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Isabel Sarli: el ángel y la carne

Diego Curubeto, además de crítico cinematográfico de este diario, dirigió a la estrella en el documental "Carne sobre carne" (2007). En esta semblanza recuerda momentos extraordinarios de su trabajo junto con ella.

Isabel Sarli sabía mucho más de cine de lo que la gente podía suponer. No sólo porque veía películas todo el tiempo sino porque, en su era de oro como diva sexy mundial de films producidos y distribuidos por la Columbia Pictures, muchas veces llegaba a codearse con grandes estrellas de Hollywood. Por eso, cuando fuimos a San Sebastián para promocionar el documental que dirigí, “Carne sobre Carne-Intimidades de Isabel Sarli”, la única película que ella quiso ir a ver fue la versión restaurada de “La danza de los vampiros” de Roman Polanski. Le encantaba la idea que en esa comedia paródica había un vampiro gay –esa era su escena favorita-, y porque con Armando Bo había conocido al director de “Cul de Sac” y “Repulsion”. Justamente en ese momento supe que el productor inglés de esos dos superclásicos del cine de los 60 había insistido hasta lograr hacer un intercambio de títulos con la dupla Sarli–Bo: ellos les daban participación en algunos de sus films y él les daba para que distribuyeran en la Argentina algunas de sus producciones. “Cul de Sac” y “Repulsión” incluidos”. A Isabel no le gustaba “Cul de Sac”, le parecía demasiado rara y, sobre todo, porque su estreno criollo había sido un fracaso comercial. En cambio “Repulsion” le parecía formidable tanto a a ella como a Armando Bo, que se inspiro un poco en ese psychothriller sobre una sexualidad desquiciada para escribir “Embrujada”. Además, “Repulsión” fue un gran éxito de taquilla en Argentina, que volvían a reestrenar cada vez que se quedaban sin liquidez. Y siempre funcionaba. Por eso, en el sótano donde guardaban las casi mil latas de material cortado por la censura que formó parte de “Carne sobre carne” también había cientos de afiches de “Repulsión” que habían quedado listos para algún posible reestreno cuando Armando Bo aún estaba vivo. También se habían encontrado con el mismo Polanski en varios festivales y, por lo que contaba Isabel a Bo, le molestaba bastante que el director polaco, con su mala fama, se acercara a ella: “Siempre daba vueltas alrededor de mí y era un poco ridículo porque, al lado mío era muy petiso. Yo creo que era un enano degenerado”.

Lograr que Isabel viajara a San Sebastián fue todo un trabajo. Fuimos con su hija Isabelita, y ella llenó a los organizadores de pedidos. Los enloqueció. Yo insistí para que le dieran toda lo que ella pidiera. Las flores y las visitas a la Catedral de San Sebastián cada vez que se le ocurría era lo que más perturbaba a la gente del festival. Una vez abrieron especialmente el mejor restaurant de la ciudad, que quedaba sobre un mirador en una colina, sólo para nosotros. Era una degustación con varios platillos exquisitos de un menú sólo para la ocasión, y conociendo el carácter de la Coca, y su amor por los animales -cosa que no la hacía vegetariana- me preocupé cuando vi que el plato principal era una antigua receta de ciervo. Ella preguntó qué iban a servir y le dije “pollito”, pero cuando le sirvieron lo miró, se levantó con el plato en la mano y preguntó qué era eso: la chef pronunció la palabra “ciervo”. “¡Yo tenía un Bambi!”, gritó. Si Isabelita y yo no nos interponíamos, se lo tiraba por la cabeza. Luego Isabelita le recordó que también había tenido un ternerito y no por eso no dejaba de comer bife. Isabel le dio la razón , pero igual no probó el ciervo.

Entre las novecientas y pico de latas con celuloide a revisar para incluir en “Carne sobre carne” no sólo había material censurado en distintos países. También trailers publicitarios para distintos países, entrevistas de TV realizadas en varias partes del mundo (había uno en Australia en el que Isabel, con vaso de whisky en la mano, afirmaba que iba a interpretar a una ninfómana en “Fuego”, hablando un inglés muy aceptable) y también mucho material de descarte que había quedado fuera del montaje de los films por distintos motivos. Entre esto muchas tomas de Isabel topless que, evidentemente, no eran cortes de los censores. “Ah, son de cuando salía bizca”, explicó Isabel, y demoramos un rato en entender que no se refería a sus ojos. Otro descarte raro era de la una de las dos únicas películas que no dirigió Armando Bo con ella (mientras estuvo vivo, desde ya): “La diosa virgen” del sudafricano Dirk de Villers (la otra fue “Setenta veces siete” de Leopoldo Torre Nilsson). Había una toma en la que la “diosa” caminaba unos veinte pasos hacia un árbol en medio de la sabana africana, todo muy bien filmado tomando de espaldas a la actriz, pero un par de veces Isabel se detenía y le decía algo muy enojada. “Es que Dirk de Villiers era un tarado, y yo le tenía que explicar que la gente pagaba para ver mis tetas, no mi culo!”.

El poder que Isabel seguía teniendo sobre los miembros del equipo técnico de sus películas aún seguía surtiendo efecto, aun cuando era el año 2005 y habían pasado décadas desde el rodaje de su última película con Armando Bo, “Una viuda descocada”. Para nuestro rodaje de entrevistas citamos a varios de los entrevistados en la gran casa de Isabel, cosa que permitió porque era mi cumpleaños, si no ella no dejaba entrar a tanta gente. Yo había convocado al foquista de la mayoría de sus clásicos, un técnico que había estado en su carrera casi desde el principio en títulos como “Sabaleros”, donde Isabel había contraído hepatitis por una escena violenta en la salida de las cloacas. A ella no le gustaba mucho recordar el episodio, pero que debía mencionarse por ser importante para ilustrar el realismo de sus films. El foquista empezaba a hablar, pero cada vez que advertía que Isabel lo miraba se quedaba paralizado. Tuve que llevarlo a la otra punta del lugar, donde la vista de la Coca no llegara.

Ayer muchos medios televisivos le dieron edades distintas a Isabel Sarli, algo entendible porque a ella no le gustaba confesarla. En España logramos que el diario “El País” le diera una nota en la doble página central anunciando nuestro film, pero cuando vio el artículo, que era todo a favor, se enojó muchísimo por el título “La diva septuagenaria del cine erótico regresa en un documental contra la censura”. En este orden de cosas, armar un contrato con ella fue complicado, por supuesto, por el arreglo económico, pero sobre todo porque había que hacerlo ante un escribano y ella debía mostrar su documento. El problema detuvo la producción por varios meses, hasta que un día le dijimos junto a mi socio, el recientemente fallecido Javier Finkman, que le juramos que olvidaríamos todos los datos sobre su DNI. Insistimos semanas hasta que nos creyó.

Antonio Gasalla es fan de las películas de Isabel Sarli. Una vez me contó que, en los 70, era común que cuando la Coca estrenaba un fillm en Nueva York, hiciera una fiesta en su lujosa quinta a modo de regreso triunfal a la Argentina. Estaba invitado todo el jet set criollo de la época, como Mirtha Legrand y Tinayre, Susana Giménez y Monzón, Moria Casán, y a veces “medio colado” también Gasalla, que contó que los invitados esperaban un rato largo, todos vestidos de gala junto a Armando, que Isabel bajara por una escalera par hacer la entrada perfecta de diva. Sólo que de repente podría bajar dos escalones y decir algo así como: “Armando, me siento indispuesta, diles que se retiren”.

Teniendo el permiso de Isabel para preguntarle cualquier cosa que me pareciera útil, por más indiscreta que pudiera ser, empecé por su encuentro con el presidente Juan Domingo Perón, que la había convocado para una reunión antes de que fuera a los Estados Unidos como Miss Argentina para la competencia de belleza mundial. Primero confirmó que estuvo un rato a solas con el presidente. Luego coincidió en que, en ese momento, Perón ya era viudo, y que sin duda le gustaban las chicas jóvenes. Pero luego explotó en furia cuando le pregunté si había pasado algo, o si al menos Perón se había tirado un lance. “¡Usted está loco!”, me gritó. Yo me defendí explicando el gran golpe mediático que podría ser contar un affaire entre Perón y la Coca. Ella seguía enojada. Entonces le dije que tampoco estaría mal un título de la prensa que dijera “Isabel Sarli niega su affaire con Perón”. Ahí seguía diciendo: “¡Usted esta loco!”, pero la explosión ya era de risa.

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