maquinaria.

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