Opiniones

La Argentina es de corto plazo

Argentina reniega hacer las reformas estructurales que le permitan volver a ser un país normal. El tercio de la población bajo la línea de pobreza (dato que recrudece cuando se analizan los chicos menores de edad, donde la pobreza llega al 50%), inflación interanual del 57% (lo que nos ubica dentro de los países con más inflación del mundo) y un estancamiento que cumplirá en algún tiempo más una década, parecen no ser razones suficientes para permitirnos pensar en un país distinto.

Dentro de nuestro rechazo por el cambio estructural, nos conformamos con pequeñas cuestiones cotidianas. Nos tranquilizan algunos días de paz cambiaria (a pesar que en algo más de un año nuestra moneda perdió más de la mitad de su valor), algún punto menos en los niveles exorbitantes de riesgo país y hasta festejamos una desaceleración marginal de la inflación. Lo más insólito es que muchos creen que esto puede transformarse en una tendencia y perdurar a través del tiempo.

Tres grandes reformas debe encarar la Argentina. En primer término, una gran reforma del Estado, en términos de gasto público y presión impositiva. Se deben eliminar empleos públicos, reducir gastos políticos, subsidios y todo lo que sea necesario para lograr tener un Estado pagable. Como contrapartida, bajar impuestos: tenemos una de las presiones fiscales más elevadas del mundo con contraprestaciones magras lo que implica que sea imposible competir con prácticamente cualquier país del mundo y donde nos obliga a dilapidar nuestro tiempo en pensar como pagar impuestos y no en como producir mejor, mejorar la calidad o buscar nuevos mercados.

La segunda reforma necesaria debe darse dentro del ámbito laboral. La ley laboral argentina tiene sus orígenes allá por mediados del Siglo XX y debemos adaptarla a la modernidad. La concepción de nuestras leyes se basó en el intento de proteger al trabajador de las grandes corporaciones. Hoy son éstas las únicas que pueden soportar el atraso en materia laboral que sufre la Argentina mientras que las pymes (quienes son responsables de generar el 70% del empleo privado) sufren las consecuencias del atraso: juicios laborales que las llevan a la quiebra, convenios colectivos de trabajo promovidos por dictaduras sindicales y salarios no siempre acordes a la productividad o las necesidades del mercado, transformando en un suplicio toda iniciativa de inversión o crecimiento impidiendo pensar una Argentina mejor. Las leyes laborales, los sindicatos, la política y parte de la justicia han logrado en conjunto que un tercio de los trabajadores se encuentre al margen de la ley.

Por último, la reforma previsional. En los últimos 15 años hemos cargado al sistema con un 55% de beneficiarios que no realizaron sus aportes completos. Más de la mitad ingresó al sistema previsional con algún tipo de moratoria y esto ha terminado de pulverizar el futuro de nuestro sistema jubilatorio. La ANSES (sin tener en cuenta el rendimiento del Fondo de Garantía de Sustentabilidad, conformado por la confiscación de los aportes a quienes teníamos nuestros fondos previsionales en las la extintas AFJP) hoy tiene un déficit que ronda el 33%, déficit éste que es cubierto en buena medida con impuestos que pagamos entre todos (solo como referencia, por cada $ 100 que gastamos, $2,3 van destinados al sistema jubilatorio). Un sistema de reparto donde por cada pasivo que cobra su prestación solo existen dos trabajadores activos (de los cuales un tercio son empleados públicos), es claramente un esquema que no se puede sostener en el tiempo.

Todas las reformas deben debe estar acompañadas por reglas claras y un claro y delineado camino que indique hacia donde vamos: la seguridad jurídica es fundamental para que un país funcione.

La gran brecha existente entre buena parte de los países del mundo y nuestra tierra, es que ellos tienen los objetivos definidos y claros. Luego la discusión la centran en la vía a tomar para llegar a ese objetivo, sin importar demasiado el gobierno de turno. Aquí en cambio pasa exactamente lo contrario: cada cuatro años nos debatimos hacia donde queremos ir. Nos debatimos entre ser capitalistas (y nunca lograrlo) o ser socialistas (y quejarnos luego de sus nefastas consecuencias). Cuando dejemos de pensar en el corto plazo y nos concentremos en cambiar nuestra realidad y estas 8 décadas que nos preceden, las que se han esfumado entre inflación, degradación de nuestro nivel educativo, la sustitución de importaciones como magia, empresarios prebendarios, sindicalismo empobrecedor y políticos que han destrozado nuestro presente, tendremos un futuro en serio, sin pobreza, con educación e integrados en el mundo, ese mundo que ha logrado entender hacia donde debemos.

(*) Analista económico – Docente universitario

El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.

Dejá tu comentario