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Jorge Diciervo: una seductora danza de formas geométricas

La observación de sus obras permite escapar de la realidad que nos rodea, hostil muchas veces.

Los protagonistas de Jorge Diciervo (Buenos Aires, 1947) son conos, triángulos, rombos, formas ovoides, cuadrados, rectángulos, arcos, pirámides, anillos. Formas silenciosas que buscan su lugar en el plano, a veces se enlazan, se continúan; otras están dispersas pero seguramente se van a reunir para brindar una compleja composición. Es una danza permanente sobre un plano generalmente oscuro, tenebroso, al que iluminan magnéticamente según la elección del color que nunca caerá en un estallido.

Han pasado más de cuatro años desde su anterior exposición en el Paseo de la Artes Duhau, al que actualmente vuelve, para demostrarnos su destreza pictórica.

Sin embargo, sus obras carecen de aquello que pudiera rozar lo estentóreo, creemos que son esas formas geométricas las que imponen su presencia mesurada. No espere el contemplador asiduo de Diciervo encontrar cambios notables; por el contrario, estos son sutiles, leves, aparecen en el cómo el artista va sumando estas formas que se entrelazan, conviven unas al lado de otras, buscando siempre el equilibrio, sobre todo aquellas que buscan la verticalidad y también cierta claridad solar que aparece en los fondos, alejada del tenebrismo que lo caracteriza.

Hacia fines de los 80 se distinguió por utilizar como soporte lonas de camiones, con sus imperfecciones y costuras en tonalidades grises, actualmente en extinción, pero como confiesa, todavía conserva algunos retazos para incluirlas en sus obras actuales. En ese momento Diciervo se interesaba por el “arte povera” al que tuvo acceso cuando en 1983 ganó la Beca Francisco Romero (Italia) y sus influencias fueron nada menos que Burri, Tapies, Millares. Al seguir su trayectoria, volvemos a sostener que Diciervo pertenece a una generación ajena a las impuestas reglas del arte en las que el artista se ha convertido en un “entrepreneur”, una rara avis en un sistema en el que impera la regla del mercado y no el de la reflexión sobre el arte.

Es precisamente la reflexión sobre el arte la que ha llevado a varios críticos a coincidir sobre “el orden en su discurso”, “la prudencia de su paleta”, “el misterio de sus cuadros”, “un dibujo que preside al todo desde una eje-cución impecable”, “las formas que pueblan sus cuadros tienen vida propia” “su anclaje en sólidas superficies es totalmente atemporal, por eso insólito e inquietante”, “con sus construcciones , con reminiscencias de alquimistas arcaicos, rehúye toda sentimentalidad” y un largo etcétera sobre el equilibrio de la composición y el vigor de la propuesta.

La observación de sus obras permite escapar de la realidad que nos rodea, hostil, muchas veces obscena, una ventana hacia lo onírico, lo poético, un alto en nuestro agitado devenir. (Hasta agosto. Av. Alvear 1661).

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