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Largó Berlín con films de fuerte repercusión

Se trata de "Por la gracia de Dios", de François Ozon, sobre los abusos sexuales en el seno de la Iglesia Francesa, y "El guante de oro", del turco-alemán Fatih Akin, sobre un sórdido bar de los años 70.

Berlín - Respaldada por una formidable maquinaria organizativa, esta 69ª edición de la Berlinale alcanzó inmediatamente velocidad de crucero para exhibir, entre el 7 y el 17 de febrero, más de 400 films, divididos en nueve secciones y eventos especiales. En estos números y una logística que transforma una ciudad extraordinaria en una pantalla gigante radica la paradoja del festival: es inabarcable para un crítico de cine, pero al funcionar como minifestivales, los espectadores pueden armar un programa a medida. La recaudación que representan 340.000 entradas pagas sostiene en gran parte la infraestructura anual de la Berlinale.

En la Competencia se produjeron ya los dos primeros bombazos: la francesa “Grâce à Dieu” (“Por la gracia de Dios”), de François Ozon, y la alemana “Der Goldene Handschuh” (“El guante de oro”), de Fatih Akin. Ambos largometrajes reflejan la filosofía del festival desde sus comienzos en los años cincuenta, y su perfil propio entre los pesos pesados que son Cannes y Venecia: un compromiso marcado con los temas políticos y sociales del momento.

Este zeitgeist es lo que Ozon despliega en su crónica de un caso real de abuso sexual en la Iglesia Católica francesa, llevado a los tribunales por un grupo de víctimas, y sobre el que se pronunciará la Justicia dentro de unas pocas semanas. Narrada con originalidad y una sobriedad visual por momentos elegante, la película se centra en el punto de vista de las víctimas -boy scouts en una parroquia de Lyon en los años noventa- para denunciar el manejo sibilino de la jerarquía eclesiástica.

Ozon evita la brocha gorda y muestra, como en su refinada “Frantz”, las circunstancias que rodean este hecho escandaloso. Con esa habilidad del cine francés clásico -no hijo de la nueva ola- y con raíces en una tradición literaria realista, “Por la gracia de Dios” desmenuza el mundo psicológico de tres protagonistas afectados hasta la médula, y cuyas circunstancias sociales y espirituales son muy diferentes. La película funciona dramática y moralmente porque al soslayar la estridencia, Ozon crea un espacio para la denuncia eficaz del horror que describe.

Fatih Akin, en cambio, elige deliberadamente la vía de la provocación visual y sonora para contar, con pelos y señales repugnantes, la actividad criminal de un alcohólico semirretardado en un barrio portuario de Hamburgo en los años setenta, basado en un caso real, pero llevado a la pantalla a partir de la novela de Heinz Strunk.

“El guante de oro” es un bar de mala muerte donde se refugia el detrito del barrio, una corte de los milagros salida de un film clásico de Weimar. Piénsese en los frescos decadentes de Lang y Pabst; también en el Fassbinder que conjura el lado negro del milagro alemán de posguerra, o el Lars von Trier que explora las consecuencias psíquicas de los excesos carnales.

Pero esa tradición del policial alemán que canalizaba en los años veinte un espíritu de la época desolador se traduce sólo como un impulso obsceno, en su sentido etimológico, que resulta deshumanizante. (Se podría argüir que desde allí se articula la crítica social, pero es darle al film alas que no tiene).

La película es un catálogo horripilante de violencia y perversiones sexuales interpretadas por Jonas Dassler, un actor de 23 años con carita angelical e irreconocible por el maquillaje. Dassler despliega los manerismos de Peter Lorre en M (1931), el policial de Lang, que sigue trascendiendo su época. La proyección para la prensa generó ardientes polémicas, pero en la era del #metoo y la violencia de género los términos del debate han cambiado. Veremos qué suerte comercial tiene la película fuera del festival.

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