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La colección Tedesco ayuda a visibilizar lo contemporáneo

Ninguna institución oficial argentina se preocupa por nuestra época, que queda librada al mercado.

La nueva exposición de la colección Esteban Tedesco en el Centro Cultural Borges descubre un actor fundamental en la escena del arte argentino. La colección viene a llenar un vacío, al menos por unos días. Para comenzar, si bien al público porteño y a los extranjeros les interesa ver qué están haciendo nuestros artistas, ninguna institución argentina exhibe arte contemporáneo de modo permanente. La visibilidad de este período del arte, antes a cargo del Centro Cultural Recoleta, ha quedado mayormente librada al mercado, situación que hoy aspira a remontar el MAMBA. El primer Museo de Arte Contemporáneo del país se fundó en Rosario en 2004, pero su excelente patrimonio de 815 obras permanece oculto. La colección Tedesco supera las 1.200 obras, los autores y vertientes coinciden con los MACRO rosarinos, pero su destino no es un museo, todavía. La muestra se llama “Secretos compartidos”, título que puede aludir tanto a la condición casi oculta del arte argentino de producción actual como a la famosa frase de Ítalo Calvino: “La fascinación de una colección reside en lo que revela y en lo que oculta del impulso secreto que la ha motivado”.

En el recorrido por las 160 piezas de la exhibición curada por Virginia Fabri y Eduardo Stupía, abundan las obras cumbre con “calidad museo”. En efecto, si los grandes coleccionistas han ganado fama a través de la historia con su intuición y una capacidad visionaria, Tedesco no es la excepción. Entre sus tesoros exhibe un estupendo dibujo de Adrián Villar Rojas que hoy está en la cumbre del circuito internacional, y luego se fotografía con orgullo junto a las obras de Matías Douville, mientras aclara que las compró durante la primera muestra del artista. Junto a los dibujos de Duville están las obras de la rosarina Mariana Tellería (que representará este año a la Argentina en la Bienal de Venecia). Ambos artistas debutaron en la galería porteña Alberto Sendrós, al igual que Ana Gallardo, Gabriel Chaile, Carlos Huffmann, Leopoldo Estol y Luciana Lamothe, entre otros, presentes en la muestra y dueños de una ascendente carrera. Dato que pone sobre la mesa el papel crucial que juega un buen galerista.

Por otra parte, esta quinta muestra de las obras de Tedesco en el Borges permite comprobar que, en cierta medida, el valor estético y financiero de la colección se acrecienta con el tiempo y escapa a su fatídica censura. Y del mismo modo aumenta el aprecio de los entendidos y el público. El arte se vuelve entonces motivo de orgullo personal y también social. Tedesco cosecha los frutos de su radicalidad extrema y el gusto por las expresiones contemporáneas más atrevidas, compradas cuando esa franja del mercado era accesible. Fundada con la sola guía de un ojo certero y un presupuesto acotado, la colección creció sin mayores aportes que los honorarios profesionales de cirujano plástico. Así reunió Tedesco una colección única. Eso sí. Trabaja desde el alba y hay artistas que cuentan con su infaltable mensualidad.

Da gusto advertir el placer que depara desplegar una colección que permanece guardada en depósitos. Y hay determinadas obras, como los poéticos dibujos de Ernesto Ballesteros, que ejercen una atracción particular. Los fascinantes diseños al lápiz flotan sobre el papel y atrapan la mirada con la levedad del trazo. En la misma tendencia, Mariano Dal Verme construye sus arquitecturas con la fragilidad de las minas de grafito. El abanico es inagotable: va desde las radiantes abstracciones de Verónica Di Toro, Fabián Burgos, Martín Reyna o Magdalena Jitrik, que abren la muestra, hasta el minimalismo de Juan José Cambre, las figuras sinuosas de Fernanda Laguna, la inmensa jungla de Adriana Minoliti, los árboles huecos de Andrés Paredes y la vertiginosa imagen de unos troncos de Alexis Minkiewicz.

El arte es lo que en verdad importa, lo perdurable; sin embargo, se entiende que los coleccionistas ocupen un papel protagónico. Algunos aportan la inteligencia de sus planteos, la tesis que sustenta el conjunto, y basta ver la colección Costantini en el Malba; mientras otros, como el Museo Fortabat, demuestran la existencia de otros mundos y otros reinos con un arte que irradia su energía positiva. Desde luego, el arte se atesora por motivos muy diversos. Desde el puro placer estético, hasta la especulación del que persigue el ascenso social o el rédito económico, muchas son las variables. No obstante, la colección Tedesco arraigada a la vida actual marca un punto de inflexión, contribuye a cambiar el modo de apreciar y legitimar el arte.

La exposición se completa con obras de Pablo Accinelli, Diana Aisenberg, Beto Álvarez, Marcela Astorga, Eduardo Basualdo, Remo Bianchedi, Sofía Bohtlingk, Natalia Cacchiarelli, Oscar Carballo, Grillo Demo, Beto De Volder, Roberto Elía, Elisa Strada, Benjamín Felice, Mariano Ferrante, Mariano Giraud, Nicolás Gullotta, Silvia Gurfein, Graciela Hasper, Ignacio Iasparra, Juliana Iriart, Guillermo Iuso, Silvana Lacarra, Donjo León, Alfredo Londaibere, Marcela Mouján, Nicolás Mastracchio, Eduardo Navarro, Benjamín Ossa, Alfredo Prior, Dudu Quintanilha, Andrea Racciatti, Ines Raiteri, Miguel Rothschild, Rosana Schoijett, Leandro Tartaglia, José Vera Matos, Osías Yanov y Pablo Ziccarello.

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