Espectáculos

Las mariposas de Paredes se apoderan de la ciudad

La naturaleza, pero en su función de ornamento, es el núcleo estético de sus creaciones actuales.

Hace unos días, los comerciantes de la calle Arenales, donde predomina el diseño, celebraron su fiesta anual con música y performances, y el arte contemporáneo ocupó un lugar fundamental. En medio del recorrido de una muestra curada por Mercedes Urquiza, que va desde Paraná hasta Cerrito y que se puede visitar hasta el 3 de noviembre, se destacan las obras casi enteramente blancas del misionero Andrés Paredes (Apóstoles, 1979). El artista ganó fama al promediar la primera década de este siglo con sus troncos huecos y delicadamente labrados que hablan de la desforestación y, también con sus mariposas. El público registró hace unos años la mariposa de inmensas alas negras “Opus Nigrum” que llegó desde la Bienal de Ushuaia a la colección de Esteban Tedesco, y desplegó en Buenos Aires su dimensión colosal. Poco después, las “Mariposas del cambio” con los colores anaranjados de la especie Monarca Nativa de este suelo, ocuparon un lugar privilegiado en la calle Florida, en medio del enjambre de cambistas de dinero. Hasta aquí, las obras de Paredes realizadas en su tierra natal, eran portadoras de un mensaje ecológico e invitaban a la reflexión política.

Hoy, en las vidrieras de Arenales, casi Libertad, vuelan unas gigantescas mariposas blancas. Allí mismo están las enramadas que tejen el espesor en la selva; una de ellas tiene un formato extremadamente apaisado (400 x 50 cm.) y encierra una luz amarillenta en su interior. Su apariencia es la de un horizonte. Paredes observa: “El horizonte es un concepto mental, nos da seguridad saber que está allí, aunque su posición cambie a medida que nos movemos. En la selva es imposible verlo, pero sabemos que siempre está y eso nos tranquiliza, ayuda a encontrar la estabilidad”. Con la idea del horizonte, sus hábiles manos recortan y modelan las ramas de los árboles y las lianas y, sobre estas enramadas se posan las mariposas de la especie phoebis sennae de color amarillo intenso. Hay una luz dorada a lo largo de la obra que conforma los colores del ocaso.

Un gran círculo de enramadas llamado “Primavera” está cargado de mariposas de colores extraños. Paredes cuenta que las consigue en el Parque de la Cruz de Santa Ana, en Misiones. “Allí hay un gran mariposario donde puedo conseguir donaciones, desde luego, una vez que los insectos finalizaron su ciclo vital”. La curadora Mercedes Urquiza cuenta que Paredes se radicó en Buenos Aires. “El artista dejó el contacto directo con la naturaleza de su vida cotidiana y se instaló en la ciudad, casi por tiempo completo, para trabajar (entre otras cosas) en las piezas que forman parte de esta muestra. En sus obras se refiere directamente a la naturaleza, pero vuelta ornamento”, aclara. En efecto, se advierte un notable cambio en una producción que se ha vuelto ornamental. El artificio de los troncos blancos coincide con la irrealidad el de las gigantescas mariposas blancas. Mientras mira la vidriera urbana, Paredes sostiene: “Es un jardín artificial, idealizado, imaginado, soñado, ajeno a la realidad”. Este jardín blanco y escenográfico incluye muebles de firma y está más allá de la metáfora de la desertificación que cualquiera puede interpretar, aspira a provocar una experiencia estética.

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