Economía

Las tasas bajarán, pero servirá de poco si la guerra comercial no baja de cartel

Quebrar las treguas de Buenos Aires y de Osaka abrió la caja de Pandora y puede haber disparos sin preaviso.

Novedades de Beijing. ¡Sorpresa! China descerrajó su última represalia. Impondrá aranceles, en dos tandas, a un universo de bienes fabricados en los EE.UU. que representan 75 mil millones de dólares de importaciones. El momento del anuncio fue escogido con placer: previo a la apertura de Wall Street, el viernes, como para que un mercado eficiente procese rápido la nueva información. Aló Jackson Hole. Jerome Powell, el titular de la Fed, reconoce que mucha agua ha pasado bajo el puente tras el último mítin de política monetaria. No habla de “mitad de ciclo” y sí de “riesgos significativos”. Es un mensaje de relax, vestido de elegante sport. ¿Qué parte no se entendió? El índice S&P 500 se cuelga de la esperanza entre líneas y remonta casi toda la cuesta abajo que le provocó el misil en mandarín. Es mediodía y se acaba el almuerzo gratis. Truena el Twiter presidencial. Hecho una furia, Donald Trump, hace el trabajo de su vocero, pero mejor, ya que lo firma de puño y letra. Que no se necesita a China, que ha robado billones de dólares de los EE.UU., año tras año, por décadas, y que debe cesar; y que se les ordena a las “grandes corporaciones de los EE.UU.” que busquen de inmediato una alternativa, incluyendo, claro está, la vuelta a casa de las plantas de producción. Las represalias vendrían más tarde (otra ronda de aumentos de aranceles). Fueron tres noticias, y esta, por lejos, la que más agitó los nervios (y más agua le hizo tragar a la Bolsa). China, Powell y Trump. Con ustedes, el triángulo de las Bermudas. Los bonos que son refugio están que vuelan (desde octubre). La tasa a diez años se hundió al 1,53% como si no hubiera mañana (ni un billón de dólares de déficit del Tesoro en 2020). El índice S&P500 -a 6% de los récords- se repliega sin entregarse, en guardia para sostener el castigo por venir. ¿Es la antesala de la tormenta perfecta? Cuidado con Hong Kong, dice Carmen Reinhart. ¿Esta vez es diferente? Allí puede gestarse el torbellino que termine por barrer con una estabilidad tan precaria. No haría falta esperar el desenlace del brexit.

¿Quién es nuestro mayor enemigo?, se interroga Trump, airado. ¿Powell o Xi Jinping? Buena pregunta. ¿Qué diría Wall Street? Ninguno tan peligroso como el huracán de la Casa Blanca. Quebrar las treguas de Buenos Aires y de Osaka abrió la caja de Pandora de la disputa comercial, y los disparos pueden venir, sin preaviso, tanto de Washington como de Beijing. Está claro que es una guerra con armamento de bajo calibre, pero que gana en intensidad y provoca daños crecientes. Y EE.UU. ya no está fuera de alcance. Por primera vez, tras 119 meses en alza, la actividad manufacturera se habría contraído en agosto, según la versión flash del informe PMI. La fatiga de la industria contagia a los servicios. Las expectativas de negocios son las más sombrías desde 2012. La curva invertida actual es compatible con una economía creciendo al 2%, el informe PMI le baja la nariz a 1,5% mientras escribe la crónica de una recesión anunciada.

Trump castiga a la Fed de Powell como el carretero que azuza con saña a sus bueyes favoritos, los que podrán sacarlo del atasco. Tiene razón, pero una mala visión estratégica. La munición convencional escasea, y no está diseñada para lidiar con la guerra comercial (nada puede hacer ante un shock adverso de oferta). La política de hechos consumados que impulsó -para forzar la intervención de la Fed- es la peor innovación. ¿Qué efectos benéficos produjo la baja de tasas de julio? Ninguno visible. Al día siguiente Trump la anuló: torpedeó la paz de Osaka y sumó incertidumbre. La represalia del viernes es una respuesta que Beijing se tomó su tiempo para redondear. ¿De qué servirá que se accione una nueva rebaja de tasas en septiembre? Apenas alcanzan para la contención de daños, no hay liquidez que apague el fuego que Trump y Xi alimentan mutuamente. La data lo confirma: la debilidad se extiende. Y ya se dijo: siempre es mejor prevenir que curar. Sobre todo si desconocemos la cura. Cuando los números de la economía real se tornen negativos con más frecuencia -y la recesión anunciada sople en la nuca- ahí se lamentará la liviandad con la que se malgastan hoy las oportunidades de bloquear una situación que no le servirá a nadie. Ni a Trump ni a China ni a Powell. Ni a los que la miran de palco. No se va a ganar la guerra, y el ciclo se echará a perder.

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