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La “Adriana” de la discordia

• DIÁLOGO CON ANÍBAL LÁPIZ, VESTUARISTA Y DIRECTOR ESCÉNICO DE LA ÓPERA CON LA QUE EL COLÓN ABRE HOY SU TEMPORADA LÍRICA
Con Virginia Tola en el papel protagónico de la ópera de Francesco Cilea, que la semana pasada abandonó intempestivamente -según su conocida costumbre- la diva rumana Angela Gheorghiu, el Teatro Colón da hoy inicio a su temporada lírica del año.

Luego del escándalo y las acusaciones cruzadas que desató, la semana pasada, la renuncia de la soprano rumana Angela Gheorghiu al protagónico de la ópera "Adriana Lecouvreur" en el Colón, finalmente el Teatro abrirá hoy su temporada lírica, como estaba previsto, con la soprano argentina Virginia Tola (originalmente prevista para encabezar el reparto nacional). El elenco de la ópera de Cilea se completa en las funciones del 14, 18, 21 y 16 con Leonardo Caimi, Alessandro Corbelli, Nadia Krasteva, Fernando Radó y Sergio Spina, entre otros; en las funciones del 19 y 25 cantarán los papeles principales Sabrina Cirera, Gustavo López Manzitti, Omar Carrión, Guadalupe Barrientos, Lucas Debevec Mayer e Iván Maier. La Orquesta Estable será dirigida por Mario Perusso, la escenografía corresponde a Christian Prego y el vestuario y dirección escénica a Aníbal Lápiz, con quien dialogamos.

Periodista: ¿Cuál es su concepto de esta ópera?

Aníbal Lápiz: Me remito a la época. Hay obras que a mi modo de ver no pueden ser sacadas de época, sobre todo por un tema de texto. Es una obra musicalmente bellísima, pero el argumento tiene algo de "vaudeville" francés, que no es un género que me enloquece. Es una obra difícil porque tiene muchos bocadillos, todo el mundo entra y sale todo el tiempo, y se trató de poner énfasis en el movimiento, en la idea del mundo del teatro, que es muy movido, y de pronto la paz en los dúos, las escenas de amor. La idea es respetar la época barroca hasta sus últimas consecuencias, porque creo que esta ópera es eso, y al sacarla de época resultaría pasada de moda. Hay que acentuar lo relacionado con la situación.

P.: De todas maneras, como sucede con otras óperas, es un argumento francés muy italianizado. ¿Eso se refleja en su puesta?

A.L.: Sí, siempre está la mano de los italianos. Busco reflejar el refinamiento, aunque sea una lucha. Y también otras cosas: por ejemplo, cuando el Príncipe va al teatro, ¿a qué va? No sólo a ver a la Duclos: va a ver a quién conquista. Eso lo muestro en la primera escena. Marco mucho la personalidad de cada uno, como la bondad de Michonnet, que no deja de ser un perdedor. Las chicas, Jouvenot y Dangeville, son chicas un poco "sacadas", son coristas que están en los teatros viendo cómo progresan, sin importar a costa de qué. Y me interesa mostrar esa personalidad buena de Adriana. Ella y Michonnet son los únicos personajes buenos: los otros están en la suya. La Princesa es una persona muy mala, y quiero que eso se vea, por obvio que parezca decirlo. Sólo sonríe una vez en la obra; el resto del tiempo es muy desagradable. Todo eso se da en un marco de mucho lujo. La escenografía y el vestuario están siendo trabajados con muchísimo detalle, más que nada porque ahora las funciones se filman, y le doy mucha importancia a eso.

P.: En el trabajo actoral, ¿prefiere transmitir su visión al cantante o ver lo que él propone?

A.L.: No tanto lo que el cantante propone, porque ellos están a disposición de uno. A mí me gusta mucho ver el detalle, porque eso yo lo hacía con Roberto Oswald: cuatro ojos ven más que dos. Yo los dejo, pero llegado el punto les digo: "Más refinamiento, menos gestualidad". En una obra como ésta, en la actuación hay que tener en cuenta cómo se movía la gente de esa época, a veces con miriñaques de un metro. Eso condiciona el movimiento. Si el cantante prefiere pasar por otro lado para llegar a la misma situación, a mí no me preocupa. Lo permito porque sé que el cantante está más libre, no lo impongo "porque lo digo yo". Es difícil, porque esto no es como en el teatro, donde se ensaya meses y se sabe quién va a actuar. Aquí, como en este caso, hay alguien que no aparece y hay cambios de último momento. La ópera tiene una condición rara. Después de tantos años he visto de todo, desde lo mejor hasta lo peor. Pero hay que tratar de que haya una lógica teatral. Eso sí me preocupa.

P.: Además el cantante está constantemente condicionado por la música.

A.L.:
Exactamente, tiene que adaptarse a ella. Por eso los admiro tanto. Hay que estar, tenemos que estar, muy locos, pero también es gente muy inteligente. Y después están aquellos que sin que uno se dé cuenta se le van de las manos, o empiezan a exagerar o a hacer cosas que uno no le marcó. Y el problema es que esas cosas se las endilgan a uno. Si está fantástico, es fantástico él; si es un queso, es culpa del regista. Hay mucha gente que no se sabe mover, y no tiene que ver con las medidas, el peso o la altura. Hay gente potente y súper ágil, y otra que no se sabe mover. Y eso no se enseña en 15 días.

P.: ¿De qué manera influye en su tarea actual como director de escena toda su trayectoria como artista visual de teatro?

A.L.: Son muchos años de estar en los ensayos. Una vez, haciendo una "Walkyria", James Morris me dijo: "Debe ser el único diseñador de vestuario que se queda en los ensayos". Y sí... yo amo la ópera, no hago "ropita". Yo trabajo en favor del artista, voy a hacer que esté contento y que se lo vea bien, porque no hay peor cosa que una persona que se siente incómoda o ridícula en su ropa. Esto también es un trabajo en equipo. Eso de decir, como un artista conocido, "a mí me fue muy bien", no sé qué quiere decir. Nos tiene que ir bien a todos.

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