Espectáculos

Heise: "Los alemanes del Este no ansiaban el capitalismo"

Según el cineasta, se trata de una sociedad que estaba harta de engaños, que en 1989 se proclamó soberana y reclamó un socialismo diferente.

Mar del Plata - Nativo de la ex Alemania Oriental, Thomas Heise estuvo hace 10 años filmando en una comunidad colla tucumana. Ahora estará en Mar del Plata, y luego en Buenos Aires, con la extensa “Heimat es un espacio en el tiempo”, historia de cuatro generaciones de alemanes a través de su propia historia familiar. Impresionantes, los 24 minutos en que desfila por la pantalla una larga lista de la SS con nombres de judíos destinados al campo, mientras escuchamos la lectura de las cartas del abuelo, la última de ella enviada desde la estación de tren donde iba a ser embarcado. Y luego, irónicamente, se oye a Marika Rokk, estrella de aquellos tiempos, cantando “No te preocupes”, grabación de 1944. Dialogamos con Heise:

Periodista: ¿Qué lo decidió a hacer este film, digamos, epistolar?

Thomas Heise: No son sólo cartas. También está el diario de mi madre, mis apuntes, un cuaderno escolar, conservados en cajas y más cajas, esperando que alguien se interesara en leerlos. Hoy mis padres están muertos, también mi hermano, ya no queda nadie, sólo yo y las cartas. Antes de eso, quizá no hubiera podido hacer esa película. Recién pude ahora, aunque sabía desde hace mucho que tenía que hacerla, y que la haría.

P.: También incluye fotos, trenes larguísimos que se mueven lentamente, e imágenes de lugares como ese donde, según un cartel, habría estado la casa de Caperucita Roja.

T. H.: Me pareció notable encontrar ese cartel en el bosque, junto a unas chapas de acero ya despintadas, con la imagen de Caperucita, el guardabosque, el lobo y la abuela, como restos de algo que con el tiempo se transforma en leyenda. Y todos sabemos que las leyendas siempre tienen un núcleo que describe la realidad con precisión. De eso se trata. Luego aparece la foto de un niño con una bandera. Ese soy yo.

P.: Más adelante usted aparece en una foto de infancia con su hermano (la única foto en colores de todo el film). Ahí se lo ve muy serio, de brazos cruzados. ¿Fue una pose para parecer menos niño, o esa foto ya revelaba su carácter?

T. H.: Ninguna pose. Ahí ya se reflejan nuestras diferencias. Andreas siempre fue más abierto, más comunicativo. Yo, en cambio, era distante, y me volvía cada vez más solitario. Ahora mejoré un poco gracias al cine documental, que me obliga a conocer gente, a comunicarnos.

P.: Al respecto, ¿sigue en comunicación con los indígenas tucumanos de su documental “Sistema solar”?

T. H.: Esos hombres me impresionaron profundamente. Me gustaría visitarlos, pero vivimos muy alejados, y tampoco sé si les interesa que yo los visite. Nos contactamos a través de Gabriela Massuh e Inge Stache, del Instituto Goethe, porque se trataba de un trabajo para el Goethe. Yo venía de hacer “Material”, una obra muy intensa sobre Alemania del Este, y sentía que no podía encarar otro proyecto sobre Alemania. Después de “Sistema solar” rodé un documental en una cárcel mexicana y ahí recién pude dedicarme de nuevo a mi país.

P.: “Material”, de 2009, cuenta cómo los habitantes de la RDA vivieron el proceso que desembocó en la Caída del Muro. ¿Qué repercusión tuvo la película entre ellos?

T. H.: Eso fue emocionante, porque según la versión occidental parecía que el único anhelo de la RDA había sido aterrizar en la Alemania capitalista lo antes posible, pero con “Material” la gente en el cine de pronto recordaba lo que había olvidado casi por completo, es decir, el sentimiento de un pueblo harto de engaños, que en 1989 se proclamó soberano y tomó las calles pacíficamente para expresar en voz alta y clara su reclamo de un socialismo distinto, democrático. Se trataba de crear otra sociedad. Pero tras la Caída del Muro la gente terminó yendo de compras, munida con el “dinero de bienvenida”, y eso puso fin a la revolución.

P.: ¿Cómo era vivir y formarse en la RDA?

T. H.: Yo estudié en el Instituto Superior de Cine de Potsdam Babelsberg, que tenía una formación técnica bastante buena, y muy buenas cátedras de Historia del Cine, el Arte y la Televisión. Pero otras materias teóricas eran deficientes, y además había materias políticas que más que nada trasmitían el ideario soviético. Un día decidí darme de baja, aunque tuviera que ganarme la vida como vendedor de huevos y acomodador de cine. A veces no tenía ni para comer, pero eso me obligó a moverme, a intentar una y otra vez cosas nuevas, sin aceptar siquiera la ayuda de mis padres.

P.: ¿Cómo enfrentó a la censura en aquel entonces?

T. H.: Oficialmente no había censura ni censores. Pero ciertos jefes de departamento, profesores, dramaturgos, eran además empleados informales del Ministerio de Seguridad de la RDA, y también había estudiantes que denunciaban a sus compañeros. Tras la caída del Muro, y el acceso público a los expedientes de la Stasi (o lo que quedaba de ellos), me crucé con uno de esos sujetos. Me invitó a tomar un café y lo rechacé. ¡Yo venía de leer, precisamente, sus informes sobre mi persona! Ahora, oficialmente, tampoco hay censura, pero el dinero determina si se puede difundir lo que uno filma.

P.: Nos estamos olvidando de los trenes, ¿por qué aparecen tanto en su nueva película?

T. H.: Los trenes transportan mercancías, personas, ganados, también armas. Son parte de la economía. Con ese fin giran sus ruedas, sin dejarse impresionar en lo más mínimo por lo que transportan. Incluso cuando transportan personas a la muerte, sigue tratándose de economía.

P.: Al terminar la parte más terrible de su film, usted pone la canción de Marika Rokk “No te preocupes”, de la comedia de 1944 “La mujer de mis sueños”. ¿Hasta qué punto es esa una canción representativa de la mentalidad alemana?

T. H.: Un idilio y una opereta para aguantar todo lo que estaba pasando en 1944. ¡Y siguen mostrando en televisión a esa película nazi de mierda!

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