Espectáculos

Lamberti: "Nuestra generación no escribe más para la academia"

Su nueva obra imagina una rara epidemia criminal que ataca a una ciudad, donde se empiezan a cometer asesinatos sangrientos sin móvil alguno".

“Hay quien dice que hablé de forma simbólica sobre la grieta pero yo no escribo mensajes ni moralejas”, señala Luciano Lamberti sobre su nueva novela “La masacre de Kruger” (Random House). Destacada figura de la nueva generación de narradores argentinos, el cordobés Lamberti, licenciado en Letras y profesor de escritura creativa, ha publicado “El loro que podía adivinar el futuro”, “El asesino de chanchos”, “La casa de los eucaliptus”, “Los campos magnéticos” y “La maestra rural”. Dialogamos con él sobre su nueva obra.

Periodista: ¿Qué lo llevó a contar de una epidemia criminal que arrasa una ciudad?

Luciano Lamberti: Trabajo con imágenes intuitivamente. Las imágenes comienzan a surgir y se van aglutinando hasta lograr una configuración. Las primeras de esta novela son de 2014, cuando leía sobre la inseguridad, que estaba muy en primer plano. Por entonces vivía en las sierras de Córdoba. No en el pueblo en que se basa la novela, La Cumbrecita, sino en Unquillo. Caminando de noche por el pueblo, con las casas apagadas, imaginé qué pasaría si la gente empezara a desconocerse. Si dos adolescentes sacados entraran en una casa y mataran a sangre fría a una ancianita. Después vinieron otras imágenes y se fue armando la historia.

P.: Pero su novela empieza con un meteorito que parece esparcir todo el mal.

L.L.: Podía haber hablado simplemente de gente que enloquece. Lo que ocurre, como decía Borges, es que en la literatura fantástica la causalidad es más importante que en el realismo. Pensé: aunque parezca de ciencia ficción barata, de película de los viejos programas de sábado por la tarde, tiene que haber una causa, e imaginé al meteorito. No tiene importancia. No cómo detenerlo. La novela no genera un héroe que vaya a destruirlo. El meteorito se enciende, genera la locura y se vuelve a apagar, es toda su función. Fue la excusa para explorar qué pasa cuando se caen las barreras sociales, las contenciones morales: desnudos somos dementes asesinos. Fue experimentar en qué nos volvemos si no tenemos límites.

P.: Usted cuenta lo que ocurre en Kruger con ritmo sincopado, pasa del relato criminal, al suspenso policial, al documento o la noticia periodística.

L.L.: Empecé haciendo una novela tradicional. Pero había algo que no me terminaba de creer. Lo documental me permitió poner distancia, mantener el misterio y saltar en el tiempo. Hay testimonios actuales si bien los sucesos ocurren en 1987. La novela siempre está cuestionando qué es lo real. Como el Quijote, que es una novela sobre lo que es real y lo que no lo es. Siempre el tema de la novela es qué es lo real, y cómo accedemos a lo real. Busqué sumar niveles de lo real. Pero junto a los hechos, o las noticias, o el documental, hay una telenovela que mira la gente del pueblo y donde los personajes de la telenovela participan de lo que ocurre. Busqué la distancia para que todo fuera más creíble. Y que surgieran misterios y expectativas, que son incentivos que llevan a leer. Por caso, el título del capítulo que sugiere. Sin olvidar la diferencia marcada por Hitchcock entre suspenso y sorpresa. El valor que toma una conversación banal cuando se sabe que hay una bomba que está por estallar bajo la mesa. La tormenta que llega y los personajes no pueden evitar en “Crónica de una muerte anunciada”. La persona que sabe lo que va a pasar, que avisa, que no le creen pero que saben que puede ocurrir y no lo pueden evitar. Es desesperante, y maravilloso, para el lector asistir a eso. Le da ganas de gritar: hagan algo porque… ¡no saben la que se viene! En la primera versión de la novela detallaba la masacre en veinte páginas, ahora está en una y ganó en contundencia. Es más interesante lo que rodea la masacre que ver cabezas rodando. Me gusta lo guarro, pero también hasta ahí.

P.: Una obra de terror y no una parodia.

L.L.: Están los que hacen parodia de un género, y se ríen, y los que le hacen homenaje porque lo valoran, como Puig o Tarantino, yo estoy de ese lado, no del lado de burlarme de la ciencia ficción o el terror sino trabajarlo desde el realismo y la poesía, que es lo que traigo. Yo encuentro el terror en Horacio Quiroga pero también en Juan José Saer, en “Cartas a mamá” o “La puerta condenada” de Cortázar. Con Mariana Enríquez hablamos de que, si bien no hay una tradición, “Sobre héroes y tumbas” es una novela gótica, y también “El túnel”. Y hay también terror en Borges y en Bioy, en Bianco y en Silvina Ocampo. Y en Arlt. Los grandes de la literatura son fantásticos. Ahora con el éxito de Samanta Schweblin y Mariana Enríquez pareciera que hay una aproximación de la academia. Quizá sucedió que cierta gente de los años 80 escribía para la academia, Alan Pauls, Guebel, Chejfec y compañía. Escribían más para la academia que para el lector de a píe. Mi generación le perdió el miedo a lo popular, a las ganas de ser leído. Eso nos diferencia, no somos tan lacanianos, tan complejos, tenemos qué contar. Yo quiero entretener al lector, si le puedo dejar algo, mejor; pero lo primero es divertirlo. Después, si Elvio Gandolfo dice que “conté la grieta” es cosa de él; yo no escribo libros con moraleja ni con mensaje. Por más que siempre hay cierto clima social que influye en uno.

P.: ¿Qué está escribiendo ahora?

L.L.: Una novelita juvenil sobre un robot que llevan a la secundaria en un plan de integración robótica. Es la segunda generación de robots, la primera eran operarios en fábricas, empleados domésticos, y en esta son mucho más inteligentes y humanos, y los introducen directamente en la sociedad para ver como se integran, obviamente do va a generar algún problema, porque muchos de sus compañeros en los estudios son desocupados porque han sido reemplazados por robots.

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