Opiniones

La agonalidad como desafío

En las últimas semanas, los argentinos asistimos a una clase magistral de política con precedentes difíciles de hallar desde la vuelta de la democracia. La búsqueda por hallar fórmulas competitivas que logren en octubre disputarse con efectividad el poder de moldear nuestra realidad, ha mostrado ribetes que más de un libretista de Netflix o HBO quisiera poder replicar.

En el griego, la palabra “agón” señala la disputa, el desafío y la lucha. En la jerga política, esa que se masculla en las pequeñas oficinas y bares emblemáticos alrededor del Congreso de la Nación y de la Casa Rosada, la expresión “política agonal” remite a estos momentos en los que lo trascendente se evanece detrás del polvo del combate coyuntural, y la mente de quienes conforman ese círculo rojo de dirigencia, se concentra pura y exclusivamente en ganar elecciones.

No está mal. Es parte de la dinámica propia de las repúblicas democráticas competitivas y, con matices culturales, se sucede de un modo u otro a lo largo y ancho del mundo, en todo país que defina sus destinos a través de las urnas. El problema es el día después.

Según datos del INDEC la pobreza en Argentina ronda hoy el 32%, lo que desagregado por rangos etarios, aumenta hasta un 51% en niños y adolescentes. Observando distintas mediciones, públicas y privadas, la evolución de la pobreza en nuestro país ha sido marcadamente negativa en las últimas décadas. Y lo que resulta más desafiante es que si quisiéramos recurrir al imaginario de que ésta es la regla en Latinoamérica, casos como los de nuestros vecinos nos dejarían más en evidencia.

Según datos del instituto oficial de estadísticas de Perú, la pobreza pasó de más de un 40% en 2007 a un 20,5% en 2018. Y la misma tendencia se ha observado en nuestros vecinos, Chile o Perú.

Es evidente para cualquier lector que la política está en deuda. Pero si bien la primera ilusión de que la democracia era razón suficiente para vivir, comer y educar se disipó tras el sostenimiento sistemático de nuestro mal predilecto, la inflación, acompañada de un quiebre institucional aún poco comprendido como el de 2001, el ya señalado aumento multidimensional de la pobreza, la caída libre de nuestros estándares educativos, la presencia creciente del crimen organizado, entre otros flagelos, aún persiste la sana idea de que es a través de la política que podremos encontrar solución a nuestros problemas.

El desafío será entonces dejar atrás la agonalidad supina, lograr acuerdos, abrazar las bases modernas que aún con sus respectivas pinceladas autóctonas, aceptaron nuestros vecinos regionales, y comenzar el camino hacia el progreso real.

Y esto solo podrá ocurrir cuando esa agonalidad vertiginosa y perenne se diluya en ese último voto efectivamente contado y nos encontremos luego, lado a lado, unos con otros, como en un mundial en donde lo que está en juego no es una copa, sino la posibilidad real de dejar atrás nuestro atraso estructural.

Porque aunque a los argentinos aún nos cueste comprenderlo, si el presente es siempre lucha, el futuro jamás será nuestro.

(*) Politólogo. Profesor de Políticas Públicas de la Maestría en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE.

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