Opiniones

La diplomacia de la billetera versus el big stick recargado

La modernización tecnológica en América Latina se dirime entre Estados Unidos, proveedor habitual y extendido en toda la región, y China, un emergente con muy buenos precios y alta capacidad de financiación. La región acomoda sus decisiones de acuerdo con su (mayor o menor) capacidad de maniobra y visión estratégica.

Mucho se ha hablado (y escrito) sobre la influencia de las grandes potencias en el espacio latinoamericano, considerando espacio común a este conjunto de países “al sur del río Grande” que, de alguna manera, comparten un pasado similar en cuanto a su advenimiento en naciones libres: la hispanidad. Actualmente, más allá de que los intereses del centro desarrollado no han variado en gran medida, irrumpe un nuevo jugador (China) y la diplomacia embebida (y nunca mejor dicho) en la tecnología.

En tal sentido, es más que relevante observar cuales (y como) son los movimientos de Estados Unidos y China dentro del actual tablero del sector de las telecomunicaciones, el cual está comenzando un proceso de renovación tecnológica sin precedentes como es la migración hacia la Quinta Generación de tecnología móvil, el 5G, de notoria importancia para las economías y la seguridad nacional de cada uno de los países de la región.

Por un lado Estados Unidos, nodo central en producción de tecnología, gigante geopolítico, se vale de su enorme influencia para torcer decisiones de compras de equipamiento de terceros países. Los ejemplos son diversos y sus socios más cercanos son los primeros en soportar las consecuencias.

Así, se puede ver que en Australia, aludiendo razones de seguridad nacional, ha sido recientemente prohibida la adquisición de equipamiento Huawei para el despliegue de la red de 5G. En tanto que Peter Altmaier, ministro de economía alemán de visita en China la semana pasada, le ha manifestado expresamente al CEO de Huawei, Ren Zhengfei, que tendrán en cuenta para todas sus licitaciones de infraestructura de Quinta Generación "la seguridad de las telecomunicaciones en Alemania, la protección de los datos de los ciudadanos y la certeza de que se cumpla la ley alemana". Por último, cabe mencionar que la Cámara de los Comunes de Gran Bretaña está debatiendo sobre si permitir o no que Huawei suministre software y equipos para sus redes inalámbricas 5G, no obstante que en este caso ya se tenían avanzadas las negociaciones. El principal argumento que esgrime Estados Unidos en contra del gigante chino es la sospecha de espionaje a favor de Beijing a través de backdoors abiertos en los equipos de la compañía.

En tanto que del otro lado de un imaginario cuadrilátero, China “ataca” a partir del uso de la excelente relación precio-calidad de sus productos de alta tecnología. Particularmente para América Latina, los montos por los que se ofrece el equipamiento para redes de Huawei y ZTE se presentan muy competitivos, a los cuales sumadas su performance y financiamiento hacen un coctel de gran atractivo para los Estados y también para los operadores privados; los primeros fundamentalmente acuciados por sus exiguos (y/o comprometidos) presupuestos públicos, los segundos (las operadoras de telefonía e internet) interpelados por sus accionistas, que exigen permanentemente una mayor rentabilidad.

En este punto no sorprende el cambio de actitud operado recientemente por la administración Trump hacia la región, la cual ha pasado de prácticamente ignorar geopolíticamente su “patio trasero”, a manifestarse abiertamente preocupada por el avance chino en América Latina. Más allá de la atención (y tensión) que genera el conflicto venezolano, el pronto despliegue de redes 5G en México, Argentina y Brasil propone un frente de batalla entre propios (HPE, Intel, Qualcomm) y “aliados” (Nokia, Ericsson) contra Huawei y ZTE por las licitaciones de equipamiento.

El camino diplomático elegido por Washington es el preferido del presidente Trump: la manifestación de su poder, el big stick a partir de la exteriorización de amenazas puntuales, arteras, precisas sobre los gobiernos regionales. En este sentido, presiona a Brasil con quitarle los privilegios que tienen sus empresas de ofertar sobre contratos del Departamento de Defensa norteamericano; a México con la imposición de barreras (físicas o arancelarias); y a Argentina con retirarle “la garantía” que le concede ante el FMI por su abultado pasivo con esta entidad.

Por el contrario, desde Beijing alimentan las relaciones diplomáticas basadas en el comercio de alta tecnología y una generosa billetera: aquellas naciones que “pican” el atractivo anzuelo de la financiación de largo plazo ofrecida para alcanzar (o mantener) la modernización, abren sus puertas más gentilmente a una lejana y desconocida cultura que cada vez va contrapesando más el soft power de los blue jeans y las películas de superhéroes de Hollywood con más Institutos Confucio e intercambio de estudiantes universitarios.

El desenlace está abierto. Los países de la región deciden como juegan, pudiendo matizar entre uno u otro “lado de la fuerza”, pero corriendo los riesgos que implica (es su caso) la falta de pertenencia

(*) Analista de Relaciones Económicas Internacionales. Tecnología y Geopolítica. ESPADE Estudios para el Desarrollo, www.espade.com.ar

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