Espectáculos

"La niña vergüenza", o cuando un pasado de dolor pasa factura

Además de esta puesta en escena, protagoniza "La calma mágica", ambas en Timbre 4, e integra el elenco de "La omisión de la familia Coleman".

“Jugar con una historia dolorosa para poder asimilarla”, dice Tamara Kiper, que dirige “La niña vergüenza”, escrita y protagonizada por Manuela Amosa, con funciones los sábados a las 20.30 y domingos a las 19 en Timbre 4. Kiper también protagoniza “La calma mágica”, de Alfredo Sanzol, dirigida por Circo Zorzoli, con Claudio Tolcachir (los sábados a las 20.30) en la misma sala y continúa formando el elenco original, como hace 15 años, de “La omisión de la familia Coleman”, que se presenta los domingos a las 18 en el Metropolitan. Dialogamos con Kiper.

Periodista: ¿De qué trata “La niña vergüenza?

Tamara Kiper: Transcurre en una casa en medio del campo, con una mujer que vuelve a su refugio de infancia y se encuentra con recuerdos de esa vida de otros tiempos. Encaré la historia desde la niña, con esa mirada lúdica e inocente pero por sobre todo como suele ser la mirada de una chico, sin moral. Porque la historia tiene zonas de dolor, entonces ese no tener moral ayuda acaso a sobrellevar una casa donde las reglas del juego son violentas. Ese es el mundo que conoce y no hay bajada de línea, sólo cuando crece y sale descubre que hay otra manera de vivir.

P.: Predomina entonces la mirada ingenua.

T.K.: Más que ingenua diría inocente, hay un descubrimiento de todo. Usamos la casa como puente hacia los recuerdos, la mesa le dispara un recuerdo, algo del cajón, así se arma ese caleidoscopio que es la memoria, no lineal. Creo que los temas son la intimidad en una casa, las diferentes generaciones, porque también juega la historia de su madre. Aunque se trate de una trama dolorosa se cuenta de un modo que permite al espectador poder respirar.

P.: ¿Cómo es su personaje en “La calma mágica” y qué historia cuenta?

T.K.: Transcurre en una oficina donde el personaje de Claudio Tolcachir toma hongos alucinógenos y entra en trance. Está el tema de la orfandad o cómo él toma la muerte de su padre, que acaso es mayor pero plantea ese lugar profundo de tener que dejar de ser hijo, allí cuando no hay generaciones más allá de uno. Y pese a estos temas es divertida y delirante, sobre todo por lo que él va viendo como deformado, producto de las alucinaciones. Con mi personaje podría haber una historia de amor que no llega a ningún lado. Ciro Zorzoli plantea una propuesta a partir del cuerpo, es como un salto al vacío, habilita un devenir de cuerpos exacerbados.

P.: Integra el elenco original de la “Omisión de la familia Coleman” que lleva 15 años en cartel. ¿A qué atribuye su vigencia?

T.K.: Sigue vigente porque habla de una intimidad universal, la que hay dentro de una familia con los roles reales pero que muchas veces están corridos. Donde la madre no es madre y la hija se hace cargo, todo el delirio y crueldad que es tan humana y tan cotidiana. Ahí nos identificamos todos, todos tenemos un Coleman en la familia. Reconocemos situaciones, mezquindades y el humor negro que tiene la obra, uno se ríe sin saber bien de qué se ríe porque pasan cosas terribles. Y no es que pasen grandes cosas en la trama, lo que pasa es entre ellos, adentro de esa casa. Así que no paramos de hacerla, supongo que si dejara de descubrir cosas en el texto no podría seguir pero está escrita de una manera que permite mucho juego y descubrimiento. La lucha pasa porque no se automatice.

P.: ¿Cómo ve el teatro hoy?

T.K.: No paro de sorprenderme de tanto y tan bueno que hay en el teatro, a mi gusto en el independiente. Sentimos esa necesidad de hacer teatro, creo que es algo propio de Buenos Aires, como sea, y de ahí surgen propuestas sorprendentes, pienso en “Invocaciones” en el CC San Martín o la de Gustavo Tarrío, “Todo piola”, que rompe esquemas para todos lados.

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