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La mística religiosa como base de la aventura literaria

Gustavo Ferreyra habla sobre su último opus, "Los peregrinos del fin del mundo". Nuevo capítulo de una serie en progreso, la historia se ocupa de una joven judía que se convierte al cristianismo de una manera atípica.

"Nuestra literatura tiene una tendencia al extrañamiento de la realidad contingente, a no ser localista, lo que le ha dado peculiaridad con respecto a la narrativa del resto de Latinoamérica, pero somos argentinos y desde el lugar que sea marcamos nuestra identidad", sostiene Gustavo Ferreyra, que se ha establecido en un lugar personal dentro de nuestra novelística, como lo confirma con "Los peregrinos del fin del mundo" (Alfaguara). Ferreyra lleva publicadas ocho novelas, de las cuales tres son una saga en progeso de la que forma parte su nievo libros. Dialogamos con él.

Periodista: ¿De dónde surge la historia de Bruna, una porteña judía que quiere convertirse en discípula de Jesús?

Gustavo Ferreyra: Proviene de una novela anterior. Fue discípula de Leonado, "Piquito de Oro", un sociólogo que asesinó a un médico, que va enloqueciendo y tiene delirios mesiánicos; cree que hay que volver al sapiens. Bruna participó en un taller que Piquito dio en un colegio secundario sobre Kalmulkia y los antiguos Kalmulkos, un pueblo no religioso, heredero de los sapiens. Como un biólogo francés del siglo XVIII dijo que eran los más feos del mundo y Nietzsche que "el hombre más feo del mundo había asesinado a Dios", Piquito sostiene que son los asesinos de Dios, que se dicen budistas para ocultar que son los sapiens. Poseída por esa idea mesiánica, Bruna viaja a Kalmulkia y al regreso en París tiene un brote psicótico y la internan. La historia de Bruna Yapolski en "Los peregrinos del fin del mundo" parte de cuando regresa a Buenos Aires. Tiene 28 años, le duele seguir virgen, hace una década que perdió todo contacto con Piquito, pero mantiene su fe mesiánica y redescubre a Jesús. Cree que los apóstoles lo traicionaron porque, después de la muerte de Jesús, volvieron al viejo judaísmo. Bruna se acerca al catolicismo a través de Horacio, un sacerdote amigo del papa Francisco, que proyecta una peregrinación por las sierras cordobesas tras supuestas enseñanzas de San Juan Evangelista, y remedando los Caminos de Santiago en España. Para Bruna, el más joven de los evangelistas, el autor del Apocalipsis, fue el custodio de Jesús, y quien acompañó a la Virgen María hasta el último de sus días. Bruna por momentos siente que quiere parecerse a la judía Simone Weil, que se convirtió en una extraordinaria mística cristiana.

P.: A Bruna la estimula que el padre Horacio puede tener un Evangelio de la Virgen.

G.F.: Cree, en su delirio, que el papa Francisco está al corriente de eso que descubrió el cura Horacio en un viaje a Selcuk, lugar que fue la última morada de la Virgen María, y le ordenó emprender esa peregrinación por las sierras.

P.: Son asombrosos los detalles de la peregrinación.

G.F.:
El camino, los tropiezos, el paisaje, lo que van encontrando, la tumba de un gaucho, carteles extraños, un campo nudista, todo es real. Hice ese camino, no peregrinando. Desde el pueblito de Cuesta Blanca, Cabalango, Tanti, El Durazno, hasta la cumbres de Los Gigantes. El único que sabe el sentido de la peregrinación es el cura Horacio. Bruna cree que algo le va a ser revelado, que algo hay. Y algo hay.

P.: ¿Escribió una novela de fondo religioso en la tradición de Leopoldo Marechal?

G.F.: Lo filosófico metafísico fue apareciendo con la novela sobre Piquito, su delirio mesiánico me fue acercando a la religión. Fue una ampliación de miras. Se empieza siendo racionalista y luego se comprende que las dimensiones de los humano abarcan también lo irracional. Los sentimientos religiosos siguen siendo esenciales en la vida social. Están en los pastores de la televisión pero también en los rasgos mesiánicos de los políticos. Busco ver qué es lo que mueve hacia los misterios pero no intento reflejar estereotipos religiosos. La monja, las catequistas, los curitas que van en la peregrinación lo son a su manera. No veo la relación con Marechal, no soy lector de su obra.

P.: ¿Por qué repitió la forma narrativa de su celebrada novela "La familia"?

G.F.: En "La familia" la historia de la familia se mezcla con la visión personal del protagonista. Contrasta un narrador omnisciente con un monólogo interior. Eso comenzó en "El director" y pasó por "Piquito de Oro", "Doberman", "La familia" y llega acá. Es un período de mi narrativa. El monólogo nunca agota la novela, lo superpongo con el oasis de un relato general porque el discurso interior es agotador. Bruna va pensando a lo largo de la peregrinación, y es interrumpida por todo lo que la rodea: la cotidianeidad de una andanza, la banalidad de las necesidades diarias, la vulgaridad de los deseos primarios. Los sagrado y lo profano se mezclan.

P.: ¿Cómo llega a las herejías de Bruna?

G.F.: Cuando uno se mete en personajes dislocados, como me pasó con Piquito y su discípula, a medida que se escribe va descubriendo cuestiones que imponen ideas. Por ejemplo, el tema de la división entre Jesús y Cristo. Jesús el hombre nuevo, el que abre Dios, el traicionado, y Cristo el mesías, el esperado, el ungido. Eso me surgió poniéndome en la piel de esa chica judía, se me ocurrió en la escritura, no es algo que tenía a priori. Esos personajes dislocados me llevan a cosas que nunca habría pensado.

P.: ¿Qué está escribiendo ahora?

G.F.: La saga de Piquito son cinco novelas: "Piquito de oro", "Piquito a secas", "Los peregrinos del fin del mundo" que es la última y dos que están inéditas: "Que lo que sea continúe" y "Sin espalda". Ahora estoy con "Sol", sobre un espía en un hospital perdido en una ciudad tras un desierto cuyo país se desmoronó.

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