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Italia en su hora de ajuste

Europa podrá vivir sin Grecia -como masculló el ministro francés Jean Leonetti- pero cómo hará para deshacerse de Italia sin perecer en el intento. Papandréu e mobile. Cual pluma al viento. ¿Ma Berlusconi? No da el perfil. Aunque el Financial Times ya escribió las líneas de una ópera bufa. El hombre sensato -Giorgio Tremonti, ministro de Finanzas- dicen que dijo: «El lunes habrá un desastre en los mercados si tú, Silvio, continúas en tu puesto y no te vas. Porque el problema para Europa y los mercados eres, de hecho, tú». En Atenas con similar brusquedad el encargado de las finanzas -Evangelos Venizelos- le enmendó la plana a Papandréu. ¿Exceso de ambición de la tecnocracia? No es un afán personal: otro economista, el eminente Lucas Papademos, es de veras la mejor carta para restañar la reputación de la política griega. Y si el Commendatore quisiera librarse por fin de la sapiencia insolente de Tremonti (hace tiempo que quiere y no puede) no tiene más que echar mano a Lorenzo Bini Smaghi, del Consejo de Gobierno del BCE. Si a instancias de Berlusconi, Bini torna a Sorrento, Europa no sabría qué hacer con el estratega milanés (ya le pasó con Gadafi), si matarlo o abrazarlo. Se conoce el drama interno que lacera al BCE. Tras la asunción de Mario Draghi en reemplazo de Jean-Claude Trichet, la institución tiene a dos italianos en posiciones de comando y a ningún francés. Bini Smaghi sobra, pero es sordo a las sugerencias de renuncia. Silvio pudo -debió- ser más amable. Con designarlo al frente del Banco de Italia cesaba el entuerto. No quiso (y ahora sufre la ira). ¿Quizás fue porque con gran sentido teatral imaginó una salida que, a la par, reforzaría su autoridad? Ya se sabrá. Aun así, con todas las incógnitas del caso, hay que anotar la jugada de Papandréu y el auge repentino de los técnicos en una arena que no es la suya. Político que huye sirve para otra guerra (y para otra causa). Convendría que los colegas mediten -no les vendría mal cruzar palabras con Domingo Cavallo- antes de ensartarse en la vorágine. ¿Tiene sentido arrebatarle a Papandréu el estandarte de un ajuste que fracasó y reinventarlo como un súbito campeón de la democracia? La política -como la economía- es un oficio. Y los políticos lo conocen mejor que nadie. En España, donde el ajuste es duro pero sin zozobra, el poder pasará de un político de profesión a otro. No se espera al economista salvador.

Tanto hablar de Grecia que alguien pudo haberse olvidado de Italia. No, por cierto, los mercados. Ni Angela Merkel. Ambos tienen a la península entre ceja y ceja. La crisis golpeó las puertas de Roma a mediados de julio. Italia es el tercer mercado de bonos más grande del mundo. Y si tropieza Europa no podrá sostenerla por si sola (como podría con Grecia, Irlanda y Portugal juntos). La crisis al hostigar a Italia dio un peligroso salto de calidad. Y no se le supo encontrar la vuelta. Si Italia no volcó es porque desde agosto el BCE compra su deuda en los mercados secundarios. A regañadientes. Como una medida temporal de excepción. Sin un objetivo de tasa de interés. Y hasta hace poco en cantidades presumiblemente decrecientes (no se sabe a ciencia cierta porque el BCE no discrimina las compras por país) que han permitido que las tasas de interés treparan de nuevo a niveles récord. El viernes el bono a diez años llegó a rendir el 6,40%. No fue Papandréu quien anticipó que el plan europeo de la última cumbre haría agua. Fue Italia con una pobrísima subasta de bonos.

¿Acierta el ministro Tremonti cuando acusa a Berlusconi de ser el problema de Italia? Comparado con Rodríguez Zapatero, su gestión es muy inferior. Titula El País de Madrid: «Presume Zapatero de haber evitado un plan de rescate para España». No hay que restarle mérito: España era el siguiente en la lista de acusados. Ahora es Italia. En Cannes Berlusconi debió forcejear para evitar la humillación de una línea de crédito precautoria del FMI. Mas tuvo que aceptar el monitoreo del FMI sobre sus promesas de ajuste y reforma estructural. Imposiciones ambas de Berlín. No obstante, Tremonti se queda corto. La mano de hierro de Merkel tiene todo que ver con las penurias de Italia. Basta revisar sus cuentas públicas. Una deuda pública muy alta pero estable en el tiempo. Italia no crece pero su deuda tampoco. Otra rareza: tiene superávit en las cuentas operativas (antes del pago de intereses). Según la metodología de la OCDE, también el mejor resultado primario subyacente de todos sus miembros. El problema de Italia (se acepta que Berlusconi no es el pater familias modelo) son las tasas de interés que tiene que pagar. Es más una víctima de la crisis que su provocador. Nada que un buen ejercicio de relajamiento cuantitativo a cargo del BCE no pudiera haber evitado. Lo mismo que una adecuada inyección de capitales a la banca europea. Ítems de mala praxis que no son atribuibles, por cierto, a Berlusconi. Y se sienten a pleno. Tómese, como ejemplo, el último balance de un banco francés de los grandes, BNP Paribas. En tres meses, podó el 40% de su cartera de bonos italianos. ¿Insatisfacción ante las políticas de Roma? También recortó el 82% de los españoles. No es eso: es la previsión de una dinámica de embudo. La deuda europea no tiene un palenque donde aferrarse, a los bancos europeos se les exige capitalizarse, y deben (y prefieren) achicar posición (antes que buscar inversores). El BCE, en tanto, permanece impertérrito: sube (o subía) sus tasas, achica su hoja de balance, compra los saldos de bonos a la venta sólo cuando hay intranquilidad (sin dejar de esterilizar su efecto monetario). Se entiende que nunca hay mal que por bien no venga: la crisis sirve para meter a Italia en el brete y forzarla a reformas que nunca haría si tuviese libertad de maniobra. Es lo que permite la agenda de Merkel. Esa plataforma de purificación que ella misma reconoce que llevará diez años antes de arrojar resultados concluyentes. Los que sobrevivan sabrán dar las gracias. Pero mientras tanto hay que lidiar con el día a día que es mezquino y cruel y tratar de no acabar como Grecia. Desde ya que reemplazar a Berlusconi aportará un golpe de efecto favorable, pero... ¿y después? Si el ajuste durará años, y el descontento no se esfumará pronto, ¿quién gobernará a Italia? La versación económica se precisa donde está el poder efectivo, en Berlín y Francfort. Para presidir la frustración que Merkel tiene en mente hará falta un tremendo caudal político. En la Italia fragmentada de nuestros días, ¿quién otro lo posee?

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