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La guerra (comercial) y la paz (monetaria)

Es para fin de julio que los mercados descuentan la primera poda en tasas. Y las rebajas serían tres en total (de un cuarto de punto cada una) para cuando termine el año.

¿Qué fuerza prevalecerá? ¿La guerra (comercial) que fomenta la Casa Blanca o la paz (monetaria) que celan los bancos centrales? El presidente Trump se maneja a los tumbos, choca la economía mundial, espanta a los inversores (aún los fieles), pero, detrás suyo, acude la caballería de la Fed, y Jay Powell rectifica el rumbo. Así, la zozobra vira a la esperanza. Wall Street suspendió los zafarranchos de combate ni bien Powell esbozó la voluntad de tomar cartas en el asunto. La Bolsa está lista para marchar cuesta arriba si la el banco central conduce aguas abajo el sendero de las tasas de interés cortas -¿en doce días? , ¿a fin de julio?- a modo de extintor de incendios. La fe en la Fed todavía mueve montañas.

La economía mundial atraviesa un momento delicado (Christine Lagarde dixit). La pérdida de vigor es notable. Desde junio de 2016 que el ritmo de la expansión no era tan magro, conforme la medición que hizo en mayo IHS Markit (el JP Morgan Composite PMI). La anemia lleva el sello de la guerra comercial que Trump atiza desde el año pasado. La actividad manufacturera global sufre la merma de los flujos de intercambio y la retracción de los planes de inversión y compras de bienes de capital, fruto de la incertidumbre persistente. En consecuencia, las nuevas órdenes de exportación están cayendo (y a una mayor velocidad). La novedad es que el “cuasi estancamiento” manufacturero comenzó a contagiar a la economía de servicios, que era hasta el momento un bastión de fortaleza intacta. Se sabe, el mantra de Trump es America First, pero también su promesa de hacer grande a Estados Unidos está en peligro. La industria nacional que quiere proteger y repotenciar se hundió en mayo a su nivel más bajo de actividad de los últimos nueve años, cuando la oprimía la Gran Recesión. Los negocios que se destruyen en el resto del mundo no se están ganando en casa. Las nuevas órdenes se precipitan a plomo, como no ocurría desde 2009, y “las firmas tienen que cortar producción y empleo”, recita el informe PMI. Y ahora las grandes corporaciones tampoco están a salvo. Que el comercio no es un juego de suma cero queda reflejado aquí mejor que en cualquier pizarrón. Obstruirlo no es gratis. Aunque se lo haga en ultramar pasa factura también a domicilio.

Que Trump corriera a México con nuevos aranceles, cuando ya se cerró el acuerdo por el nuevo Nafta, encendió las alarmas en el tablero de los bancos centrales. Y no son sólo México o la Fed de Powell. Washington sacó a la India del acceso al sistema generalizado de preferencias arancelarias, y en Mumbai, el Banco de la Reserva resolvió bajar las tasas a un mínimo desde 2010. Australia zafó de los gravámenes por un pelo. No obstante, el banco central recortó las tasas (por primera vez en tres años). En Fráncfort, el BCE tampoco se demoró. Mario Draghi reeditó los pases focalizados de largo plazo (TLTRO) que le proporcionan fondos a la banca a tasa negativa para volcarlos al sector privado. Algunos miembros del Consejo Monetario plantearon la posibilidad de hachar las tasas, que están en -0,4%, pero no hubo quórum. Y la Fed tendrá su reunión los próximos 18/19. ¿Estampará una baja de tasas? Difícil. La vacuna Powell Oral ya consiguió evacuar el temor de los mercados. Permite ver si la Cumbre del G-20, a fin de mes, trae un alivio en la pulseada con China, y recién después definir. Es para fin de julio que los mercados descuentan la primera poda. Y las rebajas serían tres en total (de un cuarto de punto cada una) para cuando termine el año.

Entonces, ¿la guerra comercial o la paz monetaria? ¿Qué fuerza prevalecerá? Obligar a los bancos centrales a usar su escasa munición para apagar los incendios de Trump, dada la intensidad del magnate de Queens, no es una buena idea. Sería mejor quitarle el encendedor. O mostrarle la intención. Y el acuerdo entre Trump y México es una señal (tras el fuerte lobby de las compañías estadounidenses y el respaldo de los legisladores republicanos). La aplicación de aranceles es una facultad delegada del Congreso que puede reasumirla si se abusa de ella. La solución mexicana podría servir con China. Le daría a Trump la foto que busca, aunque quizás no el momento Reagan soñado, pero podría encarrilar el conflicto y la negociación antes de que sea demasiado tarde.

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