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"La pasión extranjera", o de cómo poner de cabeza al libro de viaje

El libro parte del desquite personal de un patagónico contra un inglés, pero se transforma de inmediato en un seductor cruce de distintos géneros.

Humillar poéticamente a Gran Bretaña como el desquite personal de un patagónico a las opiniones de Chatwin sobre la Patagonia es parte de lo que contiene “La pasión extranjera” (Espacio Hudson), de Cristian Aliaga. Aliaga es catedrático, docente de Comunicación Social en la Universidad Nacional de la Patagonia. En Lago Puelo, donde vive, en Chubut, cerca de Bariloche, creó la editorial Espacio Hudson, que ya lleva ya más de medio centenar de obras publicadas. Aliaga, un viajero impenitente, ha escrito doce libros. En su paso por Buenos Aires dialogamos con él.

Periodista: Relato por flashes, anotaciones de un poeta flaneur, road movie, contra crónica turística, ¿qué es “La pasión extranjera”?

Cristian Aliaga: En un libro anterior, “Música desconocida para viajes”, contaba de lugares de la Patagonia, lugares marginales, marginados. En ese libro comencé a experimentar con el cruce de la prosa poética y la crónica buscando favorecer la intensidad. Partí del hecho de que el libro de viajes está muy trajinado. Tiene una larga tradición con cosas buenas y malas. Hoy el libro de viajes es un relato de lo que se sabe que se va a encontrar. Llevan a lugares que admiramos y nos traemos una postal del desamparo. Carlos Gamerro, en la presentación de aquel libro, me desafió: ¿qué le pasa a un tipo que entrena el ojo en la Patagonia, donde no hay nada, cuando va a Europa, que hay de todo? Me propuse un contra viaje. Dejar de lado la anécdota central. Contar el Museo Británico se hizo muchas veces. Miré de otro modo. Digo al pasar: quienes nacieron en los confines de los que fueron arrancados estos objetos llegan con la emoción y la culpa del vencido a mendigar una postal de su pasado.

P.: ¿Cómo es el contra-viaje?

C.A.: Sobre el final de “La pasión extranjera”, en “Teorías del viaje”, reflexiono irónicamente sobre por qué viajamos y en qué se ha convertido el viaje. Es una especie de la búsqueda de la felicidad obligatoria. Vamos 48 horas a un lugar y tenemos la imposición de ver, y además de disfrutar, y además de comprar. La gente que va a un museo antes que nada va al local donde venden recuerdos. El viaje que se pensó como un ejercicio de la libertad, u escapar de las rutinas, se vuelve una experiencia reglada. Se viaja con agenda armada. Y la conexión real se logra cuando uno se sale del circuito, se escapa de lo establecido y hace el viaje propio, se apropia del viaje. Es el goce del flaneur, del que anda sin rumbo ejerciendo su libertad.

P.: Su mirada de patagónico sobre Gran Bretaña, en mordaces postales, ¿es su respuesta al admirable y mentiroso libro de Bruce Chatwin sobre la Patagonia?

C.A.: Su obra es tan mendaz como fascinante. Cuando se va a la Patagonia y se entra en una librería a pedir algo sobre la región es probable que le den “En la Patagonia” de Chatwin. Había trabajado en la revista de The Sunday Times, y cuando llegó fue a ver a Osvaldo Bayer y se presentó como periodista. “Me pidió prestado unos libros, le di como veinte, los fotocopió y me los devolvió”, me contó Bayer. Luego anduvo 25 días por la Patagonia, y con eso y los materiales que le dio Bayer hizo una gran mentira de una enorme gracia. Como buen británico saca conclusiones terminantes y terribles, por ejemplo ironiza sobre los peones fusilados. Creo que escribí “La pasión extranjera” para contestarle.

P.: A la brevedad, descripción sensorial, suma lo político...

C.A.: Busqué que hubiera un viaje dentro del lenguaje. Que al pie estuviera identificado el lugar que dio origen al texto. Mi proyecto fue: después de ir, después de ver, tratar de olvidar, hacer un destilado de lo que queda. Salir de ese yo tan extremo que es la poesía. Alejarme del hastío de lo autorreferencial. Obviamente, el libro es político, sin la pueril didáctica del panfleto, está cruzado por un ir en busca de la destrucción en el ex imperio británico, por qué hay detrás del Museo de la Industria de Manchester. Ver aquellos obreros brindando y los docks de hoy, reciclados para el turismo. Es ir más allá de lo manifiesto, de lo obvio que enceguece. Ahora tengo la posibilidad de un viaje por África con esta misma perspectiva, es ir a otra historia, a otro mundo.

P.: ¿Cómo se le ocurre convertirse en editor en la Patagonia?

C.A.: Periodista he sido toda la vida. Tengo un diario allá, “El extremo sur”. La docencia universitaria la tengo medio aparcada, pero sigo. La editorial surgió de la necesidad de hacer circular cosas, de lo bueno que se hace en la Patagonia, del movimiento que existe y que nos ha permitido publicar ya decenas de libros, donde no faltan obras de autores consagrados. Tenemos una segunda línea con materiales excéntricos como una antología de poesía saharauis, de poetas del Magreb, la última colonia española de África, donde se habla en castellano; la antología “Antropófagos en la isla” sobre los nuevos poetas de Gran Bretaña: “Reuëmn”, que significa en mapuche hacer olas y es una antología de poesía de mujeres mapuches. Ese libro amplió mi interés por la oralitura, la tradición literaria no escrita que se mantiene viva por transmisión. Ahora vengo de Australia por un trabajo que estamos haciendo con una profesora, una argentina radicada allá, sobre historias concurrentes de los aborígenes australianos y los de la Patagonia.

P.: ¿En qué está ahora?

C.A.: Planteándome un viaje sin salir de lugar, sin salir de Lago Puelo, un género de gran tradición del siglo XIX. Me inspiró Wordsworth, el poeta inglés, que escribió una guía de viaje explicando por qué se debe conocer un determinado lugar.

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