Espectáculos

Gachi Hasper: festiva, aunque a la intemperie

La pintora exploró el arte público con materiales diversos.

La exposición que acaba de inaugurar Gachi Hasper en la Fundación Santander ocupa el inmenso lobby, la terraza y gran parte del frente vidriado del edificio ubicado en el cruce de las avenidas Paseo Colón y Juan de Garay. Como una referencia a la incertidumbre de los días que corren, la muestra se llama “Intemperie”. No obstante, con una belleza que, lejos de ocultarla como un pecado, Hasper destaca, la exhibición que acapara los 1500 metros de las salas de exhibiciones resulta festiva. Con la gratuidad de su presencia, la belleza es un regalo inesperado, y trasciende la felicidad sensorial que deparan obras como la lluvia de gigantescas gotas de colores. Hasper es pintora, y a partir de una serie de formas geométricas reiteradas, fuerza los límites, se apodera del espacio y sale en busca del “éxtasis” que, según Roland Barthes, puede provocar el color.

El curador de la muestra, Roberto Amigo, recuerda el primer texto que le dedicó a Hasper en los años 90, donde dice: “El movimiento de las formas, su migración, no tiene fin”. Se adelantaba entonces al señalar una condición que perdura. Desde esa época y hasta hoy, a través de décadas y con una libertad poco común, los círculos, cuadrados, rectángulos y cintas onduladas, han migrado desde la tela o el papel, hacia los más diversos soportes.

A partir de la pintura Hasper exploró el arte público con los materiales más diversos. Montó sus obras debajo de la Autopista, la Usina del Arte, el camino entre el Museo Xul Solar y la casa de Borges, el subte porteño y pintó grandes murales en Miami y Puerto Madero. El ritmo es la clave de Hasper y, para lograrlo, cuenta con el desplazamiento del espectador. Es decir, el ojo del espectador se mueve y los objetos están quietos, pero parecen desplazarse. Claro, siempre y cuando el que mira se deje llevar, permita que sus ojos vagabundeen y recorran las obras. Allí está la gracia del gesto poético: consiste en la carencia de toda finalidad utilitaria, cierta irracionalidad y el derroche de vitalidad de la artista.

Si bien la palabra “intemperie” remite a una sensación de destemplanza que de inmediato se asocia al rigor de la calle, Amigo observa que la intención de la artista consiste en “generar una experiencia inclusiva y en un punto, protectora”. Ambos, artista y curador, apelan así a la capacidad protectora y envolvente de la belleza para albergar al espectador.

Los objetos colgantes recuerdan los famosos “penetrables” del venezolano Jesús Soto, los cubos con cintas pendientes que se balancean cuando el espectador los recorre. Hasper ostenta una relación de parentesco genuina con artistas de Latinoamérica como Raúl Loza, Hélio Oiticica o Lygia Clark. Cada visitante vivirá un momento particular al recorrer estas salas, al sortear e interactuar con las obras provocativas, que se interponen a su paso. Entretanto, las luces que atraviesan los colores pintados sobre los muros de vidrio, agregan esplendor y energía.

La perseverancia de Hasper en su estilo resulta destacable. En la década del 90, los circuitos locales e internacionales consagraban el arte conceptual que ganaba visibilidad en el mundo, mientras la búsqueda de la belleza se percibía como un delito. El crítico rosarino Carlos Basualdo, hoy curador del Museo de Filadelfia, EE.UU., fue el primero que defendió el grupo de artistas que integraba Hasper y lo relacionó con el concretismo argentino.

Guillermo Tempesta, vicepresidente de la Fundación Santander, anunció que la institución posee un auditorio con capacidad para 300 personas donde presentarán actividades abiertas a toda la comunidad. “La idea es seguir convocando a los artistas argentinos y promover cursos de formación”.

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