Edición Impresa

Isaacs: “La fotografía es capaz de hacer hablar al silencio”

• EL FOTÓGRAFO DEBUTA EN LA NOVELA CON "UN HOMBRE QUE HACÍA RETRATOS"
El autor, chozno del autor de la célebre “María”, aborda la historia de un dibujante que busca develar un misterio en la India del siglo XIX.

El intento por develar el misterio que contiene un retrato fotográfico lleva a un joven dibujante, en la India del siglo XIX, colonia inglesa, a una extraordinaria aventura vital que se narra en "Un hombre que hacia retratos" (Emecé), novela de Daniel Isaacs, un catalán sanjuanino que por casualidad reside en Milán, chozno del colombiano Jorge Isaacs, autor de la novela "María". Daniel Isaacs es arquitecto y un destacado artista fotográfico con numerosas muestras internacionales. Visitó Buenos Aires para presentar su primera novela y dialogamos con él.

Periodista: ¿Cómo surge Tarak, ese muchacho indio que dos siglos atrás descubre el secreto del retrato fotográfico?

Daniel Isaacs: Hoy no tenemos idea del impacto que fue la aparición de la fotografía. Lo que significó en la historia de la imagen que surgiera un sistema capaz de detener el tiempo, de congelarlo y reproducirlo con pasmosa exactitud. El dibujo y la pintura aproximaban la realidad, la foto la muestra con precisión. Ahora nos resulta normal pero, durante mucho tiempo, fue algo asombroso. Pensemos lo que habría sido la historia de la humanidad si hubiera registros fotográficos de egipcios, griegos, romanos, de batallas y armisticios. La irrupción de la fotografía liberó a la literatura de la crónica, de tener que explicarlo todo Tarak, un dibujante de 19 años, en Calcuta, en la India de mediados del siglo XIX, desde su ingenuidad comprende la mística que puede tener un retrato fotográfico y decide entregarse a los demás a través de lo que ha aprendido. Cuando la fotografía lo lleva a Inglaterra, como ayudante de un fotógrafo, él, que no conoce la rigidez del orden victoriano, encuentra que la foto es un vehículo para retratar a la gente íntimamente.

P.: Tarak ve la cámara fotográfica como un artefecto que clarifica, como la cámara lúcida de Barthes un siglo después...

D.I.: La fotografía tiene dos maneras de leerse, una espiritual o mística, y otra banal, una mera reproducción de la realidad. Tarak, desde su tradición budista, entiende la fotografía como un elemento perfecto para la introspección, el vacío, el silencio, la oscuridad y la claridad, la pupila, el ojo del ojo, por eso deja de lado dibujar.

P.: Alcanzará a tener su Gioconda, que es la concreción de esas ideas.

D. I.: La expresión de la universalidad de la mujer. Y eso a través de una mujer a la que en su vida pensó que podría acceder. Encuentra, con unos retratos de ella, la forma de expresar todo lo que le estaba pasando. En un paseo por un jardín con Alexandra de Dinamarca, que sería reina consorte de Eduardo VII, recrean a Adán y Eva en el paraíso, dos almas ingenuas, dos personas de la misma edad con una inesperada atracción que rompe todo protocolo.

P.: ¿La fotografía es la forma más modesta del espectáculo?

D. I.: Puede leerse así. Más que la fotografía es la captura de imagen, que es lo que hacen los celulares. Hoy no llegamos a tocar la foto, ya no tiene un proceso. Una de las razones que me llevó a escribir "Un hombre que hacía retratos" fue contar cómo se hacían las fotos en su comienzo. La invención dura 60 años, desde Daguerre hasta que Eastman lanza su cámara Kodak; hasta allí son pasos como los de la aviación, desde el primer vuelo hasta el DC3. Son los años de la reina Victoria en el Reino Unido y su interés por las fotos, interés que crece en la reina Alexandra, de ahí su apertura con Taruk. Pero las fotos empezaron a mostrar también lo que no se quiere ver, las guerras.

P.: ¿Cómo concibió la novela?

D. I.: Se fue armando en mí. Tenía en claro que no haría una novela histórica ni un ensayo sobre la fotografía. Me interesaban las vivencias de una persona que desde un margen colonial encontrase algo nuevo, algo que él intentaba hacer desde el dibujo, y que le abre inesperadas posibilidades, tal vez la de capturar algo que haga hablar al silencio. Por ahí surgió el cruce de culturas: el inglés Douglas, que se convierte en maestro de Tarak, que se queda en la India y luego viaja al Himalaya, y Tarak, a su vez, que se muda a la británica Norfolk, para terminar en Benarés. En el andar aparecerá el marine Keene con la brutalidad de quienes solo piensan en el beneficio que pueden sacar de algo que para otro es el goce de lo que va más allá de lo que meramente se muestra. Curiosamente una parte de la novela la escribí en una de mis visitas a Buenos Aires, en la Biblioteca Nacional. Me importó que la novela estuviera afinada, como si fuera la partitura de una orquesta, y para eso los capítulos que escribía me los grababa y los escuchaba una y otra vez cuando salía a caminar por Milán, y así descubría lo que no funcionaba, lo que no se deslizaba, lo que debía reescribir, lo que obstruía la cadencia que debía tener el texto.

Es una historia contada por el hermano de Tarak y luego se diluye en un gran narrador que lo sabe todo. Creo que finalmente escribí un libro sobre la inocencia, sobre la pérdida de la inocencia, sobre la espiritualidad transmitida a través de un objeto, una cámara fotográfica que deja ver lo que vemos y a veces lo que sentimos.

P.: ¿Qué está escribiendo ahora?

D. I.: Otra novela, "Todos los días del olvido", la historia David Douglas, del maestro de Tarak, contada en primera persona. Aparece en una comunidad budista del Tíbet. No tiene recuerda nada, no tiene pasado. Es como un ser humano reseteado que vuelve a aprender cosas. Eso me permitió hablar de budismo que es un pensamiento que debería tener mucha actualidad.

El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.

Dejá tu comentario