Edición Impresa

Hollywood celebró su imaginario "mundo feliz"

UNA CEREMONIA SIN LAS ESTRELLAS DE ANTES, SIN CONDUCTOR, PERO CON NUMEROSA CONSIGNAS - Como en el Quini, un Oscar que "sale o sale": todos los candidatos volvieron a casa con algún premio, desde "The Green Book" a "Roma", "La favorita", "Bohemian Queen" y "Pantera negra", entre otros.

Al menos uno se entretenía antes mirando las morisquetas de Jack Nicholson en la platea, o las reacciones de Emma Thomson o Anthony Hopkins ante algún exabrupto de Billy Crystal que, no por guionado, tenía menos efecto. Ya no más. No sólo desapareció el maestro de ceremonias, con su monólogo y bromas, sino que ni estrellas quedaron. La entrega de los Oscars fue perdiendo ese atractivo de espectáculo único que tuvo en sus años de esplendor. La globalización y la era digital lo están arrinconando a una cierta indiferenciación con respecto a otros premios, como los Globos de Oro o los Critics Awards, entre otros, que hoy también se transmiten en directo y ganan las páginas de los diarios y portales noticiosos. Además, como le toca ser último en el calendario, produce una sensación de inevitable “déjà vu”. ¿No vimos ya a Cuarón con un trofeo en la mano? ¿No escuchamos ya ese discurso sobre la igualdad de oportunidades?

Inadvertidamente, también, la llamada fiesta de Hollywood se ha ido transformando en una larga sesión parlamentaria en un Congreso dominado por un progresismo carente de humor. Discursos, proclamas, discusión sobre cupos. El Oscar se ha convertido en el mayor escenario de ficción política autocomplaciente que tiene el cine. La “montaña de sueños”, como se la llamaba en otros tiempos, mantiene ese carácter onírico pero con protagonistas diferentes: no hay más príncipes azules, princesas encantadas, hombres invisibles o heroínas románticas sino un mundo feliz donde han sido borradas las diferencias raciales, de género, de religión, de clase. Como en la estrofa de Schiller en la Novena Sinfonía de Beethoven: “Todos los hombres se hermanan”. Soñar no cuesta nada, y da réditos de imagen.

Detrás de ese primer plano, la silenciosa guerra comercial entre un modelo que naufraga como el Titanic, el de las productoras cinematográficas, herederas de los legendarios estudios de Hollywood, ante el que se dispone cada vez con menor disimulo a ocupar su lugar, el streaming, Netflix, ese torrente que instala en el living, o directamente en el teléfono, lo que antes era vida pública, salidas, cine, estrellas de carne y hueso. Ante él son pocos los que todavía resisten. Cannes, el último de los mohicanos, quedó aislado en el concierto de los festivales del mundo por negarse a darle a Netflix la carta de ciudadanía y dejarlo competir con sus productos. Pero dentro de poco será Netflix quien decida la continuidad de Cannes. Porque no se trata únicamente de participar o no: la matriz es la producción de contenidos, con un nuevo escenario consistente en el ocaso de los “exhibidores” tradicionales, quienes mayor lobby hicieron en este Oscar contra la nominación de “Roma”, y las productoras grandes y medianas, que una tras otra siguen la línea de “si no puedes vencer a tu enemigo, únete a él”.

Cuesta creer que el “palmarès” de anteanoche haya surgido del voto de los casi 7000 miembros que tiene la Academia en lugar de ser el resultado de un reparto minuciosamente calculado, con la asignación de cupos a la que aspira el parlamento de los sueños. Un doble triunfo para “Roma”, Mejor Película en Lengua Extranjera y además Mejor Película, habría sido un escándalo indigerible para la industria, una claudicación demasiado precoz. Si Netflix se va a quedar con todo, que sea de a poco. Además, menos que menos con esa osadía única de haber llevado a la fama mundial no un típico melodrama hollywoodense, o alguna de esas producciones de época que desde su vestuario, música y decorados reclaman a gritos al tío Oscar, sino un lento fotodrama mexicano en blanco y negro, tan igual a tantos de los films de arte y ensayo que pasan por el Bafici y que sólo ven un puñado de especialistas. Allí estaba, entonces, “The Green Book”, para atenuar la caída ante Netflix.

Los Oscars a la actuación replicaron ese distribucionismo: Yalitza Aparicio franqueó en menos de un año muros que parecían imposibles; hasta llegó a la tapa de Hola!, pero un Oscar habría sido quizá demasiado: allí estaba Olivia Colman para derrotar una vez más a Glenn Close sin levantar tantas protestas (los académicos han de estar proyectando un Honorífico para la actriz de “Atracción fatal”), y darle la parte de cupo de “La favorita” como cine de época. La parte fuertemente emocional y los prematuros llantos habían quedado asociados, en el debut nomás, a Regina King, en el rubro Actriz de Reparto por “If Beale Street Could Talk”. Y hablando de Reginas y de Kings (o Queens, en su caso), Ruth Carter, la vestuarista de “Pantera negra”, saludó en su discurso ganador a la “realeza africana”: la Academia de Hollywood pudo respirar tranquila porque ese premio, y el que luego tuvo el mismo film por su diseño de producción (Hannah Beachler), demostraron que no hacía falta crear la categoría de “Oscar Popular”, como se había pensado.

Y hablando de Queens, Viggo Mortensen debió ver cómo le quitaba el Oscar el actor egipcio Rami Malek por su personificación de Freddie Mercury en “Bohemian Rhapsody” (el otro egipcio célebre, Omar Sharif, no pasó de una nominación por “Lawrence de Arabia” en 1963), y que su compañero de elenco Mahershala Ali se quedara con el de Actor de Reparto (dos años después de haberlo ganado, en la categoría superior, por “Moonlight”). La decisión para Mejor Director les debe de haber quitado el sueño a los académicos: allí estaban Spike Lee, que nunca lo ganó, y Cuarón, que ya lo ganó pero este era el año de México y de “Roma” y de Netflix. Mejor guión Adaptado entonces para Lee, y Cuarón otra vez a subir y dar un discurso. Así es la vida en Hollywood.

El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.

Dejá tu comentario

Lo que se lee ahora