Opiniones

Las Primarias argentinas del señor Trump

El presidente de EEUU Donald Trump está metido en nuestra elección. Se repite el relato de analistas extranjeros que sólo ven cambios fundamentales en la Argentina cuando hay algún tipo de intervención extranjera.

Así como dejó que la derecha mexicana se hunda sin intervenir, Donald Trump sorpresivamente tomó el caso de la derecha argentina para ayudarla a ganar. El nivel de compromiso de Trump es grande. En la última conversación que tuvo con nuestro presidente en Japón, éste le pidió que levante el bloqueo de las exportaciones de biodiesel que a Argentina le significaron u$s 1.200 millones de ingresos menos. La respuesta de Trump fue: “¿Pero no me podés pedir algo más fácil?”. El biodiesel estadounidense se produce en Indiana, estado sólidamente republicano y de donde proviene el vicepresidente, Mike Pence.

Realmente fue un pedido osado. Y Trump no dijo que no.

Mauricio Macri fue logrando que la administración Trump presione al FMI para que las exigencias del préstamo que le dio fueran cada vez menores y los montos, cada vez mayores. Fue, pidió y siguió trayendo dólares. Todo hay que devolverlo, claro está, pero no antes del ballotage. No serán exportaciones, pero son dólares. A los efectos prácticos del valor del peso y de moderar la inflación con ancla cambiaria, es lo mismo.

El presidente Mauricio Macri logró exprimir a los mercados de deuda todo lo que pudo, incluso les metió un bono a 100 años. Ahora se quedó con el 60% de la cartera de préstamos del FMI. El manguero más grande del mundo. Podemos tomarlo de dos formas: o que el FMI le está financiando la campaña o que el mundo apoya el cambio. Discutirlo es inconducente, lo que queda de los u$s 57.000 millones está para que Macri haga uso y abuso.

Donald Trump es hoy día la mayor incógnita política del mundo. Hay teorías que van y vienen acerca de por qué ganó la elección de 2016: que lo ayudaron los rusos, que fue la promesa de terminar con los tratados de libre comercio, que representa el devenir histórico obvio de un país cada vez más dividido y violento. Pero nada firme. Ahora el presidente republicano está utilizando el racismo para su reelección. Se podría decir que rompe un tabú sagrado de la política norteamericana: no mostrar abiertamente que ese país es profundamente segregacionista. Por qué nada de esto recibe un castigo fulminante de los distintos círculos rojos americanos –y, finalmente, del electorado- todavía permanece en el misterio.

Y ese misterio que es Donald Trump está metido hasta las manos en nuestra elección. Se repite el relato de analistas extranjeros que sólo ven cambios fundamentales en la Argentina cuando hay algún tipo de intervención extranjera. Por ejemplo, que gracias a Napoleón Bonaparte somos independientes o que por Margaret Thatcher tenemos democracia. Esta intervención sería más parecida a la de Spruille Braden en 1946. Si es exitosa, el gobierno no-peronista logrará la proeza de reelegir en recesión.

Las señales que vienen de Estados Unidos son -como siempre sucede con el imperio de turno- mixtas, incluso contradictorias, para que no los agarre con todos lo huevos en la misma canasta. Guillermo Calvo -uno de los argentinos más influyentes en Washinghton y Wall Street- dijo que es mejor que gane el PJ. Ya no porque sólo el peronismo puede ganar (falso desde 1983), ya no porque sólo el peronismo puede gobernar (falso desde la supervivencia macrista a la crisis 2018), sino por una tercera máxima que todavía se mantiene imbatible: sólo el peronismo puede ajustar.

Esta fascinación con el peronismo (Calvo vio en los noventa cómo el PJ lograba hacer las reformas liberales allí donde la dictadura había fracasado) Donald Trump no la tiene. El primer mandatario norteamericano apoya al hijo de Franco Macri, el empresario que él mismo expulsó del negocio inmobiliario de Nueva York en 1983. ¿Por qué? ¿Se quiere quedar con Vaca Muerta? ¿El litio? ¿Le hace caso a la diplomacia norteamericana y a los intereses geopolíticos de largo plazo? ¿No quiere una crisis financiera en el mundo emergente? ¿O es sólo otra irresponsabilidad que le genera otro dolor de cabeza a la parte del establishment que lo odia?

La historia nos muestra que las crisis argentinas tienen relación directa con los comienzos de la recesiones norteamericanas: 1981, 1989 y 2001. En esos momentos Estados Unidos manda al demonio al resto del planeta y se pregunta por qué sus plomeros tienen que pagar fiestas ajenas. Las señales de posible recesión norteamericana son por ahora –y por suerte- débiles.

Esta no es una elección más para quien hasta ahora se ha salido con la suya apoyando al Brexit, denostando a la OMC y torpedeando el comercio con China. Si las primarias argentinas no le dan el resultado esperado, el hombre más poderoso del mundo todavía tendrá dos meses para sacar algún conejo de la galera. ¿Alcanzará?

(*) Analista político

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