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Komiseroff: "Todo es ficción, incluso la realidad"

La escritora editó "Una nena muy blanca", su segunda novela. Una tragedia griega del otro lado de la General Paz.

Mariana Komiseroff es escritora, directora y crítica de teatro. Tras su exitosa ópera prima De este lado del charco (Conejos, 2015), la autora vuelve a la carga con Una nena muy blanca (Emecé, 2019), una novela que, en línea con su predecesora, indaga el submundo de un drama familiar bonaerense utilizando recursos de la tragedia griega. En diálogo con Estilo Á, la narradora analiza el flamante libro.

¿Cuál fue la idea disparadora de “Una nena muy blanca?”

Mariana Komiseroff: Vivo en Don Torcuato, fui a la secundaria en turno vespertino porque quedé embarazada a los 15 años. Si bien la novela no se trata sobre la maternidad adolescente, empecé a descubrir que cada historia familiar de cada una de mis compañeras era una tragedia griega. Después de escribir mi primera novela, que también gira en torno a los dramas familiares, pensé en historias muy cercanas de amigas, y en las mías propias también, y dije “loco, esto es tragedia griega pero del conurbano”. Lo pensé con esa soberbia; me dije “voy a escribir una tragedia griega del conurbano, con la clásica estructura de tragedia”. Intenté escribir cuatro episodios, un éxodo, y un coro. Después se desvirtuó todo y se desarmó la estructura de la tragedia. El coro resultó en la voz de la madre, que sería una suerte de corifeo. La idea originaria es la tragedia griega pero cruzando la General Paz.

¿Cómo se hace para conjugar la solemnidad de la tragedia griega con historias marginales del conurbano bonaerense?

M.K.: La primera dificultad fue que la estructura de la tragedia no me servía para contar lo que quería. Me guíe por la narración y los sucesos en sí, y desestimé la estructura que fijé. Yo había imaginado un coro, que es en plural, y no podía escribir en ese registro. Había pensado algo como en Cámara Gesell de Sacomanno, pero al final quedó la voz de la madre. Figura como una canción que no termina nunca. Después tuve dificultades como en todo. A veces trabajar el verosímil en el contexto del conurbano sin hacer Macondo de García Márquez es complicado, porque los barrios en sí ya tienen esa estética, entonces el desafío fue cómo contar sin ser García Márquez, que tampoco me da la nafta, tener una impronta propia y que sea verosímil para otros lectores que no están inmersos en esa realidad.

Mencionás que te basaste en experiencias cercanas y en la tuya propia como madre adolescente, ¿en qué te sumó y en que restó esa cercanía?

M.K.: No puedo especificar con una respuesta del tipo “esta escena la viví porque”, me parece que no tiene sentido. Me conmueven más las historias susceptibles de ser narradas que los hechos en sí mismos. Más que las muertes, me conmueven las narraciones sobre las muertes. A partir de eso, ya no importa: todo es ficción, incluso la realidad. Creo que es eso.

Los personajes principales de la novela son mujeres. A partir de los tiempos que corren, ¿sentiste algún cambio a la hora de crearlos?

M.K.: Yo era feminista aún no nombrándome en esos términos. Incluso me empecé a nombrar feminista cuando era muy incómodo, hoy es relativamente cómodo y fácil, y algunas personas se nombran a sí mismas feministas sin que esto sea demasiado disruptivo. Hace cinco años atrás era mala palabra. La novela la terminé de escribir en 2015, y por los tiempos editoriales acaba de salir. Sus temáticas hoy están en boca de todos. En mi novela anterior, también tengo personajes femeninos fuertes y las problemáticas relacionadas al género ya me interpelaban e interesaban. La verdad no noto un cambio estructural o ético con respecto a los personajes; vengo trabajando en esa línea hace mucho tiempo, pero sí me estoy planteando el empoderamiento. Cómo se cambia la realidad. El arte no puede cambiar el mundo, pero aún así me incomoda seguir produciendo arte, como esas películas en las que las minas siempre están hechas mierda, y yo me pregunto si estoy haciendo algo diferente. Todavía no me sale una literatura un poco más optimista con respecto a los roles femeninos. Me parece que es porque estructuralmente yo soy una persona pesimista, más allá de la militancia.

Komiseroff

Hace poco disertaste en la Feria del Libro y dijiste “no van a parar de matarnos porque escribamos libros” ¿Qué rol crees que deben tener las autoras en el movimiento de mujeres?

M.K.: Lo que nos queda a las mujeres es sobrevivir. Fui a buscar unos datos estadísticos del libro “Los hombres me explican cosas” de Rebecca Solnit y dice: “En los EE.UU. cada 9 segundos una mujer es agredida físicamente. Solo para que quede claro: no cada nueve minutos, sino cada nueve segundos. Es la principal causa de lesión en las mujeres estadounidenses. De las dos millones de mujeres agredidas físicamente cada año más de medio millón requieren atención médica y unos 145 mil requieren al menos una noche de internación”. Y agrega: “Los maridos son también la principal causa de muerte entre mujeres embarazadas de los EE.UU. Las mujeres entre los 15 y los 44 años tienen más probabilidades de morir o de ser lesionadas o desfiguradas debido a la violencia masculina, y debido al cáncer, la malaria, o las guerras, y los accidentes de tráfico juntos”. Lo que nos queda es resistir.

¿Y cómo se hace desde el plano de la escritura?

M.K.: Las resistencias de las mujeres y las disidencias no son las mismas que las del sector masculino hegemónico. Recién estamos ingresando al mercado editorial, ni hablar de las escritoras del conurbano. No es lo mismo un autor varón al que ya publicaron; son distintas resistencias a la crisis del sector. Igual, me parece que es más importante sobrevivir que la crisis editorial. No es un tema menor, pero me interesan más otras cuestiones. Ahora corremos el riesgo de que lo que antes eran libros de mierda, libros femeninos, ahora son libros “feministas”, y no todos los libros escritos por mujeres son femeninos o feministas. Hay una gran cantidad de autoras que no hacen libros feministas. Está todo bastante confundido. Uno de nuestros grandes problemas es que las escritoras nos leemos entre nosotras.

¿Qué considerás urgente por cambiar?

M.K.: Hace poco me hicieron una entrevista en una universidad de periodismo, y uno de los varones que estaba en el encuentro dijo que revisó sus propias prácticas como lector y que no leía mujeres. Me pareció un gesto en líneas de la deconstrucción masculina. Siempre estamos viendo el cupo, cuánto es el margen de mujeres que salió en un concurso. También pienso si como lectoras leemos escritoras trans y si pensamos que la expectativa de vida de una mujer trans es de 35 años. Entonces después me replanteo y digo “bueno, pero si estamos pensando que su expectativa de vida es de 35 años, tratemos de que sobrevivan más tiempo con una mejor calidad de vida”. Después, si tienen la posibilidad de ser escritoras, mejor; yo quiero que las escritoras trans que están ahora les leamos todos. Tienen muchísimas cosas más que decir que cualquier escritora cis.

¿Actualmente en qué estás trabajando?

M.K.: Estoy escribiendo una novela. Tuve la fortuna de ganar la beca de la Creación del Fondo Nacional de las Artes en el 2017. Por ahora se llama “Gente que no sabe dormir”. También estoy dirigiendo una obra que se llama Istmo de las Fauces, todos los viernes desde las 21 horas en el Teatro Belisario, Corrientes 1624.

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